12 septiembre, 2013

Automatic /Capítulo 13


Me volví a pasar las manos por los ojos una vez más, antes de entrar a casa.

Estaba mi padre adentro, lo sabía, pues tenía la luz encendida. Y exactamente por eso no quería entrar. No quería que él me viera llorando. Sería lo peor. Me iba a preguntar que me había pasado, donde había estado… y como siempre yo no podría evitar desquitarme con él, le contaría todo, maldeciría a Bill hasta el cansancio y hasta me echaría a llorar de nuevo. Eso era exactamente lo que yo no quería. No iba a contarle a papá sobre lo sucedido. 

Respiré profundo un par de veces y luego piqué al timbre. No tenía ánimos para abrir la puerta con la llave, y eso era totalmente ridículo.

—Karlie —me saludó papá con una sonrisa, al abrir la puerta —¿dónde estabas? —me dejó un espacio para pasar.
—En… con Emilie —cerró la puerta tras de mi. 
—¿Qué pasa? tienes los ojos rojos… ¿lloraste? —comencé a caminar hacia las escaleras… sin mirarlo.
—No… es que estoy casada, es eso. Me iré a dormir.
—¿No quieres un jugo de naranja? —me preguntó.
—No, gracias pá —eso sí que había sido extraño. Yo jamás me negaba a un jugo de naranja… pero ahora, extrañamente, no tenía ganas de tomar jugo o comer algo… por mas naranjoso o delicioso que fuera. 
—Como digas… buenas noches, cariño.
—Buena noches papá.
—Ah, por cierto —dijo antes de que yo terminara de subir la escalera a paso tortuga. Realmente no tenía ganas de nada —hoy encontré en el ático un bolso con ropa de chica… ve si algo te gusta, el resto lo podemos donar a caridad. Tu tío dijo que te podías quedar con las cosas.
—Ok. Dale las gracias —seguí subiendo las escaleras. 

Entré en mi habitación y encendí la luz… wow, era cierto. Había un bolso… pero ese no era un bolso, era un bolsotote, enorme ¿cuánta ropa habría allí dentro? 

Cerré la puerta de la habitación y luego abrí el bolso. Tenía curiosidad… no, ganas de ver que ropa había adentro. Después de todo, la ropa ahora sería mía, pues mi tío me la había dado. Seguramente era de alguna de sus hijas. Alguien a quien yo no conocía. 

Saqué de allí toda la ropa y la dejé sobre la cama, luego metí el bolso en el armario y comencé a clasificar:

Jeans negros… se quedan, luego me los probaría.
Camiseta con diseño anticuado… se va.
Calcetines… se van.
Ropa interior… se van.
Converse negras, de mi número… se quedan.
Camisera negra con un corazón en la parte de enfrente que decía algo deforme… se queda. 
Jeans negros con cortes… se quedan.
Muñequera negra con un símbolo extraño en rojo… no es mi estilo, pero se queda.
Una cinta para el cabello… se queda.
Sandalias negras de mi talla… se quedan.
Más calcetines… se van.
Blusa roja con negro… se va. Odio el rojo.
Jerssey color crema, muy grande… se queda.
Camiseta negra con calavera roja en el centro… se queda. Aunque no me convence mucho…
Shots negros con tachas… se van.
Minifalda con plices… se va.
Vestido negro con encajes… se queda.
Gorra gris con dibujitos extraños… se queda.
Camiseta inmensa color blanco… se queda.

Seguí amontonando la ropa en dos partes diferentes de la habitación hasta que terminé. 

Guardé la ropa que se iba en una bolsa y la dejé a los pies de la cama… luego cogí la otra ropa y la olí: Estaba limpia. Era impresionante, pues aún olían a detergente. No valía la pena lavarlas… además, habían sido de mi prima. Y que raro estilo tenía para vestir, bueno, en algunas cosas. Doblé toda esa ropa y la metí en el armario. 

Si hubiese sido otra chica, jamás habría aceptado ponerme ropa de otra persona que no conozco. Pero a mi, realmente no me molestaba usar su ropa. Así, de cierto modo, ya la conocería cuando nos viéramos… algún día tenía que ser, ¿no? éramos familia.

