20 febrero, 2014

Automatic /Capítulo 26



Él no tenía porqué sacar conclusiones sobre mis actos. Aún menos si eran cosas que yo nunca había hecho, ni habría hecho jamás. A demás, ni siquiera había pedido su opinión al respecto.

Vale, vale, pero no te enojes —frunció el ceño molesto. Claro, me decía que no me enojara luego de haberme dicho semejante estupidez, y después de enojaba él. Perfecto —no te alteres, tranquila, lo siento —volvió a mirarme y yo aparté la mirada, nuevamente, siguiendo el juego. Me pareció muy, muy extraño. Él había pedido disculpas. Ni siquiera había sido necesario… pero las había pedido y ya ¿por qué? Era extraño cuando él se las daba de chico bueno… pero hay que reconocerlo, el papel de chico encantador le quedaba de maravilla. Me pregunté, si seguiría siendo un robot por dentro… si sus sonrisas y sus disculpas son solo superficiales. A lo mejor, en el interior, él estaba frío… como antes. Por culpa de esas chica, parecida a mi, que le había hecho daño… y de la cual no sabía ni el nombre. Y así era como lograba despertar nuevamente mi curiosidad. Quería saber quien era mi prima, que le había hecho… como soy tan torpe se me había olvidado preguntarle a papá sobre ella. Pero se lo preguntaría por la tarde.

Y la caja… Dios, esa caja me desesperaba. Quizás, Bill ya había visto lo que había dentro de la caja. No entendía por qué… bleh, dudas estúpidas. A veces, tengo que dejar de pensar estupideces, que luego se me va la cabeza.

¿Estás enojada? —volvió a preguntar. Negué con la cabeza, sin alzar la vista. No me podía enojar con él, si me estaba tratando bien. Por más que haya dicho lo de Andreas. Es que todas las personas se equivocan, y a lo mejor Bill también se había equivocado, sacando conclusiones erróneas, que debería haberse guardado y no haber dicho en voz alta. Lo iba a disculpar… pero sólo y únicamente porque estaba siendo bueno conmigo y en todo el tiempo que habíamos estado solos, no me había gritado, ni insultado, ni siquiera me había dedicado una mirada de desprecio. Nada. Se había convertido en todo un caballero por arte de magia. No iba a pelear con él, aunque si me provocaba… o nombraba al histérico de Andreas una vez más… —que bien —silencio. No dije nada, ni si quiera alcé la vista, no quería mirarlo. En todo el tiempo que él había estado conmigo no había logrado mirarlo a los ojos… pero es que me ponía tan nerviosa y se me hacía imposible hacerlo, porque él apartaba la vista cuando yo lo miraba y… no lo sé ¿puedo preguntarte algo? pero no te enojes… —añadió rápidamente. Asentí. Si me lo decía de esa manera… no iba a enojarme. Aunque si tenía relación con Andreas… ¿por qué no saldrías con nadie? —preguntó de sopetón ¡y justo esa pregunta! ¿no podía haber sido otra más simple de contestar?

Me tensé… y me puse aún más nerviosa… ya de por sí estaba nerviosa, de tenerlo al lado… y ahora salía con esto ¿qué quería que le dijera? Yo no salía con nadie porque… no. Porque me daba miedo, pánico, terror, asco, repulsión. Pero si le decía eso, probablemente diría que soy una persona extraña… o me preguntaría el porqué. Y eso, era algo a lo que no me gustaba llegar. Más que nada porque nunca se lo había contado a nadie. Y tampoco planeaba hacerlo.

