24 febrero, 2014

Automatic /Capítulo 32


Genial, el timbre.

¿Es necesario que tenga ese sonido tan idiota? Jamás me había fijado en eso… sólo lo escucha y ya.

Bill se levantó del sillón en silencio y caminó hacia la puerta. Lo miré, se había llevado una mano a los ojos. Y estuvo unos segundos parados delante de la puerta, sin hacer nada. Hasta que la abrió.

¡Llegamos!
¡Llegamos! —las dos hermanas gritaron al mismo tiempo. Y es que eran tan parecidas.
¿Qué hicieron mientras no estábamos? —preguntó Tom. Bill no contestó, se dio media vuelta mientras yo sentía que el rostro me comenzaba a arder. Tom dejó las cosas de Emilie junto con las de los demás, y le ayudó a Sam con el abrigo. Bill se sentó en el sillón pequeño, donde había estado sentado al llegar, sin mirarme. Algo me dolió, no supe qué… pero dolía —nos demoramos un poco más, porque señorita “no encuentro los regalos”, los había escondido en el ático de a casa Tom miró a Emilie, frunciendo el ceño. Mi amiga rió y luego se acercó a mí dando saltitos.
Ya vine, Karlie —me sonrió ampliamente, sentándose a mi lado —sé que me extrañastequehiceronustedesdosaquí…? —añadió rápidamente. La fulminé con la mirada, pero ella no se detuvo —oh… no quieres decírmelo, es secreto… ¿Bill, es un secreto? —le preguntó. Bill la miró molesto, casi con odio. Y yo tuve ganas de cubrirle a Emilie la boca con la mano. Sam y Tom pasaron a sentarse en el otro sillón ¿no me los van a decir? Karlie, estás en confianza ¿o no hicieron nada, Bill?
¿Jamás vas a dejar de molestar? Tu vocecita chillona me tiene cansado. Cierra la boca y no te metas donde no te interesa —abrí los ojos como platos. No me lo creía…
Bill… —lo amenazó Tom.
¿Qué? ¿me vas a decir que esta mierda no te molesta? —señaló a Emilie, levantándose del sillón y comenzó a caminar hacia la salida. Quise decirle algo, él no la podía insultar así, pero no pude, ni siquiera pude moverme. Observé como él cogía su chaqueta y abría la puerta —vuelvo para la cena —dijo antes de salir y cerrar de un portazo. Miré a Emilie, la pobre tenía los ojos llorosos. Y es que Bill cuando se ponía así… realmente daba miedo. Su voz fría no me gustaba, ni su tono cortante. Y ahora se había ido… completamente automático. Escuché a Sam suspirar.
Emilie, tu sabes como es Bill —la consoló su hermana.
Voy a verlo, amor, ¿me dejas levantarme…? Sam se levantó y Tom se pudo poner de pie —gracias, ya vuelvo —besó a su novia en los labios y caminó hacia la puerta.
Ya llegamos. La fila era interminable en el supermercado —papá.
Sam, ya estás aquí… —murmuró su madre. Alcé la vista y miré a papá. Ahora, me sentía como una extraña en mi propia casa ¿y los chicos?
Salieron, pero ya vienen —le contestó Sam a su madre, levantándose del sillón, para ayudarla con las bolsas, Emilie ni siquiera se movió.
Haz que Bill deje de gustarte —la miré, extrañada ¿la gente no iba a dejar de pedirme cosas imposibles?
¿Lo dices enserio? —le pregunté, alzando ambas cejas.
Es un idiota. Piénsalo… después te grita como a mí —ya lo ha hecho… pero no importa. Después se pone bueno… y… Pff. No sabía que contestarle, tampoco podía defender a Bill, porque… porque no. Aunque Emilie debería de saber muy bien, que los sentimientos no se pueden controlar. Porque ella me dijera que Bill ya no tenía que gustarme, no me podía dejar de gustar.
Yo… Emilie, estás loca —fruncí el ceño. Emilie me miró como si la loca fuese yo.
Pff. Es un automático de mierda. O al menos esa es mi opinión… ni siquiera acepta bromas —es que tú a veces cansas a la gente…
No estaba de buen humor, eso es todo —me encogí de hombros.
Oh, claro… defiéndelo todo lo que quieras. Y es que argh, lo odio —suspiró fuertemente ¿y a esta qué le pasaba?
Ya, basta, Emilie. Si no dejas el tema, me enojaré contigo —solté de sopetón, sin pensarlo. Pero es que ya me estaba hartando. Si Bill había dejado de caerle bien, tampoco era mi culpa… Además, el me había besado y… y…
Enójate —no supe que decir ¿cómo podía ponerse así conmigo?, ¿qué culpa tenía yo? Ni siquiera tenía la culpa de que Bill me gustara, yo no lo elegí. La miré, entrecerrando los ojos. Podría haber hecho una perfecta escena, si me pudiese haber levantado del sillón y haber subido a mi habitación dándole patadas al piso. Pero no lo hice… porque no podía. Decidí cerrar la boca. Emilie dejó de mirarme y se concentró en la TV, se notaba mosqueada. Es que igual, tenía razones para enojarse con Bill. Pero Bill también tenía razones para haberse enojado con Emilie, aunque no tendría que haberle dicho esas cosas... podría haberse ido y ya.

