16 febrero, 2014

Automatic /Capítulo 21


Me dí cuenta de que tenía algo en la nariz y unos tubos raros en los brazos. Eran como los de las películas. Era la primera vez que tenía esas cosas en mi cuerpo. Pero no las sentía. Me dio miedo mover el dedo para cambiarle el canal a la TV, pero acabé haciéndolo… y también le subí el volumen. Luego de un rato de estar mirando Disney Channel y aburriéndome como cuando había ido a la casa de la abuela durante una semana… me dí cuenta de que las luces estaban encendidas. Y es que soy estúpida, pero al darme cuenta de lo de la luces, me dí cuenta también, de que era de noche. Y que lo que hacia pensado anteriormente, no era cierto… pues no había forma de que entrara luz por la ventana. Por algo las cortinas estaban cerradas, ¿no?

Quise suspirar, pero lo dejé a la mitad porque me dolió todo el costado izquierdo… no fue un dolor fuerte, de muerte. Era soportable. Pero me asusté. A lo mejor me echaba a perder aún más las costillas. Y es que me había rotos huesos que ni yo sabía que existían.

Cuando me aburrí de ver Hannah Montana, cambié de canal, a los nacionales. Noticias alemanas, genial… No entendía nada. Pero me sirvió para darme cuenta de que habían pasado casi cinco días y que ya iban a ser las ocho de la noche. Papá aún no llegaba.

Luego, llegó una enfermera y un doctor. Me revisaron para ver como me encontraba, le metieron algunas cosas al suero y buah, me aburrí y no me dejaron ver la TV. Les pregunté por papá pero ellos no sabían nada y aproveché también para preguntarles si podía recibir visitas. Y dijeron que podría a partir de mañana… en el horario de visitas, claro está.

En cuanto ellos se fueron, entró papá con un café y el periódico en su mano. Vaya hora de leer las noticias. El día ya se iba a acabar. Se sentí en el sillón bajo la ventana… y no supe en que momento me dormí. Pero cada vez me daba más y más sueño.


Abrí los ojos, aún adormilada.
Tenía hambre. Quizás que hora sería, y quizás cuanto tiempo había estado sin comer.

Ya despertó… Carlos, la niña despertó. – Esa voz… ese idioma… abrí los ojos de golpe.
…mi niña ¡mis abuelos! Mis abuelos habían venido a visitarme ¡desde Noruega! Dios, por fin los veía. Cuando pude enfocar bien la vista, les sonreí.
¿Cómo estás, Karlie, linda? —me preguntó mi abuela, quitándome el mechón de cabello que tenía en la frente: el flequillo. A ella no le gustaba.
Bien —le respondí ronca. Estaba recién despertando…
¿Cómo vas a estar bien? Poco más y te arman como un puzzle… —se burló mi abuelo. Le sonreí más ampliamente.
¡Carlos, no seas así con la niña!, ¿no ves que está mal y no se puede reír? —si… mi nombre había sidoen honor a mi querido abuelo.
Tampoco estoy tan mal, abuela. Sólo fue un autobús —me encogí de hombros. Deseé no haber dicho eso… su hija había muerto en un accidente similar. No igual… pero… habían coches incluidos. Mi abuela no mostró señal de tristeza, nada. El abuelo tampoco.
Lo que faltaba… no le quites la exageración, hija. Que luego se te viene un tren encima, a ver como quedas —volvió a bromear el abuelo. Reí un poco. Debía estar horrible.
Karlie, te traje unos chocolates —mi abuela puso su bolso sobre la cama y comenzó a abrirlos —quiero que antes de que los comas, le preguntes al doctor si puedes hacerlo —asentí.
¿Cómo luzco? —le pregunté al abuelo. Este torció su arrugado rostro en una mueca extraña —sé sincero —le dije amenazante.
Tienes los ojos rojos alrededor… e hinchados. Parecen ojeras. Y estás morada —lo miré sin comprender.
¿Morada?
No bromees así con la niña, Carlos —volvió a quejarse mi abuela —ten —me dio los chocolates.
Gracias —le sonreí se medio lado ¿morada?
Por los golpes Carlos se encogió de hombros. Oh. Que linda debía de verme. El autobús me había hecho puré.
Carlos… —volvió a reclamar la abuela Karlie, traerán tu almuerzo en pocos minutos ¿almuerzo? Como que exageraba un poco al dormir…
Amm… vale ¿qué hora es? —mi abuela miró su reloj.
Tuve que cambiarle la hora —rió —casi la una. Cariño, hay unos niños allí afuera que quieren verte. Pero nosotros pasamos primero —se burló mi abuela ¿quieres que hagamos cambio? —entrecerré los ojos. No me apetecía ver a nadie más que no fuese de la familia.
¿No hay nadie más?
Tu tía Marie… y tu prima Seli. – Selena. En realidad se llamaba Selena. Ella era hija de tía Marie, hermana mayor de mamá. La chica era una peliroja alta, de ojos verdes… me sacaba tres años y su forma de ser no me agradaba. O a lo mejor, no me agradaba su forma de hablar, o de decir las cosas… o simplemente su tono de voz. Era mil veces peor que Sam… ella sí que reventaba los oídos. Pero lo que más odiaba, es que siempre me hablaba como si estuviera hablando con una retrasada. Seguro podría llevarse muy bien con Bill. Si había algo en lo que se parecían… era que a ambos les gustaba insultarme. Pero claro, a Selena yo nunca le había reclamado nada. Suspiré.
Ah… Seli —intenté sonreír.
Si quieres le digo que pase —dijo mi abuelo, muy animado. Me fui a negar, pero la abuela me cortó.
Vamos a ir a comer, hija. ¿quieres que te traigamos alguna cosita? tu padre se viene antes de que te duermas… fue a ducharse y a revisar que todo estuviera en orden allá en su casa. Por cierto, nos estamos quedando en tu casa. No te molesta, ¿no? —negué con la cabeza —y no te preocupes, que Seli está en tu habitación —abrí los ojos como platos ¡¿qué?!, ¡¿Seli?! ¡NO!, no, no, no. Dios, que no se metiera en nada… y me dijo tu padre también, que no te preocuparas, que ya te trae tu computadora y esas cosas —hizo un gesto con la mano. Asentí. Ok… tampoco era tan malo lo de Selena…
Nos vamos, hija ¿y qué es lo que quieres que traigamos para ti? —me preguntó mi abuelo. Le sonreí.
Un jugo de naranja.
Jamás te cansas de eso —me dijo cariñoso. Luego se acercó a mi, me besó la frente… y luego de que mi abuela se despidiera de mí, salieron de la habitación.