Porque… porque no me gusta salir —suspiré ¿no te da la sensación de que si estás con alguien es como amarrarse a algo y perder libertad? —mentí.
Humm… la verdad, no había visto las cosas de ese modo ¿pero has salido con chicos anteriormente? —otra pregunta. Vale, es un poco vergonzoso contestar lo que yo iba a tener que contestar. Pero es que tener dieciséis y no haber tenido novio, ni siquiera haber besado a un chico era casi un pecado en estos tiempos.
No —dije de golpe —ya te dije lo que pienso respecto a eso ¿y tú? —le pregunté. Así íbamos a quedar parejos… además, quizás podría averiguar algo sobre el tema de mi prima. Y se me podrían quitar algunas dudas. Sólo si él no se negaba a contestar… y no se cerraba en si mismo.
¿Yo qué? —preguntó, haciéndose el idiota. Alcé la cabeza y lo miré. Esta vez el no apartó la vista. Tenía los ojos entrecerrados, y... ¿tenía miedo?
¿Has tenido novias? —hice la misma pregunta, sólo que con palabras diferentes. Entonces su mirada se ensombreció. E incluso me pareció ver un poco de tristeza en ellos ¿habría sufrido por amor?
Si, pocas —acabó encogiéndose de hombros, luego apartó la vista, clavándola en sus manos. Estaba triste, podía percibirlo, tampoco soy tan estúpida.
Oh… am… ¿estás bien?
Si, si. Es que… —volvió a alzar la cabeza y sonrió de medio lado. Aunque la sonrisa no llegó al resto del rostro. Sus ojos seguían como antes. De sólo mirarlo me recorrió un escalofrío de pies a cabeza. Y luego, me entraron unas enormes ganas de abrazarlo. Incluso, me dio la impresión de que sus ojos estaban más brillantes, producto de lágrimas.
Ah… —contesté, al ver que no terminaba la oración. Me sentí desanimada, incluso un poco triste. Me había contagiado… ahora me sentía como él, pero no sabía porqué.
Los chicos se demoran demasiado.
Es que fueron a comprar dulces también ¿recuerdas? —aparté la vista hacia la TV.
Aham… suspiró. Y luego un silencio incómodo se apoderó de la habitación. Estuve maltratando mi cerebro golpeado en el accidente, intentado buscar algún tema de conversación… pero no se me ocurría nada. Y eso era de lo peor. Odiaba los silencios incómodos… son incómodos. A demás, me ponen nerviosa.

No podía apartar la vista de la TV. No quería mirar a Bill, aunque lo sentía cerca de mí… podía escuchar cuando se movía un poco, y cuando suspiraba. Aunque lo peor de todo era que sentía su vista clavada en mí, y no dejaba de mirarme. Tampoco iba a voltear la cabeza para comprobarlo. Pero es que todo el mundo se da cuenta cuando lo miran.

Agradecí que la puerta se abriera en ese instante.

¡Llegamos! —chilló, Sam, entrando en la habitación. La miré… y recordé lo de su bebe, lo había olvidado completamente —te trajimos… el jugo y, —comenzó a buscar en su bolso, revolviendo las cosas… mientras Tom se dirigía hacia en sillón, con esa sonrisa en el rostro imposible de borrar —y… y… ¡gomitas dulces! a todos nos gustan, ¿verdad Bill? Traje muchas —enseñó una bolsita, llena de esas gomitas semi-redondas de múltiples colores. Deliciosas.
Oh, si —se levantó Bill de la silla, casi de un salto y avanzó hacia su cuñada feliz de la vida. Había cambiado su actitud tan rápidamente… aunque a lo mejor, era un buen actor.
No te las comas todas, que son de Karlie Sam le dio la bolsita y Bill asintió —tendrán que hacer el: uno para ti, uno para mí —estallé en risas. Le había salido muy gracioso. Uno para ti… uno para mi ¡como los niños pequeñitos! recuerdo cuando yo hacía eso.

Sin quererlo, también le contagié la risa a Sam, Tom… y Bill también rió.

Muy bien, muy bien… —repitió Bill, al terminar su ataque de risa con un gran suspiro —uf, hace mucho que no reía así ¿igual quieres? —le preguntó a Sam.
Y yo también —se metió Tom en la conversación.
Hum… ¿no querrás porción doble verdad? —volvió a preguntarle a Sam ¿por qué porción…? oh, que tonta.
Con porción para uno quedo bien —la chica puso sus manos frente a la bolsa que Bill sostenía.
Ok. Entonces… la mitad esto va para ti y Tom. Karla y yo nos quedamos con el resto, ¿vale? —me dirigió una mirada y yo asentí. No podía borrar la sonrisa del rostro. A decir verdad me sentía algo ridícula, pero no podía dejar de sonreír. Bill miró la bolsa, mientras la abría y luego dejó caer algunas gomitas de colores en las manos de Sam.
¡Te quedas con todas! —se quejó la chica. Bill bufó, poniendo los ojos en blanco y luego le echó un poco más —gracias… sigues teniendo más.
El resto es para la chica enferma —respondió como si fuese algo obvio —además, tu hijo no va a comer más que una gomita, no le cabe, es pequeño —me entraron ganas de reír nuevamente. No sabía de donde había salido este Bill diferente. Pero me agradaba ¡que chico más divertido! aunque lo curioso era… su bipolaridad y sus cambios de actitud. A lo mejor se ponía así por las gomitas. Sam se comenzó a quejar en alemán, y bill le siguió en el mismo idioma, por lo que ya no pude entender que era lo que decían.

