CAPITULO 52
Después de haber pasado a casa para dejar algunas cosas de Mery y despedirnos de mi gemelo, nos dirigimos rumbo al aeropuerto. Extrañaría Alemania durante estas dos semanas, a Tom y a mamá. Pero la sensación de felicidad mezclada con la satisfacción de poder estar con mi chica en Italia lo superaba. Sentía un cosquilleo en el estómago junto con unas enormes ganas de gritar, eufórico. Era difícil creer después de todo lo que habíamos pasado que Mery yo no íbamos de Alemania, juntos, de vacaciones… y sin ningún impedimento, sin que esa mujer que se hacía llamar su madre pudiera oponerse, sus opiniones ya no eran válidas. Todo dependía de nosotros. Parecía algo tan irreal, demasiado bueno para ser cierto. Incluso llegué a cuestionarme sobre esto… a lo mejor sólo se trataba de un buen sueño.
La miré. Ella tenía los ojos clavados en la puerta de embarque, se notaba impaciente. Estábamos en la fila, esperando para entrar. Ella volteó la cabeza para mirarme, seguramente al darse cuenta de que yo hacía lo mismo. Sonrió ampliamente. Se notaba nerviosa, entusiasmada. Parecía una niña pequeña camino a la juguetería el día de su cumpleaños.
—Falta poco… —murmuró, dejando al descubierto toda su ansiedad en su tono de voz.
—Poquísimo —afirmé. Me acerqué a sus labios para juntarlos con suavidad durante un segundo. Me separé se su boca, acariciando su mano con delicadeza.
Lo más emocionante de todo esto es que estaríamos juntos, solos y en un lugar donde absolutamente nadie nos conocía.
Nos subimos al avión hablando sobre Italia, lo que yo había programado, nuestros planes sobre los lugares que visitaríamos y el hotel. Había reservado una habitación para cuando llegáramos. No era un viaje largo, sólo eran unas dos o a lo más tres horas, pero estaríamos agotados de igual manera… no había sido un día fácil. Al menos no para mí.
—¿Ahora nos vamos a Roma, verdad? —preguntó, casi en un susurro. Asentí con la cabeza. Ella se aferró a mi brazo y suspiró —quiero ir a la playa…
—Iremos… dicen que las playas de Italia son hermosas —comenté —también podríamos ir a Venecia… siempre he querido conocer Venecia —bostecé.
—Igual yo… es esa ciudad que está llena de agua ¿o me equivoco? —no pude evitar soltar una risita al escuchar sus palabras.
—Si, es esa. Florencia y Milán deben ser interesantes también —mery asintió con la cabeza y me miró sonriendo.
—¿Crees que alcancemos a visitarlas? —claro que alcanzaríamos… o al menos lo intentaríamos.
—Tenemos dos semanas —Mery se acercó a mí para juntar nuestros labios con suavidad.
—¿Qué pasará cuando regresemos, Bill? —preguntó tras haberse separado de mí. Podía ver la duda en sus ojos, incluso un poco de preocupación. Sonreí ampliamente.
—Cuando regresemos… iremos a buscar todas tus cosas para que te mudes a mi casa —esperé su respuesta. Pero ella ni siquiera abrió la boca. Me miraba fijo, con los ojos entrecerrados. No supe descifrar que era lo que ella estaba sintiendo o pensando —si… si no quieres no importa —agregué rápidamente. Tenía la impresión de que lo había echado a perder, que ella no quería mudarse conmigo. La sonrisa que se dibujó en sus labios me dejó aturdido y confundido.
—Qué tonto eres… —la miré sin entender y un poco molesto ¡Me había llamado tonto! —está claro que si quiero mudarme contigo —soltó una risita. Enseguida se acercó a mi rostro y juntó nuestros labios precipitadamente —es que no me lo esperaba.
Nuestros ojos se encontraron en ese momento. Asentí, como un idiota, sin poder articular palabra. Ella se acercó a mi nuevamente, juntando nuestros labios… esta vez dándome un beso de esos.
Sonreí ampliamente al separarnos, sentía que la felicidad emanaba de mi cuerpo de una manera impresionante. Mery se acomodó a mi lado, afirmando su cabeza sobre mi hombro. Tomé su mano, acariciándola con suavidad.
—Gracias —susurró. Ella no tenía que agradecer nada. El que tenía que agradecer aquí era yo… por todo lo que ella me había dado y me había enseñado, por haberme aceptado tal cual soy.
—Gracias a ti, mi vida —susurré.
—¿Por qué a mi? —preguntó, sin moverse. Giré la cabeza para alcanzar su cabello con los labios, la besé.
