02 febrero, 2013

1000 Meere /Capítulo 24







CAPITULO 24


Abrí los ojos costosamente. Me llevé las manos a ellos y me los refregué un poco. Aun así veía una poco borroso, pero al pestañar repetidas veces se me pasó.
Me di cuenta de que me había quedado dormida. Se me había pasado la noche entera. 
Ya era de día y por el tipo de luz que entraba en la habitación supuse que era temprano. Me levanté de la cama y lo primero que hice fue mirar toda la habitación nuevamente. No estaba del todo segura de que estuviese en mi casa… y me hubiese gustado que hubiera sido un sueño. Al pasar por la ventana, me di cuenta de que era demasiado temprano. El sol aún no terminaba de asomarse por completo. 
Di un salto en el momento en que la puerta se abrió, sacándome de mis pensamientos. Me di la vuelta con la peor cara de odio.
—¡Hola, hija! —me saludó mi madre sonriendo. Ella ya estaba vestida. Realmente no sé de donde sacaba tantos ánimos a esas horas tan tempranas. Yo no le contesté y me limité a alzar una ceja y a mirarla —arréglate. En una hora a la escuela, recuerda —siguió sonriendo ¿¡escuela?! ¿ahora? ¡pero si había llegado recién ayer! No es justo.
—¿¡Qué, qué?!
—Lo que oíste, arréglate. 
—¡Argh! Vete de aquí —caminé hacia ella y retrocedió saliendo de la habitación. Frunció el ceño.
—No me hables en ese tono, Meer —me regañó. Yo alcé ambas cejas y me erguí los más que pude. Ahora la sobrepasaba en tamaño. Eso era un punto a mi favor.
—Dime entonces, como quieres que me arregle estando tú aquí —le dije fría. 
—Ya te lo dije, niña. No me ha…
—¡Argh! Vete de aquí —y seguidamente cogí la puerta y se la cerré en toda la cara. 
—¡Meer! —gritó desde fuera.
—¡Desaparece! —le grité, y luego me encaminé hacia el armario. No me importaba si se hubiese ido o no. Después de todo, ya había cerrado la puerta con el cerrojo. 
Saqué una blusa negra, un modelo que me encantaba, se me ajustaba al cuerpo y el diseño era espectacular. También cogí unos pantalones negros entubados llenos de bolsillos, botones y tachas plateadas por todos lados. Lo dejé sobre la cama. Y tras haber sacado ropa interior y una toalla, salí de la habitación directo al baño.
 
Me puse las zapatillas y ya estaba lista. Sólo me faltaba arreglarme un poco el cabello, ya que aún no se secaba. Tenía la suerte de que fuese liso natural, y no me tenía que molestar en alisarlo.

Salí de casa, dejando a mi madre gritando desde dentro. Y si, iba a ir al mismo instituto que antes. Genial. Todos me conocerían y sería la marginada de nuevo.
Como no vi pasar nada que me pudiese llevar a mi destino, comencé a caminar. Al pasar frente a la casa Kaulitz, inconscientemente la comencé a mirar… Por si es que se veía alguna señal de algo, o de alguien... pero nada. Seguí caminando hasta llegar a la esquina. Hice parar un autobús y me subí. Pagué el pasaje. Iban más chicos allí y todos se veían menores que yo. No creí que fueran en la misma escuela que yo hasta que me bajé y todos ellos se bajaron detrás de mí. 
Y qué decir de la escuela… estaba exactamente igual que antes. Aunque la mayoría de las personas ya no se me hacían conocidas. Eché una mirada general hacia todos lados. Algunos me miraron con curiosidad. Ni siquiera cambié la expresión de mi rostro y comencé a caminar hacia la secretaría. 
—Hola, ¿En qué puedo ayudarte, querida? —me preguntó la secretaria tras haber entrado. No era la misma de antes, la habían cambiado por otra más joven.
—Soy nueva —con eso lo dije todo.
—Tu nombre, querida —me dijo la señora mientras abría una carpeta.
—Meer Strauss. Y por favor hágame el favor de no llamarme “querida” —la mujer no dijo nada. Simplemente cogió un papel y me lo dio.
—Ahí está.
—Gracias —salí de allí mientras miraba el papel. 
Me había tocado el curso A. Iba a estar con mis antiguos compañeros.
Sala catorce. Oh, genial, primer piso.