Miré a Tom. Tenía expresión de sorpresa, a lo mejor por las cosas que se estaban diciendo… Y es que prácticamente gritaba. Seguramente, en cualquier momento, entraba alguien a sacarlos del hospital o hacerlos callar. Tom se dio cuenta de que lo estaba mirando y clavó sus ojos en mi, aún con la boca abierta.

¿Se puede saber qué le hiciste a Bill? —me preguntó, hablando despacio, pero lo suficientemente fuerte para que sólo yo lo escuchara… y no los involucrados en la discusión. Me encogí de hombros.
No hice nada ¿tú? él también se encogió de hombros, extrañado. En ese momento, llegó Sam a su lado, con las gomitas en sus manos, casi cayéndose.
Ya —giré la cabeza bruscamente y vi a Bill que volvía a sentarse en la silla —sostén esto… —depositó la bolsa con la mitad de las gomitas sobre mí y luego abrió la botella de jugo de naranja que Sam me había dado. Por mientras que él abría lo botella, me las arreglé para coger una gomita y llevármela a la boca con un poco de dificultad…debido a que tenía el hombro completamente inmovilizado —hey, no te las comas todas —cogió la bolsa, después de dejar la tapa del jugo de naranja sobre la mesita del lado de la cama y la puso en sus piernas ¿quieres que te ayude con el jugo? —me preguntó. Asentí. Tenían que ayudarme a beberlo, ya que un brazo lo tenía inmovilizado y el otro no lo podía levantar demasiado porque también tenía inmovilizado el hombro. Papá o Emilie siempre me ayudaban en estas cosas… pero como ahora no estaban era imposible hacerlo yo sola. Por suerte tendría el brazo listo dentro de poco tiempo. Así ya no me tendrían que dar las cosas en la boca y no me sentiría tan inservible y estúpida como me sentí cuando Bill acercó la botella a mis labios y tomé un sorbo del delicioso jugo.
Gracias —le dije. Él no me dijo nada y luego dejó la botella al lado de la tapa.
Ok… veamos —abrió la bolsa, dejándola sobre la cama, a mi lado —¿entonces vamos con uno para ti, uno para mí? —preguntó sonriendo divertido. Yo asentí con la cabeza, devolviéndole la sonrisa. Que tierno era el chico, que encantador, que todo. Realmente estaba sorprendida. Y es que era tan… aw. No podría describirlo. Incluso me daban sensaciones extrañas en el estómago al verlo actuar así de amable —mmm… —metió la mano en la bolsa y luego sacó uno y se le echó a la boca —empecemos por mí —dijo mientras masticaba ¿qué color quieres?
Verde —volvió a meter la mano en la bolsa, buscando uno verde. Yo sólo lo miré sonriendo. Era una escena muy divertida. Y muy, muy sorprendente. Es que Bill… era por así decirlo, como un niño pequeño. Se estaba comportando igual que un niño pequeño, y como dije anteriormente, me parecía extremadamente tierno.
Aquí tienes —me la acercó a la boca. Lo miré sin entender, pero luego de medio segundo me di cuenta de que me la estaba dando. Abrí la boca y el me dio la gomita.
Podrías darle la gomita con la boca, ¿no? —saltó Sam. Wow. Sam y Tom también estaban con nosotros… lo había olvidado ¡Dios, que vergüenza! sentí mis mejillas arder, e intenté disimularlo un poco, mirando mis manos mientras mordía la gomita. Era de manzana.
Sam… —se quejó Bill —mejor hazlo con Tom. Oh, pero tengan cuidado de no traumar a su hijo. Que malos padres tendrá el pobre bebe Tom puso los ojos en blanco y besó a Sam enseguida, para que no siguiera peleándose con Bill. Este suspiró y yo volví a mirarlo —ya… me toca —cogió otra gomita y se la metió a la boca rápidamente. Sus labios, la forma en como los abría, dejaba pasar el pequeño dulce entre ellos y luego los cerraba… “podrías darle la gomita con la boca" eso nunca pasará, claro que no… Pero es que sus labios son tan… se ven tan suaves y...