Simone no tardó en llegar, traía sus cosas y una bolsa con regalos. Preguntó por sus hijos, y como Sam no estaba, tuve que contestar por ella… con un simple salieron. Simone se metió en la cocina para ayudar a papá y Juliette con la cena. Sam también les ayudó… y yo me pasé el resto de la tarde-noche, aburrida.

Emilie no me hablaba. Yo ni siquiera había intentado hablar con ella en realidad… pero es que ni siquiera me miraba, y me daba un poco de miedo a que me fuese a decir cualquier cosa.

En todo caso, tampoco me importaba tanto, Emilie no duraría más tiempo enojada conmigo. No…

Y Bill… él iba a volver para la cena, lo había dicho. Deseaba verle la cara. Y es que nos habíamos besado y… ¿y si él lo había hecho sólo porque le habían entrado las ganas y nada más?, quiero decir, ¿si yo no le gustaba ni siquiera un poquito? A lo mejor lo hacía para burlarse de mi, por ser tan idiota y dejarme hacer. Y ahora que lo pensaba, no me había comportado de la forma adecuada. Se suponía que esas eran cosas que yo no tenía que hacer. Pero es que aún sentía sus cálidos labios sobre los míos, tan suaves y con esa delicadeza… Dios, y es que me ponía como loca. Era lo más extraño que me había pasado, lo que sentía por él era extraño, algo no experimentado y fuera de lo “normal” de mi día a día.


Cerca de las siete de la tarde, cuando aún quedaba alrededor de una hora para la “espectacular cena de noche buena”, picaron al timbre.

Emilie, suponiendo de quien se trataba, no quiso abrir la puerta y ni siquiera se movió. Y ahora que lo pensaba, había estado en la misma posición todo el tiempo. Me moví en el lugar, un poco nerviosa. Y el timbre no tardó en sonar otra vez.

¡Papá, la puerta! —chillé. Seguramente no podían escuchar desde la cocina.
Ya voy yo… —salió Sam de la cocina, llevaba un delantal de cocina de colores, le quedaba lindo… y con este, su pancita pequeña se notaba un poco más. Y es que su bebita, o bebito, aún era pequeñito. Miré a Emilie fugazmente, para luego clavar mis ojos en la puerta ¿cuándo se dignaría a mirarme? cuando me dedicara una mirada, le hablaría, antes no. Sam abrió la puerta por completo… y del otro lado, saltó el grandulón de su novio a abrazarla. Pero que lindos. Desvié la mirada rápidamente de ellos, cuando se besaban, no había pasa donde mirar… aunque ahora tenía un buen objetivo: Bill. Este cerró la puerta, actuando como si nada, como siempre, y luego de dejar una bolsa gigante en el suelo, se quitó su chaqueta. Me miró durante medio segundo, y luego apartó la vista.
¿Ya llegó…? Sam lo cortó en la mitad de la pregunta.
Está en la cocina, hijo de mami —pude entender perfectamente el alemán de ambos. Bill no dijo nada más, simplemente se encaminó hacia la cocina sin volver a mirarme. No me sentí bien, una fea sensación inundó todo mi cuerpo. Volví a mirar la TV, sintiéndome desconectada de mi cuerpo. No sabía qué pensar. Me mordí el labio inferior. Encima Emilie estaba enojada conmigo.

Eso había sido mi culpa, tendría que haberla dejado regañar todo lo que se le diera la gana para que se le fuera la rabia. Pero no… yo tenía que defender a Bill, como si él me hubiera defendido de haber estado en mi caso… claro que no, no lo habría hecho.