Caminé arrastrando los pies por entre toda esa gente mientras miraba a mí alrededor buscando el número del salón. Sabía porque lado estaba, pero no exactamente que puerta era.
Pasé frente a la diez, la once, doce, trece… y catorce. Era esta. Me paré frente a ella. Ni siquiera debatí internamente caso entrar o quedarme fuera. Simplemente la abrí un poco más, ya que estaba abierta a la mitad, y pasé dentro. 
Al hacerlo todas las miradas se posaron en mí. Le eché un vistazo al lugar. Nada interesante. Algunos rostros conocidos, otros no. Pero la mayoría se me hacían familiares. Como no había mucha gente, supuse que aún no era hora de entrar a clases. 
Comencé a caminar y dirigí la vista hacia el último asiento de las esquinas de la sala. En uno había un grupo de chicas parloteando… y mirándome. Y del otro lado, nadie. Por lo que me fui hasta ese extremo de la sala. Me quité el bolso y lo dejé caer en el rincón. Entonces aparté la silla, haciendo ruido y me senté. 
Todo era igual que antes. Sólo que esta vez la gente estaba un poco más crecidita. Todos seguían siendo igual de estúpidos, igual de patéticos. No entendía como no me había dado cuenta antes de eso. Todos eran unos idiotas. No estaban a mi altura, claro que no.
—¿Te he visto antes? —la voz de una chica me sacó de mis pensamientos. Subí la mirada y me encontré con una rubia de esas terriblemente huecas… Se me hizo conocida.
—¿Te he visto yo antes? —dije en su mismo tono de voz. La rubia soltó una risita y miró a sus amigas sin cambiar su posición: Una mano en la cintura y la otra sobre la mesa. Sus amigas bufaron, eran dos, igual de rubias. 
—Puede ser —dijo la chica llevándose una mano al pecho —soy muy popular —en ese momento fue cuando me di cuenta de quién era ¿se había teñido? Oh, sí, claro… como no lo había supuesto antes. Ella antes era castaña, y había estado en mi clase. No recordaba su nombre, pues no valía la pena acordarse de gente como ella. Las otras dos igual se me hicieron conocidas. 
—Sí, querida. En Estados Unidos se habla mucho de ti —le sonreí burlona. Ella no dijo nada.
—¡No te metas con Kate! —dijo una de las chicas que acompañaban a la rubia líder.
—No me meto con ella —la apunté —ella se mete conmigo. Ahora, si se van de aquí mucho mejor.
—Tú eres la nueva, querida. Tú tienes que irte —me apuntó. Yo alcé una ceja y me levanté de la silla, enfrentándola. 
—¿Ah, sí?
—Pues, si —hizo un moñito con la boca.
—¡¿Meer Strauss!? —un gritito agudo traspasó mis oídos. Dejé de mirar a la rubia tonta y miré a la que estaba a su lado. La chica había cogido el papel que me había dado la secretaria. Sentí todas las miradas sobre mí.
—¡Oh! ¿cómo no lo vi antes? La marginada vuelve —me guiñó un ojo.
—¡Oh! ¿Cómo no lo vi antes? Vuelvo a estar en la misma clase de la pu…
—Seguro te mudaste porque nadie te quería. - Me cortó, con desprecio. Ese comentario ni siquiera tuvo efecto en mí. Ella era una estúpida, un ser inferior. Vamos, nada. 
—Todos a sus asientos —miré al profesor que iba entrando por la puerta.
—Ya nos veremos, Meer, querida. Ve con cuidado —me guiñó un ojo. Yo bufé. ¿Acaso no sabía que quien tenía que ir con cuidadito era ella? 
La puta y las otras rubias se fueron de allí a sus asientos y yo me volví a sentar con una sonrisa grabada en mi rostro. 
El chisme de que yo era Meer se esparció rápidamente por toda la clase. 
Me hicieron presentarme frente a todos, como si no los conociese. Y eso me molestó. Estúpidos profesores y sus estúpidas costumbres. Estúpidos sus cerebros olvidadizos. ¿Acaso no se acordaba de mí? estaba cambiada y todo pero no era como para olvidarme de una día para otro... o de tres años para otros tres.