Deja de pensar en eso. Quité la vista de sus labios, ya que me di cuenta de que los estaba mirando como una idiota. Sentí como las mejillas se enrojecían aún más. Es que soy una completa idiota.

¿Quieres de limón?
Vale —contesté un poco cortada. Él me la dio, amablemente y yo seguía sintiéndome extrañamente impactada por su actitud… pero positivamente. Y así fue como seguimos, hasta hartarnos de comer, mientras mirábamos la TV. Sam y Tom habían comenzado a jugar con las gomitas y nosotros hablábamos de las estupideces que daban en la TV. Bill me caía bien, digo, así de simpático. Aunque quizás, era sólo de momento y luego se pondría “automático” de nuevo.

… Entonces sólo quedaba pensar que eso no pasaría.

Ya. Nos vamos —dijo Tom luego de un rato, levantándose del sillón y cogiendo a Sam de la mano —tenemos cosas que hacer, Bill —le dijo a su hermano.
Ok, ok —el chico se levantó, dejando la bolsa con el resto de las gomitas sobre mí —te doy el resto se pasó la mano por el cabello y se abrochó la chaqueta. Seguro afuera hacía frío —nos vemos —se despidió de mí y luego se alejó unos pasos, hacia la puerta.
Adiós —me despedí. Entonces Tom se acercó a mí, para darme un beso en la mejilla.
¿Qué le hiciste a Bill? —volvió a preguntar en voz baja.
—Nada —le contesté en el mismo tono. Seguidamente él me plantó un beso en la mejilla.
Nos vemos mañana, o por la tarde —sonrió de medio lado.
Adiós.
Aw, ya nos vemos, Karlie —se agachó Sam, para darme un beso, al igual que su novio —que estés de lo mejor.
Adiós —le sonreí ampliamente. Miré a Bill, pero este ya se había dado la vuelta y abría la puerta de la habitación.

Observé en silencio como salía fuera, seguido por Tom y Sam. Está última se despedía con la mano, con una sonrisa que le ocupaba prácticamente la mitad del rostro.

Y gracias… —le dije, antes de que ella cerrara la puerta. Sólo me guiñó un ojo.

Y luego todo habría quedado en absoluto silencio, de no ser porque la TV estaba encendida. Suspiré.

Que visita más extraña. Primero, el café que Bill le había arrojado a Andreas. Segundo, la noticia del bebe que tendrían Sam y Tom… Y tercero, Bill y su buen carácter.

Admito, que de esas tres cosas, la que más me llamó la atención fue la noticia del bebe. Vale, no está parejo con lo de Bill ¿y es que quien se iba a imaginar que él iba a estar de TAN buen humor? Era de lo más extraño, seguro Emilie no se lo creería. Y si pensamos que minutos antes le había arrojado el café a Andreas… A lo mejor había liberado tensiones dañando a su “amigo”. Y el pobre de Andreas… seguro Emilie le hacía algo cuando saliera de la escuela y se encontrara con el rubio esperándola. Pobre. Aunque, pensándolo bien, era su culpa. Él no es idiota, seguramente entendió las indirectas que Bill y yo le dimos ese día… ¡pero no! Tenía que seguir insistiendo e insistiendo… y rompiéndole el corazón a Emilie.

Pff. Fuese lo que fuese que le hiciera Emilie, se lo merecía.

De pronto, la puerta se abrió de golpe, haciendo un estrepitoso ruido que llamó mi atención al instante.
Alcé la vista rápidamente, mientras sentía como el corazón se me detenía por el susto que me había dado. Incluso había pegado un pequeño saltito.

Olvidé algo —dijo rápidamente Bill, entrando por la puerta. Avanzó hacia mí, con la boca entreabierta, casi formando una sonrisa, y le dio con el pie a la puerta para cerrarla. Vi como se acercaba hasta ponerse a mi lado en la cama y agacharse a mi altura. Me entró todo el nerviosismo e incluso las manos me comenzaron a temblar… incluso el corazón se me apresuró, en esa milésima de segundo, que se me hizo eterna, en la cual el se acercó a mí y me depositó un beso en la mejilla, con suavidad y haciendo un pequeño ruidito. Sus labios estaban fríos, pero eran extremadamente suaves. Y no mentiré, el delicado contacto entre sus labios y mi mejilla me encantó.