Después de eso y al darme cuenta de que había logrado distraerme por un buen rato, me puse el pijama. Por suerte mañana sería sábado e iba a poder quedarme en la cama hasta tarde. Luego, probablemente me quedaría en casa, haciendo nada en Internet, o tocando la guitarra.

Abrí las sábanas de mi cama y me metí dentro… estaban heladas. Me cubrí hasta la cabeza y luego cerré los ojos. 

Aún podía recordar el tono de voz que Bill había usado al gritarme. Aún recordaba sus gritos, sus palabras y sus insultos. No me los podía quitar de la cabeza. Odiaba a ese chico de ojos vacíos. Si, lo odiaba. Me sentía avergonzada. Nunca, jamás me volvería a meter en esa casa. Nunca más iba a hablar con Tom, ni con sus amigos. Ya había sido bastante humillante que Bill me sacara de su casa como quien bota un papel a la basura. Y encima de todo, él se había metido con mi madre. Él no sabía nada, no entendía nada. Claro, se creía que él era el único que había sufrido ¿y del resto qué? él no era el único con problemas. Era un debilucho.

Seguro la chica que se me parecía lo dañó y ahora se enojaba conmigo por que me parecía a ella. Pff. Si yo fuese débil como Bill, también sería “automática”. Me estremecí. Recordé el momento, recordé… No. 

Sentí una lágrimas caer de uno de mis ojos. Odiaba esto. Odiaba la sensación. Odiaba tener que asociar todo con “esto” sin querer. 

No todas las personas son iguales, no todas las personas son malas me dije a mi misma intentando calmarme. Pero es que esto era algo que me iba a seguir hasta el final de mis días, atormentándome. Pero a pesar de eso… yo no sería “automática”. Nunca. Porque después de las tragedias, la vida sigue. Y uno tiene que saber enfrentarse a lo que viene… sin pensar en el pasado. Y eso era exactamente lo que yo siempre intentaba hace: no pensar en el pasado. 



Desperté asustada. Había tenido una pesadilla. Era una pesadilla repetitiva. Una y otra vez, siempre era la misma. Si no soñaba algo bueno, o algo negro, soñaba con… eso.

Me pasé la mano por los ojos, quitándome las lágrimas y luego me levanté. Suspiré y me dirigí a la ventana, para luego abrir las cortinas. Me sentía enferma pero no tanto como la vez anterior, aunque me había mojado y todo sólo me dolía la cabeza… y sentía frío. 

Me vestí y arreglé rápidamente, para no enfriarme más… y estrené un polerón nuevo. Bastante extraño… pero era lindo y me agradaba.

Bajé a desayunar dando saltitos por la escalera.

—¡Papá! ¡desperté! —le grité. Pero no hubo respuesta entré en la cocina… y claro, él no estaba. Odiaba cuando trabajaba los sábados. Me acerqué a uno de los muebles para coger un tazón pero me encontré con una pequeña notita… la quité de allí y luego leí: 

Hija, no queda nada para comer podrías ir a comprar algo para preparar al almuerzo, te dejé el dinero en la mesita de la entrada. No lo gastes todo y guarda el resto para emergencias… volveré cerca de las ocho. Papá.

Arrugué el pequeño papel y lo tiré a la basura. Se me habían quitado todas las ganas de comer. Volví a mi habitación y la arreglé un poco, ya que estaba desordenada luego cogí la guitarra…


ManáManá, tututururu… 


Me apresuré en coger el móvil, estirando la mano hacia la mesita de noche. Y antes de que la canción siguiera, le di al botoncito verde, para luego acercármelo al oído… 