—Ya era de suponer que era usted señor Weissman —dijo el profesor mientras abría la puerta y dejaba pasar a un chico. 
—Lo siento, se me hizo tarde —el chico volvió la cara hacia la clase mientras comenzaba a caminar pasando por delante de todos con aires de chulillo. Una chica que estaba delante de mi dio un suspiro y la del lado le dio con el codo. Vale, si, el chico era lindo. Lo admito. Era rubio, el cabello le cubría la mitad de la cara y por lo visto sus ojos eran negros. Alto, por lo menos más que el profesor y delgado. Traía una camiseta roja y unos pantalones negros. 
Pero… Weissman ¿de dónde me sonaba ese apellido? Quizás antes había sido un compañero mío. Aunque lo más extraño era que no lo recordaba. Me extrañé un poco al verlo acercándose. Alcé la vista y lo miré. El me miró por entre el flequillo, dejó su mochila en el respaldo de la silla y se sentó a mi lado. 
El profesor comenzó a hablar siguiendo con su clase. Y era de suponer que yo no me enteraba de nada. Tampoco era un tema que a mí me importara. Apoyé mi codo en la mesa y mi cabeza en mi mano. Quedando con la vista clavada en aquel chico que no hacía nada más que clavar la vista en la mesa y mover sus dedos al ritmo de la música que escuchaba, que incluso yo podía oír. Aunque los audífonos se disimulaban bastante bien con su cabello. Y ahí fue cuando me di cuenta de algo… tras haber analizado una y otra vez sus facciones y sus movimientos, me di cuenta de que era Eddy. Lo primero que sentí fue una terrible impresión. Tan grande que me hizo dar un bote en la silla y cambiar de posición rápidamente. Las chicas de adelante me miraron. Yo alcé una ceja y estas se volvieron a dar la vuelta, no sin antes mirar a quien estaba a mi lado. Con que era Eddy. Si es que no me equivocaba claro… aunque, ¿El apellido de Eddy era Weissman? No ¿O si? No lo recordaba. Pero me dio rabia recordar que él había sido quien había soltado todo lo mío con Bill en frente de mi madre, y por lo consecuente, él tenía la culpa de que me hubiesen separado de la persona que yo más había querido en el universo. Aún le guardaba rencor, aún lo odiaba. Era extraño porque no me había acordado de él en mucho tiempo, y verlo de nuevo me había hecho pensar en muchas cosas.

Saqué el chicle de mi bolsillo, lo abrí y me lo eché a la boca. De pronto me había puesto nerviosa. 
En cuanto el timbre sonó, yo tiré todo dentro de mi mochila y salí de la clase lo más rápido que pude. Me tocaba química después del descanso… pero es que no aguantaba más en ese ambiente, dentro de esa clase, con esa gente rodeándome. 
La rubia me paró en la puerta, poniéndose frente a mí.
—Muévete —ella sonrió con chulería y luego apoyó sus manos en su cintura, con pose modelo.
—¿Quieres que me mueva?
—Si no quieres acabar en el suelo, Barbie, querida —adopté su misma posición. La chica se acomodó el cabello. 
—¡Chicas! —no pasó ni una milésima de segundo y las rubias seguidoras aparecieron tras ella —Tómenla y al baño… luego le enseñan quien manda aquí —ladeó la cabeza un poco. Yo me reí de ella. 
—¿Enseñarme quién manda? Lo siento, pero eres patética. 
—Ya verás quien es la patética —me dijo. Las otras dos chicas sonrieron maliciosas y se acercaron a mi hasta cogerme cada una por un brazo. 
Decidí seguirles el juego y caminar con ellas hacia el baño.