Se separó de mí, mientras yo sentía como él color se acumulaba en mis mejillas e intentaba regular mi respiración.

Ah… ¿me das unas cuantas de estas ara el viaje? —preguntó, mientras metía la mano a la bolsita de gomitas de colores y sacaba unas cuantas.
S-si —dije como pude. Soy un fracaso, lo sé, una vergüenza.
Gracias, nos vemos —volvió a acercarme a mí. Y yo me desesperé, me sentí de una manera tan extraña… y entre mi aturdimiento, giré el rostro para el lado equivocado. Y por un descuido, un accidente, o la peor de las maldiciones… pasó eso. Pasó lo que yo no quería que pasara nunca, pasó algo que me hizo estremecer… algo que me hizo sentir como una loca, una idiota, que me hizo sentir cosquillas en el estómago.

…Sentí sus labios sobre los míos, durante una insignificante fracción de segundo. Y en esa insignificante fracción de segundo… todo se fue a la mierda. Porque me había gustado sentir el rose suave de sus labios fríos sobre los míos, porque me había gustado las delicadeza con la que se había acercado a mí. Porque me había gustado sentirlo tan cerca. Y eso iba en contra de todos mis principios, en contra de todas las promesas que me había hecho a mi misma… en contra de mis miedos, en contra de mi voluntad. No lo había pedido, no lo quería, pero lo había obtenido y me había gustado… había sido sólo un accidente. Sólo un accidente, nada más.

Él se separó rápidamente de mí, incorporándose. Agradecí que mi corazón comenzara a latir nuevamente, aunque latía con tanta fuerza, que lo más probable sería que incluso Bill lo pudiese escuchar. Me sentí avergonzada, él tenía los ojos abiertos como platos, incluso sus mejillas se habían tornado de un color rosa. Seguramente igual que las mías. Cerré la boca y apreté los dientes fuertemente. ¿Por qué me pasaba esto? Aparté la vista de él rápidamente. El chico se aclaró la garganta, seguramente estaría igual de avergonzado que yo.

No había sido un beso… No. Porque había sido un roce… o más bien, un accidente. Cosas que pasan sin que uno quiera, pero que por alguna razón del destino, o la torpeza de alguien, en este caso mi torpeza, terminan por pasar. Cosas que no tienen que importar. Pequeños accidentes. De los cuales nadie más de debe enterar. Pequeños accidentes, de los que hay que olvidarse rápidamente. Cosas insignificantes, sin importancia.

Aunque lo más impresionante, fue el hecho de que no me hubiese dado asco, ni ningún tipo de repugnancia. Solo vergüenza, impacto, sorpresa… y ya. Sin contar todas esas extrañas sensaciones, que no sabría como explicar. Era la primera vez que no sentía ganas de correr cuando un chico se me acercaba demasiado. A lo mejor, era porque Bill no era cualquier chico, era diferente a todos… y eso lo había notado ya hacía tiempo. Pero eso no iba a quitar lo que yo pensaba: había sido sólo un pequeño e insignificante accidente para olvidar.

Y-yo… me voy. Adiós —acabó por despedirse nuevamente, algo cortado. Había hablado con su tono frío… a lo mejor el pequeño accidente había sido el causante de que se volviese automático nuevamente. Él miró hacia otro lado, cuando yo clavé mis ojos en él, esquivando mi mirada. Y luego se volvió hacia la puerta, comenzado a caminar.

Me costaba respirar, me costaba hacer entrar el aire en mis pulmones. Quizás por el gran nudo que tenía en a garganta.
Ese “pequeño accidente”…

Bajé la mirada y momentos después escuché como la puerta se cerraba despacio.

Inconscientemente, y como pude, me llevé una mano a los labios. Sin estar pensando en nada… dejando que las sensaciones y los sentimientos se apoderaran completamente de mi durante unos segundos y para cuando me di cuenta de lo que estaba sintiendo, los ojos ya se me habían llenado de lágrimas. No me sentía bien, no quería.

Quité la mano se mis labios y miré el techo. Intentando no derramar lágrimas.

¿Por qué me pasaba esto a mí?.
¿O es que acaso tenía que pasarme de todo?

