Elizabeth Diermissen tenía 16 años. Era una chica preciosa, su cabello caía negro y liso hasta la mitad de su espalda con la capa mas corta debajo de las orejas. Tenía unos hermosos ojos grises que contrastaban notablemente con su pálida piel y sus rojos y carnosos labios. Tenía un cuerpo algo delgado, pero con sus curvas de mujer bien definidas. Se podría pensar que era “la chica perfecta”, pero no era así. A ella todo mundo la odiaba por ser como era, por su forma pensar, de vestir, de hablar, de reír, hasta de caminar. Eso la hacía tener una baja autoestima incrementada aún más por sus problemas familiares. Ella jamás dejaría que nadie se enterase de cómo se sentía y de lo que sufría interiormente y exteriormente cada vez que estaba con su padre. Lo que menos quería en el mundo era dar lástima. Por lo que actuaba de malas maneras y trataba a las demás personas como si fuesen inferior a ella. No le importaba nada… su corazón se había congelado en cuanto tubo conciencia de lo ocurrido cuando nació. La gente decía que no existía brillo de vida en sus ojos, y que daba la impresión de estar muerta, ya que no lloraba, raramente reía, no manifestaba emociones como ternura o compasión…. Nada. Solo odio, odio y odio, y es que así la habían criado y enseñado desde pequeña, y de la peor manera con la que se puede enseñar a una niña…
Continuará...
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