Me deslicé en el sillón, perdiéndome entre los cojines y deseando con todas mis fuerzas desaparecer.

Karlie —me llamó. Era Emilie.
¿Si? —le pregunté, sin mirarla. Es que los cojines me cubrían casi por completo. Entonces, ella quitó uno y pude ver su rostro.
No quiero enojarme contigo.
Tampoco yo —dije luego de haber pasado un segundo más de lo debido en silencio. Que suerte… que bien… y que alivio.
No importa si te gusta Bill, no voy a dejar de ser tu amiga por eso —me sonrió. Yo le devolví la sonrisa.
Pero la sonrisa se borró de mi rostro al instante, al ver unos ojos como platos y unas mejillas completamente enrojecidas detrás de Emilie.

Ay, no… ¡¿porqué Emilie siempre tenía que abrir su bocota?! Mi “hermana” se volteó al instante y medio segundo después volvió a mirarme.

Ya comenzaba a sofocarme. Emilie se llevó una mano a la boca, como diciendo “Oops” ¿lo habría dicho queriendo? Y es que… argh. Me acomodé en el sillón y observé a Bill, mientras él abandonaba el salón, más que avergonzado… seguramente se iba al baño o algo así. Esto no está bien porque… Bill no puede saber que me gusta… argh.
Lo siento—se disculpó mi hermana.
Ahora ves tú como lo arreglas. Y si no, la que se enojará aquí soy yo —fruncí el ceño.

Ahora seguramente Bill iba a pensar que a mi me gustaba. Cosa que yo no quería que él supiera.

Ojalá se me ocurriese una buena excusa, y si no, a Emilie se le tendría que ocurrir.

No te enojes, no sabía que él… argh, es insoportable, ¿ves?, ¿lo notas? —miré hacia otro lado, frunciendo el ceño —y si… ¿y si dices que te gusta otro Bill? ¡Si!, tu amigo de Noruega ¿amigo de Noruega?
Emilie, no tengo amigos en Noruega… y no conozco a nadie más en el mundo que se llame Bill, aparte de Bill —me pasé la mano por el rostro, nerviosa. En cualquier momento Bill podía regresar. Quería que el color rojo se fuera de mis mejillas, era como una tomate listo para la ensalada.
Pero él no lo sabe —rolé los ojos. Y es que si hay algo que realmente odio en el mundo, es mentir.
¡Emilie!, ¡ven y ayúdame con esto! —genial, la madre ahora la llama.
¡Ya voy! —gritó —no te preocupes, Karlie, yo lo arreglo —se levantó del sillón, dejando el cojín en el mismo sitio donde anteriormente había estado sentada. Yo sólo asentí.

Me acomodé en el asiento. Me sentía atrapada con las estúpidas cosas que me sujetaban los putos huesos rotos. Incluso la faja que tenía en el abdomen, por lo de las costillas, me pareció que estaba más apretada. Por suerte después de año nuevo estarían sanas, o al menos eso era lo que el doctor había dicho, ya que mis huesos se sanaban rápido porque yo era joven y nosequemás.

Como me aburría, y Sam con su novio habían desaparecido misteriosamente, comencé a lanzar los cojines que papá había acomodado a mi alrededor en a mañana hacia los sillones pequeños. Como la única mano que me servía para eso era la izquierda, no lograba darle, y los cojines acabaron desparramados por toda la habitación. Incluso uno se me había soltado al hacer el impulso y se había ido hacia atrás. No suelo hacer estas estupideces tan seguido, pero es que el nerviosismo me estaba consumiendo.

Por suerte ya se me había ido el color rojo del rostro, que alivio. Pero aún sentía un poco de calor.

Dí un pequeño salto, al escuchar unos pasos acercarse. Era él, lo sabía. El corazón se me apresuró a tal punto que me golpeaba el pecho con fuerza y me asfixiaba ¿y si lo tomaba como una broma? Ojalá. Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y quité la mano de allí. Cogí el control de la TV y rápidamente cambié de canal, era mejor hacer como si nada hubiese pasado.

Y como lo supuse, él apareció en el salón. Se detuvo a observar el suelo, estaba lleno de cojines… eran seis en total, siete con el que se había caído hacia atrás y yo no podía ver.