Sentí odio hacia la vida. Porque te pone pruebas que tienes que superar.
Y ahora me sentía completamente contradictoria. Todos mis pensamientos y mis razonamientos lógicos, estaban contrarios a los que comenzaba a sentir. A lo que sentía. Y no me gustaba.

¿Es que acaso uno no puede elegir?

Un “pequeño accidente insignificante”. Bill no tendría que haber vuelto y esto no tendría que haber pasado.
Pero tenía que olvidarlo… si. Olvidarme de lo que había pasado hacía tan sólo unos momentos. Sólo había sido un accidente, nada importante.

Minutos después ese día, vinieron a buscarme para hacerme algunos exámenes. Por suerte, el doctor tuvo la amabilidad de liberar mi mano… ahora sí podría comer como se debe.

Me sentía ausente, y las sensaciones extrañas seguían en mi cuerpo… Y siguieron hasta que llegó mi padre a verme, cerca de la hora de almuerzo. A él no le dije nada. Solamente le informé que me habían venido a visitar. Pero no le dije ni lo de Sam y Tom, ni lo de Bill y el accidente. ¡Después se iba a escandalizar! Él me dijo, que estaba actuando extraño… y me preguntó si me pasaba algo. Y ahí fue cuando tuve que hacer algo que no me gustaba y pocas veces había hecho: mentirle a papá. Me insistió muchas veces en que le dijera que era lo que había pasado. Pero yo le insistí más aún, diciéndole que no había pasado nada… que era sólo por que tenía sueño y estaba cansada por los exámenes médicos. Papá pareció no creer mucho lo que yo le estaba diciendo pero dejó de insistir y se volvió al trabajo.

Y yo seguía igual que antes: sintiéndome incómoda y pensando constantemente en ese “accidente”. Y es que no me lo podía quitar de la cabeza… era cosa de recordar el contacto de sus labios fríos y suaves sobre los míos, para que el vello se me erizara y el color se me subiera a las mejillas.

Me trajeron el almuerzo cerca de las dos de la tarde. Era miércoles, y hoy Emilie salía de la escuela más temprano… pero no había llegado aún, a lo mejor estaba hablando con Andreas, o golpeándolo… o quien sabe.

Comí mi almuerzo con gusto. Ahora tenía movilidad en una mano y eso estaba bien… aunque mi coordinación no tanto, por lo que pasé a botar comida un par de veces. No soy muy buena para coger la cuchara con la mano izquierda y dármelas de zurda.

Y bueno… comí todo lo que pude comer y luego me puse a ver la TV. Últimamente sólo miraba la TV y no hacía nada en Internet… más que nada porque no podía levantarme a buscar el portátil… o el control de la TV que Tom había dejado sobre el sillón. Por consecuencia, tuve que estar hasta las cuatro y media de la tarde, mirando una maratón de una seria alemana, de la cual sólo entendía los “ja”. Genial. Aunque tampoco era mucho el interés que le ponía al asunto. A parte de ver -no mirar- la TV, estaba pensando en el “pequeño accidente”, que como dije anteriormente, no podía quitármelo de la cabeza.

Cuando el reloj que había en la pared, frente a la cama y a un lado de la puerta de la habitación, marcó las cuatro y treinta, la puerta se abrió, tras tres pequeños golpecitos.