Dios, Seli.
Aún me quedaba la esperanza, de que con el tiempo se hubiese vuelto una chica más… normal. Si, esa era la palabra. No es que sea cruel, pero ella había comenzado todo. Cuando yo era pequeña y pillaba a Seli en la casa de la abuela, ella le cortaba el cabello a mis muñecas. O les hacía dibujos con lápices que no se podían borrar. Jamás la perdoné por eso… además, luego papá me retaba y no me compraba muñecas por un buen tiempo. Así que tenía que jugar con las muñecas zombies. Es que se notaba que esa chica quería ser peluquera. Cuando yo tenía nueve años, y ella once, nos encontramos en la casa de la abuela, como siempre, para las navidades. Y como ya no me quedaban muñecas vivas… ella había experimentado con mi cabello. El corte había sido tan terrible, que tía Marie tuvo que llevarme a la peluquería con un gorro. Esa vez si regañaron a Seli…

¡Hola! —esa voz hizo que regresara al planeta tierra, sacándome de mis pensamientos. Miré hacia la puerta.Era tía Marie, con esa sonrisa que la caracterizaba tanto. Una mujer muy simpática. Aunque no se parecía a su hija en nada.
Tía Marie —la saludé con una sonrisa. Entonces ella pasó dentro de la habitación.
¿Cómo está mi sobrina favorita? —se acercó a mí, para luego plantarme un sonoro beso en la mejilla. Le sonreí, como toda respuesta… ella tenía una sola sobrina. Mmm… En realidad no sabía como estaba, no tenía muy claro mi estado aún… así que no dije nada.
…Mamá —se quejó alguien detrás de tía Marie. Y ese alguien tenía nombre y apellido: Seli Insoportable. Tía Marie se movió hacia un lado, dejando a su hija a la vista. Desde la navidad anterior que no veía a Seli, en realidad a las dos, pero es que Seli estaba muy cambiada. Tenía el cabello más corto, a la altura de los hombros… y lo traía liso. Yo la recordaba con cabello se payaso: Rojo y muy, muy rizado. Pero vamos, la gente cambia —uy, que horrible estás —se llevó una mano a la boca, exagerándolo todo. O a lo mejor no exageraba. Yo ni siquiera me había visto… le pediría un espejo a la abuela o a quien fuera. Pero no a tía Marie… Seli se burlaría de mí.
Gracias —fue mi única respuesta.
No es nada. Te traíamos dulces, pero me aburría y me los comí ¡te demoraste demasiado en despertar, prima! —hizo un gesto con la mano. Que desagradable, ella me desagradaba. Tía Marie acomodó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
Qué pálida estás…
Está morada —se entrometió Seli. Tía Marie le dedicó una mirada suplicante.
¿Te duele algo? —me preguntó, volviéndose hacia mí. Negué con la cabeza —debes estar cansada —suspiró —dios, ya creía yo que me iba a quedar sin sobrinas —sonrió de medio lado. Podía ver alivio en sus ojos —no te imaginas todo lo que pensé cuando tu abuelo me lo dijo… enseguida compramos los boletos para el primer vuelo —se mordió los labios. No supe que decir, donde mirar, o qué hacer.