—¿Hola?
—¡Karla!, intenté llamarte un millón de veces, ¿por qué no contestas? —era Emilie. 
—Es que… dormí temprano —me excusé. 
—Oh… que bien, ¿cómo estás? 
—Bien, ¿tú?
—Perfectamente. Es que te preguntaba por lo de ayer… ¿por qué Bill…?
—¿Me sacó de su casa de esa forma? —la corté. 
—Si. Es que él no nos dijo nada y se notaba enojado… —silencio. Si Bill no les había contado lo que había pasado… yo tampoco. Porque para empezar, yo iba a quedar como la intrusa. —… Tom lo regañó —añadió. 
—No fue nada. Es que… tenemos nuestras diferencias, es eso. No me cae bien. 
—Así lo pensé… —suspiró —¿quieres venir a casa hoy? —bueno… al menos tenía un plan para hoy. 
—Vale, pero ahora es muy temprano.
—Van a ser las cuatro —y yo que no me había dado cuenta.  
—Vale, entonces… voy.
—Ven ahora mismo, te espero —dijo algo más animada, hablando más fuerte. 
—Ok. Hasta luego.
—Nos vemos —corté. Genial…  

Ojala me dieran algo de comer allí porque tenía hambre. No tenía ánimos… ni siquiera de caminar. Era una sensación extraña.

Suspiré por enésima vez en el día y me levanté de la cama. Guardé el móvil y las llaves en mi bolsito nuevo, que por cierto, no había usado… porque se me había olvidado. Y luego salí de casa. 

Me di cuenta de que había cometido un error al o ponerme una chaqueta. Hacía frío. Pero como soy tan estúpida… y como no llovía salí tal cual como estaba.

Miré mis zapatos y me abracé a mi misma, comenzando a caminar más rápido. No recordaba muy bien cual era la casa de Emilie… pero la buscaría. Tampoco es que fuera a morir si tocaba a la puerta de alguna de las casas de la calle y le preguntaba por Emilie. Seguro sus vecinos la conocían.

Alcé la vista cuando llegué a la esquina. Pasaban muchos coches y no me dejaban atravesar la calle… por lo que retrocedí algunos pasos y me di media vuelta. No sé si fue porque soy algo estúpida, o simplemente despistada… pero no recordaba que la casa de Tom y Bill era la de la esquina. Y pongo a Tom primero porque me cae mejor que su hermano. Volví a darme la vuelta y miré la calle. No alcancé ni siquiera a cruzar la calle, ya que cuando iba a dar el primer paso, un grito me frenó.

—¡Hey! —¿me hablaban a mí? me di la vuelta para comprobarlo. Y me vi obligada a alzar la vista para poder asegurarme de que era él y no otra persona. Me entraron ganas de maldecir a todo. Pero me contuve. A lo mejor venía a pedirme disculpas, aunque sus ojos decían exactamente lo contrario —¿qué traes puesto? —me preguntó. Bajé la mirada al instante y no contesté. No supe porqué se me formó un nudo en la garganta y las palabras no me salieron —date la vuelta —me ordenó. Pero yo no obedecí. Me quedé allí de piedra, sintiendo el corazón en los oídos. Jamás los iba a admitir… pero estaba algo asustada. Como yo no me di la vuelta, el me cogió con los hombros y me movió —¿de dónde sacaste esto? —preguntó nuevamente. Yo me encogí de hombros —¿puedes decírmelo? —volvió a girarme. No dije nada, ni siquiera me moví, no quise mirarlo. Quería salir corriendo, pero me sentía paralizada. 
—¡¿De donde sacaste esto?! —me gritó, cogiendo una manga de este… con brazo y todo incluido. Pegué un salto y moví levemente el brazo para que me soltara… pero no —¿no me vas a decir? —me costó respirar —te estoy hablando en serio —me sacudió —¿de dónde lo sacaste? —deja de sacudirme, Bill —dime de donde sacaste esto. Sólo hay uno en el mundo, es único. Dámelo —negué con la cabeza —entonces dime de donde lo sacaste.  
—L-lo encontré.
—¿En tu casa? —asentí —quítatelo —me soltó el brazo. No obedecí, nuevamente. Él no tenía porqué darme este tipo de órdenes —¡qué te quites el puto polerón! —gritó. Pero yo ni siquiera me inmuté. Quería darme la vuelta y correr… pero no podía. No podía moverme —¡no es tuyo, dámelo! —volvió a insistir.  
—¿Es tuyo? —le pregunté en un tono de voz notablemente más bajo. 
—No. Pero si no te lo quitas por las buenas… será por las malas —dijo mientras cogía el broche del maldito polerón. 