¡Hola! —alcé la cabeza y clavé mis ojos en la rubia que entraba apresuradamente a la habitación, cerrando la puerta tras su paso.
Hola, Emilie —la saludé con una sonrisa.
¡Argh! ¡Karlie!, no te imaginas —se acercó rápidamente a mi cama y se sentó a un costado, pegando un salto —oh, que bien, ya tienes tu brazo libre —se cortó ella misma, cambiando de tema.
Si, hace un momento me quitaron... la cosa.
Que bien —sonrió ampliamente —a lo que venía ¡es que me muero por contártelo! —gritó, moviendo las manos arriba y abajo exageradamente. Yo sólo la miré con una media sonrisa, era muy graciosa, pero no tenía ganas de reír —pasa… que Andreas me fue a buscar a la escuela —o—y… a que no adivinas lo que pasó —alcé una ceja.
No… me lo imagino.
Pues, ¡me llevó flores! ¡y chocolates! —no aguanté y solté una carcajada ¡le había llevado flores! que cursi y que estúpido y… —a que no sabes que fue lo que hice —puso ambas manos en mis mejillas, y frunció el ceño, sonriendo con malicia.
No lo sé —contesté, sintiendo como ella aplastaba mis mejillas.
¡Le dije que no sería el segundo plato de nadie!, cogí las flores, las pisé… ¡y me traje el chocolate! —sonrió aún más. Realmente, esto era extraño. Emilie estaba feliz por haberle hecho eso a Andreas… Vale, era venganza, pero… a ella le gustaba, no tenía sentido. Es decir, bien, pisó las flores y trajo los chocolates y… bueno, le dijo eso. Pero Ahora estaba demasiado feliz. Que extraña era.
Wow… supongo que estuvo bien.
Si, estuvo excelente —quitó sus manos de mis mejillas y luego se levantó de la cama, suspirando —traje los chocolates, para que comamos —seguidamente se quitó la mochila y la dejó sobre la cama, para luego abrirla. Observé como sacaba de allí adentro una caja roja… ¡en forma de corazón! nunca me imaginé que Andreas sería así de cursi —ay, es que este idiota se cree que soy una cualquiera, que se deja como segundo plato —dijo a la vez que dejaba caer la mochila al suelo —pero está muy equivocado. Tú no quisiste salir con él… —dejó la cajita sobre mi vientre —por algo será, ¿no? —soltó una risita —y como el muy idiota se quedó sólo… me busca a mí ahora —acabó por abrir la caja, coger un chocolate rápidamente y metérselo a la boca. Yo no dije nada. Sólo la miraba, mientras pensaba en el pobre Andreas y en el ridículo que había hecho al llevarle chocolates y flores ¿pasa algo? —me miró frunciendo el ceño.
Nada, nada —cogí un chocolate rápidamente y me lo metí a la boca. Qué delicioso…
Oh, vamos, ya me estudié todos tus gesto, ¿qué pasa? puedes decírmelo… a lo mejor puedo ayudarte —torció la comisura de sus labios llena de chocolate hacia un lado. Suspiré. A lo mejor, estaría bien si le contaba a Emilie lo que había pasado… así me desahogaría. A demás, Emilie era mi amiga… y podía confiar en ella, estaba segura.
Pues… Por la mañana vinieron Tom, Sam y…
¿Te contaron? —me cortó de golpe. Esta chica tenía la costumbre de interrumpirme siempre… Dios.
Si, si me contaron.
¿Qué te contaron? —cogió otro chocolate y se lo metió a la boca.
Que tendrán un bebe ¿vas a dejar que siga contándote lo que me pasó? Emilie asintió, masticando el chocolate. Abrí la boca par decir algo pero...
¿No es genial? ¡un bebé!
Si, es genial.
Ya, ya, prosigue… —solo si cierras la boca. Suspiré nuevamente.
… y Bill —continué. Emilie alzó las cejar repetidas veces y antes de que dijera algo, me adelanté —no se te ocurra interrumpir, porque juro que no te diré nada —ella hizo un gesto con las manos, indicando que tendría la boca cerrada —pasa que Sam compró gomitas de colores. Bill y ella se repartieron las gomitas. La mitad para ella y Tom y la otra mitad para Bill y yo. Bill estaba de mejor humor… era extraño —volví a suspirar —estuvimos comiéndonos las gomitas y todo eso, Bill me ayudaba a comer las mías, —sonreí internamente al recordar el “uno para ti, uno para mi” —hasta que se fueron… y Bill no se despidió de mí Emilie frunció el ceño.
Que maledu…
Aún no termino —la corté —los chicos se fueron, pero un minuto después, Bill regresó —bajé la mirada, al recordarlo. Tragué saliva —estaba de buen humor. Se acercó a mí… y me dio un beso en la mejilla.
¡Aw!