Mamá, no vengas a ponerte discursiva y aburrida. Si ya está bien. Sólo tienen que mejorarse sus huesillos debiluchos y ya —se sentó Seli en la cama, al lado de mi pierna inmovilizada —y por lo que veo, también te tiene que fluir la sangre… para que se vaya lo morado, digo. Pareces mapache —fruncí el ceño. Estaba segura de que Seli no sabía qué era un mapache —ya sabes, los de agua, esos —hizo un gesto con la mano, algo extraño. A lo mejor estaba de moda en Noruega hacer ese gesto… pues ya lo había repetido tantas veces. Cada tres palabras.
Seli… —la regañó su madre —los mapaches no son de agua.
Pero toman agua —puse los ojos en blanco ¡qué desesperante!, ¡qué idiota! ¿puedo salir ya? es que… ¡mamá!, ¿te fijaste el chico de allí afuera? ¡hermoso!, ¡hermoso! quiero verlo ¿puedo ir? ¿mamá?, ¿mami? ¿Siii? —quería cubrirme los oídos. No se imaginan lo desesperante que es tener a una persona como Seli en frente y no poder mover los brazos.
Seli, estamos viendo a tu prima, luego ves al chico —la chica puso los ojos en blanco.
Es tu culpa —murmuró, dirigiéndome una mirada asesina. Tenía la impresión de que había empeorado con los años…
No es su culpa, Seli, linda. ¿y tu novio? Seli bufó.
Mamá, ¡estoy en Alemania! tengo que divertirme.
¿Puedes hablar un poco más bajo? —le pedí, ya cansada.
¿Y esta niña que se cre…?
Baja la voz —le ordenó su madre.
Pe…
Cierra la boca, Seli.
¡Ma…!
Sal de la habitación y ve al chico, ese, anda —apuntó hacia la puerta. Selena dio unos brinquitos, dirigiéndose a la puerta. Una vez estuvo allí se desabrochó un poco el abrigo, se pasó la mano por el cabello… y salió, cerrando la puerta tras ella. Tía Marie suspiró aliviada.
Ya estamos solas —me dijo con una sonrisa. Se sentó en la misma silla donde papá había estado antes. Me pasé la lengua por los labios… humedeciéndolos Karlie, ahora que sé que estás bien… —suspiró —qué alivio, querida —nos quedamos en silencio. No sabía que decir. Un “gracias por estar aquí” no bastaba. —tendré que marcharme mañana… mis días libres se acaban y tengo que volver al trabajo —suspiró ….a lo que iba. Creo que no nos podremos ver en navidad. Así que traje tu regalo.
No es necesario, tía Marie, de verdad. Que estés aquí ya es bueno —le sonreí.
Aún no puedo comprender como es que no te poner a pedir que te entreguen tus regalos más rápidos… —comenzó a abrir su bolso. Es que los regalos, por lo general, no me interesaban demasiado. Me encogí de hombros.
A lo mejor es porque prefiero otras cosas como…
Lo sé, lo sé. No lo repitas… a ver, mira, ten —repositó algo pequeño sobre mi mano buena.
Gracias —comencé a tocarla… era una caja. Bastante pequeñita y aplanada. Miré a tía Marie, sin poder decirle nada más. No podía abrirla con una mano…
Ok, lo entiendo, la abriré —me quitó la cajita con suavidad. Luego se la acercó y con ambas manos, la abrió. Dejó la tapa sobre mi vientre y luego me mostró el contenido de esa cajita. Era una cadena… de esas pequeñitas que se ponen en el cuello, era de plata. Tenía un pequeño dije en forma de corazón. Y una cosa pequeñita brillante en la parte superior del dije.
Era de tu madre —me dijo con cariño.

Abrí los ojos como platos. De… mamá.


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