Me tensé. Me entró la rabia. Con el solo hecho de haber comenzado a desabrocharme el polerón, me hirvió la sangre y sentí como se me subía el color al rostro. Pero no era de vergüenza, era de rabia. No me gustaba que la gente extraña se me acercara más de la cuenta.

—¡No! —le grité, apartando su mano de un manotazo —¿qué crees que haces?—alcé la vista, para mirarlo a la cara —para empezar, este polerón no es tuyo, no tienes por qué obligarme a dártelo. Tampoco puedes gritarme en medio de la calle, ¿no te bastó con lo de ayer? No creo que sea de buena educación obligar a la gente a que se quite la ropa en la calle y mucho menos si se la quitas tú —le di con el dedo índice en el pecho, observando como su boca se abría, a lo mejor por la sorpresa —¿y sabes qué? quédate con tu puto polerón —terminé de desabrocharlo rápidamente, me lo quité y se lo lancé en el rostro. Él lo cogió como pudo antes de que tocara el suelo. Me estremecí, un escalofrío me recorrió de pies a cabeza… estaba más helado si sólo andabas con una camiseta. Bill observó el polerón… —¿hay algo más por lo que quieras gritarme? ¿mis zapatos, el cabello?dímelo ahora mismo, así no me paras por la calle otro día —quitó la vista del polerón y la clavó en mi. Seguía con la misma expresión de sorpresa —¿nada más? ¿eso es todo? —estaba cada vez mas helada… y lo peor, no sabía cuanto tiempo más me iba a aguantar las ganas que tenia de echarme a llorar. 
—Discúlpame —y esta vez la impresionada fui yo. Lo miré con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Incluso se me olvidó que lo odiaba y que segundos antes había estado regañándolo. Y es que sus ojos… era como si se hubiesen descongelado. Expresaban arrepentimiento y… ¿dolor? o siento, está helado… discúlpame, ten —me tendió el polerón. Pero yo no lo cogí. 
—N-no importa. Me voy a casa a buscar otro —aparté la vista y comencé a caminar, esquivándolo. Pero al pasar por su lado, él me cogió de la muñeca, impidiéndome avanzar.  
—Lo siento, de verdad, lo siento mucho —volvió a repetir sus disculpas. Pero su voz ya no había sonado tan fría y… ay no. Alcé la vista y me di cuenta de que sus ojos estaban húmedos. Sentí como si me hundiera en su agonía, como si el dolor fuese parte de mi, como si pudiese sentir lo que él sentía. El corazón me dolió. Me dolió el pecho y me costó respirar. Sus ojos lo delataban, él no estaba bien.  
—¿Qué…? ¿te sientes bien? —realmente estaba preocupada, odio admitirlo. El chico asintió y luego bajó la mirada —¿quieres hablar? —negó con la cabeza. Él aún me tenía cogida de la muñeca, por lo que creí que no quería que me fuera o algo así. De todos modos no pensaba irme… él se sentía mal, no cabía duda —hey, no te preocupes. Comprendo que quieras el polerón, ni siquiera es mío… puedes quedártelo —intenté calmarlo —no te preocupes por eso, ya está, listo —me moví un poco hasta quedar frente a él, una posición un poco incómoda si él me tenía cogida de la muñeca todavía. Entonces me miró… sus ojos estaban rojos y a mi me dolió hasta el alma. Dios.  
—¿Por qué…? —cerró la boca al instante… dejando la pregunta incompleta. Había sonado completamente débil. Me tensé. Nunca lo había escuchado así… desde lo poco y nada que lo conocía. 