¿Qué… pasó? —me sentí estremecer al escuchar su voz, aunque hubiese sonado fría. Él no me miró, y yo no le contesté. Era demasiado estúpido decir algo así como “me aburría y lo empecé a tirar” porque soy infantil y tonta. Él no tardó en comenzar a recogerlos todos… y no me miraba. Incluso recogió el que se había ido hacia atrás, y los dejó todos bien acomodados y repartidos en los sillones. Claro, que los del sillón grande sólo los lanzó. Porque yo estaba en el sillón grande y era seguro que él no se quería acercar.

Pff. Primero me besaba y después se ponía así. Me había pedido que no me enojara… y quien se enojaba era él ¿quién lo entiende? Hombres… y después dicen que las mujeres somos las complicadas. Encima, me hacía sentir mal. Él había sido la primera persona a la cual yo había “besado”. Aunque no besado de besar, besar y iuu… pero si habíamos chocado nuestros labios. Y había sido especial, al menos para mí. Había sido algo nuevo, con nuevas sensaciones y definitivamente para recordar. Aunque jamás lo hubiese querido besar, me había acabado gustando, casi tanto como él. Pero después todo se echaba a perder y a lo mejor la culpa era mía. Él se había separado de mí, a lo mejor yo no sabía besar bien… y es que nunca antes lo había hecho. O quizás, era porque soy tan parecida a mi prima que le traía recuerdos. Si… eso era porque, para hubiese puesto así. Porque había vuelto a ser automático… y Emilie lo había pillado de mal humor, nada más… por eso es que le había dicho todas esas cosas. A lo mejor yo lo había puesto de mal humor, no tendría que haber dejado que me besara.

Pero es que mi mente decía una cosa y mi corazón pedía otra. Por culpa del corazón y los sentimientos, había roto la promesa que me había hecho a mi misma… y quizás, había superado el miedo. Pero mi mente seguía diciéndome y repitiéndome que no estaba bien. Me sentía como una… ¿pecadora? Si, eso, una pecadora… era prácticamente un atentado que yo misma hacía contra mi persona.

Bill se sentó en uno de los sillones pequeños. Me llamó la atención, pues estaba con la espalda recta y las manos juntas sobre sus rodillas. Se notaba tenso. Ni siquiera me miraba. Estaba con la vista clavada en la TV, aunque no la estaba mirando… parecía estar metido dentro de sus pensamientos.

Ojalá pudiese hacerle caso a Emilie, para que él dejara de gustarme. Pero es que… es imposible.

El sonido del teléfono rompió el silencio de la habitación. Como estaba sobre la mesita de centro sólo bastó con doblarme un poco más de lo que debería y lo cogí. Le di al botón verde, sin poder evitar antes de esto, mirar a Bill fugazmente… quien también me miraba, y dejó de mirarme al instante girando el rostro.

¿Hallo? —contesté en alemán, era lo mejor ¿quién podría ser? Es que nadie jamás nos llamaba a casa. No aparté la vista de Bill.
¡Hallo!, veo que ya te llevas bien con el idioma ¿pero qué…? ¿y él como…?
¿Andreas? Bill giró su rostro hacia mí nuevamente, mirándome con interés. Lo ignoré, pero no dejé de mirarlo.
¡Adivinaste! —rió desde el otro lado de la línea ¿cómo estás?
Bien ¿y tú? ¿cómo tienes mi número? —que extraño…
Me lo dio Juliette. Es que intente llamarte al móvil, pero no contestabas. Así que usé la segunda opción, que bueno que contestaste tú, si no me hubiese muerto de la vergüenza.
Ah… —no supe que más responderle.
Te compré un regalo. Y te llamaba para desearte una feliz navidad, como ahora somos amigos y toda la cosa —seguramente estaba sonriendo. No pude evitar sonreír yo también. Aparté los ojos de Bill, quien cada vez iba cambiando más su expresión, desfigurando su rostro en una mueca de odio.
También tengo un regalo para ti, Andreas. Y feliz navidad, que lo pases muy bien con tu familia y… ¡Hey! —grité enojada, al no sentir el teléfono en mi mano. Mire hacia arriba, y enseguida vi a Bill, llevándose el teléfono al oído ¡oye, estaba hablando!
¿Andreas, amigo? —me ignoró. Y eso fue lo único que entendí, pues luego comenzó a hablar en alemán.

 Lo observé molesta como se movía de lado a lado en la habitación… para que finalmente acabara llevándole el teléfono a Emilie.

2 comentarios:

  1. No me vengas con eso de un capítulo al día, me pones como a dieta. Está genial este capítulo, sigue subiendo por favor! Están buenísimos ♡.♡

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  2. el otro el otro q temine en final feliz y con bebe!!! please

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