—Por estar conmigo.
—Eres un cursi —murmuró. Fruncí el ceño, Mery acababa de matar nuestro momento especial —aun así te amo —agregó rápidamente. Me sentí desvanecer y sonreí como un estúpido por milésima vez.
—También te amo, tonta —cerré los ojos. Aún nos faltaba una hora y algo de viaje. Mery pasó una de sus manos sobre mi pecho, agarrando mi camiseta y estrujándola con los dedos.
La miré. Ella tenía los ojos clavados en la puerta de embarque, se notaba impaciente. Estábamos en la fila, esperando para entrar. Ella volteó la cabeza para mirarme, seguramente al darse cuenta de que yo hacía lo mismo. Sonrió ampliamente. Se notaba nerviosa, entusiasmada. Parecía una niña pequeña camino a la juguetería el día de su cumpleaños.
—Falta poco… —murmuró, dejando al descubierto toda su ansiedad en su tono de voz.
—Poquísimo —afirmé. Me acerqué a sus labios para juntarlos con suavidad durante un segundo. Me separé se su boca, acariciando su mano con delicadeza.
Lo más emocionante de todo esto es que estaríamos juntos, solos y en un lugar donde absolutamente nadie nos conocía.
Nos subimos al avión hablando sobre Italia, lo que yo había programado, nuestros planes sobre los lugares que visitaríamos y el hotel. Había reservado una habitación para cuando llegáramos. No era un viaje largo, sólo eran unas dos o a lo más tres horas, pero estaríamos agotados de igual manera… no había sido un día fácil. Al menos no para mí.
—¿Ahora nos vamos a Roma, verdad? —preguntó, casi en un susurro. Asentí con la cabeza. Ella se aferró a mi brazo y suspiró —quiero ir a la playa…
—Iremos… dicen que las playas de Italia son hermosas —comenté —también podríamos ir a Venecia… siempre he querido conocer Venecia —bostecé.
—Igual yo… es esa ciudad que está llena de agua ¿o me equivoco? —no pude evitar soltar una risita al escuchar sus palabras.
—Si, es esa. Florencia y Milán deben ser interesantes también —mery asintió con la cabeza y me miró sonriendo.
—¿Crees que alcancemos a visitarlas? —claro que alcanzaríamos… o al menos lo intentaríamos.
—Tenemos dos semanas —Mery se acercó a mí para juntar nuestros labios con suavidad.
—¿Qué pasará cuando regresemos, Bill? —preguntó tras haberse separado de mí. Podía ver la duda en sus ojos, incluso un poco de preocupación. Sonreí ampliamente.
—Cuando regresemos… iremos a buscar todas tus cosas para que te mudes a mi casa —esperé su respuesta. Pero ella ni siquiera abrió la boca. Me miraba fijo, con los ojos entrecerrados. No supe descifrar que era lo que ella estaba sintiendo o pensando —si… si no quieres no importa —agregué rápidamente. Tenía la impresión de que lo había echado a perder, que ella no quería mudarse conmigo. La sonrisa que se dibujó en sus labios me dejó aturdido y confundido.
—Qué tonto eres… —la miré sin entender y un poco molesto ¡Me había llamado tonto! —está claro que si quiero mudarme contigo —soltó una risita. Enseguida se acercó a mi rostro y juntó nuestros labios precipitadamente —es que no me lo esperaba.
Nuestros ojos se encontraron en ese momento. Asentí, como un idiota, sin poder articular palabra. Ella se acercó a mi nuevamente, juntando nuestros labios… esta vez dándome un beso de esos.
Sonreí ampliamente al separarnos, sentía que la felicidad emanaba de mi cuerpo de una manera impresionante. Mery se acomodó a mi lado, afirmando su cabeza sobre mi hombro. Tomé su mano, acariciándola con suavidad.
—Gracias —susurró. Ella no tenía que agradecer nada. El que tenía que agradecer aquí era yo… por todo lo que ella me había dado y me había enseñado, por haberme aceptado tal cual soy.
—Gracias a ti, mi vida —susurré.
—¿Por qué a mi? —preguntó, sin moverse. Giré la cabeza para alcanzar su cabello con los labios, la besé.
—Por estar conmigo.
—Eres un cursi —murmuró. Fruncí el ceño, Mery acababa de matar nuestro momento especial —aun así te amo —agregó rápidamente. Me sentí desvanecer y sonreí como un estúpido por milésima vez.
—También te amo, tonta —cerré los ojos. Aún nos faltaba una hora y algo de viaje. Mery pasó una de sus manos sobre mi pecho, agarrando mi camiseta y estrujándola con los dedos.

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