Y no pude reaccionar. Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante. Y sentí que algo me oprimía el pecho…
—Mira… —dijo tía Marie con una sonrisa, levantando la pequeña cadenita. Cogió el dije y me lo acercó al rostro. Un poco aturdida, enfoqué la vista en él… y pude leer mentalmente:
Nuestro ángel.
—Se la regalamos a tu madre cuando se casó. Todos juntos… la familia. Es oro blanco —sonrió de medio lado. Vale, no era plata. Yo aún impactada, con los ojos muy abiertos, asentí. Creo que iba a llorar —hey, hey, no te emociones. Debes estar sensible… —pasó sus dedos suaves bajo mis ojos —cuando te mejores, podrás asarla… por mientras te quedas con sólo verla. Intenté sonreír yo también. Ella depositó la joya mi mano buena y luego dejó la cajita en la mesita que había a un lado de la cama.
—Permiso… —escuchamos al momento en que la puerta se abrió. Miré enseguida a quien estaba allí. Era una enfermera y traía mi comida. Era una especie de bandeja extraña que… tenía patas. Vale, no lo sé, nunca había estado internada. La cosa es que acomodó la comida de tal manera que me quedó como una mesa. Luego le dijo algo a tía Marie en alemán, que no entendí… y a juzgar por el rostro que puso tía Marie, ella tampoco. Luego la enfermera salió de la habitación, cerrando la puerta. Tía Marie acomodó la comida, cogiendo también los chocolates que la abuela me había dado y dejándolos sobre la mesita. Abrió la bolsita de los cubiertos y luego tomó un poco de arroz del plato y me acercó el tenedor a la boca. No tuve más remedio que abrir la boda y tragar. No estaba nada mal… para ser comida de hospital.
—Gracias, tía Marie —le dije sonriendo, por lo del regalo.
—No te preocupes, cariño… como cuando eras pequeñita —sonrió cariñosa. Ella se refería a lo de la comida.. tendría que haber especificado. No importa.
Iba a terminar acostumbrándome de tantos mimos.
Y así fue como ella me dio la comida hasta que ya no quise más… también me abrió uno de los chocolates. Yo le dí el resto de la comida, me daba cuenta de que ella también tenía hambre. Comió todo el resto de mi comida, mientras yo miraba la TV y jugueteaba con la joya de mamá en mi mano. Incluso encontró que la comida estaba rica.
Cuando terminó, corrió la gran bandeja hacia el otro extremo de la habitación, al lado de la puerta.
Hablamos un rato, sobre estupideces… estupideces divertidas, como siempre que nos veíamos. Y luego llegó Seli. La pobre estaba cansada, por lo que tía Marie decidió irse… a MI casa. Seguramente para que su hijita durmiera en MI habitación.
—Adiós, Karlie… mañana vendré a despedirme de ti, antes de irme. Me besó la frente cariñosamente.
—Adiós… y gracias —le sonreí.
—No es nada.
—Adiós, Kaaaaarlie, querida —y hablaba nuevamente, como si yo fuese retrasada —mañana vendremos, ¿ok? te portas bien, primi —le sonreí un poco a la fuerza, mientras ella agitaba su mano, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Vámonos, Seli —tía Marie la cogió del brazo. Me sonrió por última vez… y luego salió por la puerta.
No pasaron ni cinco segundos después de que ella hubiese cerrado la puerta, cuando volvió a abrirse.
—¡Karla! —exclamó Emilie, volviendo a cerrar la puerta tras ella. La pobre tenía el rostro cansado, se notaba muy cansada... Y traía un oso gigante de peluche —no te imaginas lo preocupada que me tenías, Dios —se acercó a mí rápidamente, sentándose en la silla que estaba al lado de la cama, en el mismo sitio de tía Marie minutos antes.
—Ya estoy bien…
—¿Bien? ¡te rompiste los huesos con nombres mas raros! —arrugó la nariz —eres diota, me preocupaste —me mordí el labio inferior.
—No sabía que pasaría —quise encogerme de hombros… pero no pude moverlos. ¿cómo in inmovilizan los hombros? vale, esto es raro.
—Claro que no sabías, nadie se tira a un autobús así como así. Encima me dejas con pesadillas —se quejó. Puso los ojos en blanco y luego suspiró —te traje esto —levantó el oso de peluche gigante, color blanco y lo dejó sobre mí.
—Oh… gracias— lo observé. Pero ella soltó el osito y se calló sobre mi rostro de golpe.
—Uy, lo siento, lo siento —lo levantó —lo pondré aquí —esta vez ella se levantó del asiento y acomodó al osito a mi lado…—no le he puesto nombre, supuse que tu querrías llamarlo de alguna manera especial, no sé —se encogió de hombros.
—No debiste molestarte, gracias…
—Es de Sam y mío. Las dos lo elegimos esta mañana para ti, cuando supimos que ya estabas despierta —sonrió, cogiendo uno de los mechones de cabello —¿te duele algo?
—No… ¿qué tan horrible estoy? —Emilie hizo una extraña mueca con la boca. Le había hecho la misma pregunta a todos, pero es que aún no me había visto al espejo… —sé sincera —repetí.