—Ay, no… no, no, no, no —podía ver como sus ojos se llenaban de lágrimas ¿Iba a llorar? ¿eso iba a hacer? nunca soporté ver a la gente llorar. Siempre me echaba a llorar yo también… —Bill, te juro que hago lo posible para desaparecer de tu vida, no me verás más, lo juro, pero no llores. Por favor —dije asustada, hablando muy rápidamente. Bill apartó la vista, mirando hacia el cielo —por favor —volví a repetir. Hay Dios… los ojos ya se me estaban llenando de lágrimas —grítame todo lo que quieras, es más, hazlo ahora si quieres, pero… pero… —él volvió a mirarme y yo cerré la boca. Vamos que mi comentarios no eran los más adecuados, que digamos… ya me estaba comenzando a agitar y desesperar. Quería darle un abrazo… pero no sabía como iba a reaccionar, era terrible —ven aquí —cogí su mano que me estaba cogiendo de la muñeca y tiré de él, comenzando a caminar. Él se dejó llevar, hasta que doblamos a la esquina y no estuvimos en nuestra calle, si no que en el parque que había en la calle paralela a la nuestra. Cruzamos la calle, y seguí caminando, sin mirarlo, hasta llegar a unos bancos —siéntate —le dije al momento en que yo me sentaba. Él se sentó a mi lado. Sus ojos seguían igual que antes, conteniendo las lágrimas… pero no me miraba. Bill tenía la vista fija en algún punto frente a él. Y yo comenzaba a tiritar por el frío —si quieres hablar… yo puedo escucharte —le dije, hablando bajito, rogando interiormente no cagarla de nuevo —a veces hace bien desahogarse… prometo no decir nada —no me contestó. Tampoco lo iba a presionar. Quité mi mano que estaba sobre su mano… pero él seguía cogiéndome de la muñeca. No me soltaba. Entonces me volvió a mirar. 
—¿Por qué eres tan buena? —preguntó susurrando con la voz quebrada ¿buena?, claro que no. Yo sólo hacía lo que tenía que hacer. Lo que yo creía que era correcto. Lo miré sin comprender… entonces él volvió a abrir la boca —te he tratado tan mal… desde que llegaste —tragó saliva —es que no me gusta tenerte aquí —bajó la cabeza. Y yo me obligué a mirar hacia otro lado. Eso me dolió, lo reconozco. Pero no dije nada —y tú… te comportas así, no tiene sentido, no lo comprendo. 
—A veces hay cosas que yo tampoco comprendo —dije hablando bajito.  
—¿Qué es lo que no comprendes? —no sabía si contestar… o quedarme callada y no decir nada. A lo mejor se enojaba… pero… vamos, que a lo mejor podía hacerme “comprender” 
—No comprendo por qué… si no me conoces, me odias —volví a mirarlo. Él también me miraba.  
—No te odio —aparté la vista, avergonzada —sólo… quiero que te vayas —suspiró —pero no ahora… no —añadió rápidamente, al darse cuenta de que yo tenía intenciones de levantarme. 
—¿Ya estás mejor? —le pregunté, aún sin mirarlo. Pero tenía la sensación de que él no despegaba sus ojos de mi… y eso era incómodo. Bill no contestó… y estuvimos unos largos segundos en silencio… hasta que me vi obligad a mirarlo, quería saber si se encontraba mejor. Sus ojos seguían expresando tristeza, dolor… pero ya no estaban llenos de lágrimas. Ya no iba a llorar. 

Y fue lo más extraño que había sentido. Cuando me miró directamente a los ojos, sentí como si hubiese metido los dedos en un enchufe eléctrico. Eran color miel… y yo me perdí dentro de ellos. No pude pensar en nada, simplemente lo observaba y me dedicaba a sentir el cosquilleo en el estómago, como si fuese la sensación más bonita del mundo. Y me entraron ganas de abrazarlo, de no soltarlo jamás, de hacerlo sentir mejor, curar su dolor, convertirlo en alguien más humano. No supe en que momento, nuestros rostros se acercaron tanto… Y para cuando me di cuenta de ese hecho, ya podía sentir su respiración sobre mis labios. Entré en pánico y corté el momento, levantándome de un salto. 
—Y-ya estás mejor. Adiós —solté mi muñeca de su agarre, con el corazón en la garganta… las manos me tiritaban y ahora la que iba a llorar era yo. Bill me miró con los ojos muy abiertos… y yo como pude, me di la vuelta, para comenzar a caminar hacia casa.



1 comentario:

  1. OMGGG! MUEROOOO! ESTA BUENÍSIMO! CASI SE BESAN, ESTOY EN LAS NUBES!

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