Salí del baño con una sonrisa grabada en el rostro y con mucha satisfacción. Se escuchaban unos gritos agudos desde dentro y algunas de las chicas iban a ver qué era lo que ocurría. Yo no respondería por mis actos, había sido su culpa. Me habían provocado y eso estaba mal. Aunque también estaba mal comenzar con conflictos desde el primer día. 
Me acerqué a un banco, algo viejo y me senté dejando mi mochila a un lado. ¿Había estado bien lo que había hecho? No les había hecho mucho daño… no. Ni siquiera habían sangrado. Les había pegado despacio. Aunque se quejaban mucho. 
Vi salir a las tres afectadas del baño tras unos minutos. Iban como si nada, caminando erguidas y como todas unas top model´s, aunque gritándoles a todo el mundo e incluso entre ellas. Las chicas que salieron del baño después me comenzaron a mirar. Aunque no eran miradas feas, si no que cómicas. Eso me agradó un poco y me hizo sentir algo importante.
De pronto alguien se sentó a mi lado. Ni siquiera me molesté en mirar. Estaba muy ocupada mirando todo lo que yo había causado.
—Hola —no respondí. Ni siquiera sabía que se estaba refiriendo a mi —no estuvo nada mal lo que hiciste —soltó una risita. No pude evitar pensar que había sonado sexy —¿cómo te llamas…?
—Meer. 
—¿Meer? 
—Si, Meer. 
—¡¿Meer!? —me di la vuelta rápidamente. Oh, no.Era Eddy. Mi cara se contrajo en una extraña mueca y él se llevó una mano a la nuca, intentando reprimir una sonrisa. Me aterroricé. No era justo. Él no tenía que venir a hablar conmigo después de lo que me había hecho. Pero al parecer él no se había dado cuenta que yo era yo… hasta ahora. 
—Sí, soy…yo ¿Quién eres tú? —decidí hacerme la que no lo recordaba. Por lo menos para pasar el día viva, ya vería como seguiría por el resto de la semana. A ver si mañana llegaba temprano y me cambiaba de asiento. 
—No sé si recuerdas a tu amigo Eddy… —fruncí el ceño haciéndome la pensativa… y tras un par de segundos le respondí.
—No. Jamás he conocido a alguien que se llame así —reí un poco —te equivocas de persona —me levanté del banco y cogí mi bolso —me voy a clases —me lo puse y seguidamente comencé a caminar en dirección al salón. El dieciséis, por lo que estaría a unos dos del anterior. 
—¡Eh!, pero espera —se apresuró para alcanzarme —estoy seguro de que eres tú. Son iguales. 
—Ya te lo dije, te equivocaste de persona, no hay manera de que sea yo. Lo siento —comencé a andar más rápido, intentando escapar de la situación.
—Pero Meer, no te hagas la que no… 
—Ya deja de molestarme —lo corté —o te golpearé, te lo advierto —lo miré enojada. 
—¡Pero si no te he hecho nada!
—Me está acosando, vete —le di un empujón.
—¡Sólo quiero que me recuerdes! —se quejó gritando desde atrás. Se había detenido. Entonces yo paré en seco y di media vuelta. 
—No recuerdo a traidores —solté. Él bajó la mirada y yo subí aún más la mía, con superioridad. Luego me di la vuelta y seguí caminando hacia la clase. Me acomodé el flequillo y suspiré. Qué primer día… una entrada triunfal. Pff.
Entré en la clase, dispuesta a aburrirme nuevamente.
 
El timbre sonó indicando la salida. Las clases ya se habían acabado y ahora cada uno a su casa. Yo ya había guardado mis cosas, por lo que sólo me levanté del asiento y lo acomodé un poco para salir. 
Afuera había un autobús recogiendo gente. Miré el camino, calle arriba. Realmente no me apetecía caminar… pero tampoco había traído dinero. Qué más da… que me colara no afectaría en nada. Me apresuré en caminar hacia el montón de gente que se apretaba para subirse, y metí mis brazos, para comenzar a abrirme paso. Pisé un par de pies y di algunos codazos en zonas donde no debía, sacando quejidos de algunas chicas y chicos. Empujé a todos hasta quedar frente a la puerta. Fue allí donde me agaché un poco y subí tras un chico. Mientras este pagaba yo me fui al final del autobús. Lo había logrado. Y no había sido difícil. 
Apreté el botón que había a un costado y el bus se detuvo. Ya estaba en casa, que bien. Soportar nuevamente a mamá y a su novio… era sorprendente, con el poco tiempo que llevaba aquí, ya me estaban empezando a hartar. Me bajé dando un salto y comencé a caminar la calle que me quedaba. 
Después de todo no había estado tan mal. Ahora que lo pienso… había comenzado bien. Al menos así la gente me respetaría.
Piqué al timbre un par de veces y esperé a que me abrieran. 
Tras unos segundos mi madre lo hizo.
—¡Hija, ya llegaste! ¿Qué tal tu primer día? ¿Hiciste amigos? —se hizo a un lado en la puerta y yo pasé dentro de la casa.
—Eso a ti no te importa —le dije.
—Y... ¿Tienes hambre?
—No —comencé a caminar hacia las escaleras.
—Entonces te arreglas porque nos vamos a comer donde Simone —Simone. La vecina. ¿No se suponía que mi madre quería que yo estuviese lejos de esa gente? Esto era totalmente ilógico. Estúpido de su parte.
—No tengo ánimo. 
—Debes tenerlo. Arréglate. 
—¡Argh! —subí las escaleras rápidamente y me encerré en mi habitación.

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