DESPUÉS, —hablé fuertemente, para que Emilie no comenzara a chillar él cogió gomitas de las que habían quedado… y luego se acercó a mí para despedirse de nuevo —sentí como el color se me subía a las mejillas al instante ¡me había puesto nerviosa!, incluso sentía el corazón latiéndome fuerte y las cosquillas en el estómago.
¿…Y? —preguntó Emilie, al ver que yo no seguía con la narración.
Es que yo… —me callé nuevamente.
Tu…
Yo… me confundí y…
Y…
Moví el rostro hacia un lado y…
¡Se besaron! —chilló a todo pulmón. Me dio la impresión de que todo el hospital la había escuchado. Mi rostro ardió más aún, tenía la impresión de que iba a explotar en cualquier momento.
Fue accidente, yo no quería, él tampoco. Nos separamos al instante —dije rápidamente, excusándome.
Dios, ¡lo besaste! —volvió a gritar.
¡No!, no fue un beso, Emilie, no seas tonta. Fue… fue… un accidente. Sólo un roce y no tiene importancia. Fruncí el ceño.
Para ti parece tener importancia. Además, ¡fue beso! Dios mío… —puse los ojos en blanco ¿sabes lo que es chocar los labios con la persona más odiosa del mundo? —asentí con la cabeza una sola vez ¡Dios mío! —volvió a repetir —estoy segura de que no encuentras que Bill es odioso, no, no ¡ah!, pero ¡se besaron!
Emilie, fue un accidente…
¿Por qué lo dices como si hablaras sobre un delito? —admítelo, fue bueno —me dio con la mano en el hombro. Me quejé —lo siento. Dios, pero es que… ¿cómo sabes? quizás puede pasar algo después ¡¿a él le gustó?!
No exageres. A ninguno de los dos nos gustó —miré hacia otro lado. Había mentido.
Oh, vamos, Karlie. O es que me vas a decir que no encuentras que Bill es hermoso… ¿es hermoso? —me preguntó.
Si —dije soltando todo el aire contenido en los pulmones, sin pensarlo ¡ay no!
¡Pero que emoción! ahora, no me vas a decir que contigo se comporta de manera diferente —con una de sus manos, giró mi rostro, haciendo que la mirara ¡tengo razón! lo veo en tus ojos ¡pero que nerviosa y colorada estás!
No le cuentes a nadie sobre esto —prácticamente le rogué.
A nadie, lo prometo. Pero dime una sola cosa… —entrecerró los ojos y yo me temí lo peor ¿te gusta Bill? —la pregunta me tomó por sorpresa. No me lo esperaba… pero había sido algo tan obvio… era de suponer que preguntaría eso. Me impresionó el tono de voz que había usado… Emilie se calmaba rápido ¿te gusta? Karlie… —me llamó al ver que no contestaba. Bajé la mirada.
Es que… no lo sé. Nunca me ha gustado un chico —volví a alzar la mirada, Emilie sonreía.
Te gusta, estoy segurísima —abrí los ojos como platos ¡No! Bill no me podía gustar.
¿Cómo lo sabes?
Porque eres muy obvia —bufé.
No lo creo, yo no quiero que me guste.
No se trata de lo que tú quieras. Se trata de lo que él quiera —me dijo, tocando mi pecho con su dedo índice ¿lo que el corazón quería? —mira, no te voy a obligar a que me digas que te gusta. Sólo te voy a dar un pequeño consejo —se aclaró la garganta graciosamente —tienes que hacerle caso a lo que sientes, seguir a tu corazón y dejar de pensar tanto con la cabeza. Cuando razonas no disfrutas, no vives... porque intentas hacer siempre lo correcto —suspiró —he visto como Bill te mira —bajé la mirada, sintiendo como las mejillas me ardían nuevamente.

Hacerle caso a lo que siento, seguir a mi corazón y dejar de pensar.
¿Para convertirme en una loca?
¿Para equivocarme y no hacer lo correcto?
¿Para cometer un error y luego arrepentirme?
¿Para cambiar mi “modo de vida”?
¿Para enfrentar mis miedos?

Mis miedos… con ese chico desaparecían.
Mis miedos con él ya no eran miedos.

Porque ya lo había comprobado… estando tan cerca de mí, el único efecto que producía en mi… era que… me volvía una idiota, una torpe… y me hacía sonrojar. Nada de miedo, ni repulsión, ni asco, ni ganas de salir corriendo…

Y recordé lo que alguna vez había pensado y convencido: No toda la gente es mala.
¿Y si Emilie tenía razón?
¿Y si dejaba que mis sentimientos mandaran en mí?
¿Qué pasaría si comenzara a no pensar con la cabeza?
¿Me volvería una idiota?

Una idiota enamorada quizás…
Oh… no.
Corrijo.
Ya soy una idiota. Y a demás de idiota estoy enamorada.
¿De quién?
Simple: Bill Kaulitz.
Lo acepto.

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