—Pues… te ves como cualquier persona que acaba de salir de un accidente —hizo un gesto con la mano, restándole importancia —¿sabes?, me dí cuenta de que Andreas es un idiota.
—Ya no me cae bien…
—El pobre intentó hablar conmigo, se siente culpable… pero no quise escucharlo. Es decir, me habló, pero yo no le hablé —me explicó rápidamente.
—Así se hace —sonreí.
—¡Aw!, ¡te pusieron de esas cosas que se pueden rayar! —saltó de repente —mañana traeré un lápiz… tendrás marcas mías por todo tu cuerpo… —alzó las cejas.
—¿Qué?
—Te rompiste todo, Karla —resopló —pero me alegra verte viva.
—Si, a mí también… —Emilie se echó a reír —¿qué día es hoy?
—Domingo —¡me perdí casi la mitad de mi vida! pero antes de que pudiese quejarme… alguien picó a la puerta.
—¿Quién es? —le pregunté a Emilie… mi amiga se encogió de hombros.
—¡Entra! —chilló.
Entonces la puerta se abrió de a poco…
—… Al menos intenta comportarte —se oyó del otro lado ¿es idea mía o entendí ese alemán?
Tragué saliva… y luego vi a Tom entrando por la puerta. Estaba sonriendo ampliamente…
—¡Karlie! —¿es que todos tenían que decir mi nombre al entrar por la puerta? le devolví la sonrisa.
—Hola —lo saludé.
—¿Cómo estás? —preguntó avanzando hacia un costado, dejando un espacio libre en la puerta.
—Bien… supongo.
—Dentro de poco vas a estar sana, ya verás. Te trajimos regalos… —se acercó a la cama. Emilie aún no había dicho nada —Bill, entra —dijo volviendo la cabeza hacia la puerta nuevamente. Desvié la vista en la dirección en que Tom estaba mirando, Emilie me imitó… y Bill entró en la habitación.
… Si la puerta no hubiese sido enorme, no habría podido entrar. Los ojos se me abrieron automáticamente, estaba impresionada. Más que impresionada. El chico traía unas lentes negras… por lo que no podía ver sus ojos fríos, pero lo que sí podía ver, era el leve color rosa de sus mejillas, sus labios fruncidos y la innumerable cantidad de globos de helio que sostenía con sus dos manos. Se me revolvió el estómago, y solté todo el aire de sopetón, por la boca… de pronto me sentí aliviada… pero a la vez estaba desesperada. ¿Pero por qué…?. El corazón me saltaba en el pecho, queriendo salir de mi cuerpo.
—Que… exagerados —murmuró Emilie a mi lado. Cerré la boca y tragué saliva. Sentí mas calor en el rostro… ojala fuese fiebre.
—Hola —murmuró Bill, entreabriendo los labios.
—H-hola —contesté, sin poder sacar la voz. Y es que nunca me había imaginado que… y encima con globos y… Dios.
—Fue su idea comprar los globos —dijo Tom —quería traerte… en realidad, no sabía que traerte —se encogió de hombros, poniéndose a mi lado, en la cama. Yo aún no podía apartar la vista del chico que acababa de entrar por la puerta cargado de globos flotantes —tuve que obligar a Bill para que viniera… —suspiró —no tiene remedio, pero está aquí —y yo seguía mirando a Bill. El traía los lentes, no sabía si me miraba… a lo mejor sí, por lo horrible que estaba… ¡si parecía mapache de agua! me entró vergüenza y aparté la vista rápidamente, hacia Tom.
—No debieron molestarse, enserio…
—¿Impresionada? —se burló. Yo asentí sólo una vez, con la cabeza —¡sorpresa, sorpresa! —exclamó alzando los brazos —es que mis regalos siempre son los mejores.
—…Nuestros —lo corrigió Bill, lo miré. No estaba sonriendo, no había cambiado de expresión… nada.
—Jo… y yo que creía que mi regalo era el mejor —se quejó Emilie.
—Para que veas el novio encantador que tiene tu hermana —comenzó Tom…
—Puaf, si la idea fue de tu hermano, no vengas con estupideces. Lo del oso de peluche se me ocurrió a mí solita —se defendió Emilie, inflando el pecho, orgullosa. La miré, estaba le enseñaba la lengua a Tom.
—Ah… no peleen —corté a Tom, antes de que pudiera decir algo.
—Sólo lo hago por ti —habló Tom —y dime… ¿qué te rompiste?
—¡Todo! —exclamó Emi, sin dejarme contestar. Fruncí el ceño, vale sí. Habían huesos que me había roto… de los cuales ni siquiera recordaba el nombre.
—Eh... costillas. Y una pierna… y un hueso de aquí, que no recuerdo como se llama —señalé.
—Humm… pero ya te mejorarás ¡Qué bien!, tienes TV —cogió el control y se lanzó sobre el sillón de la habitación. Yo lo miré sonriendo.
—Que desubicado… —se quejó Emilie, para picarlo. Pero Tom no la escuchó.
No supe que más hacer. Bill estaba allí y me sentía incómoda. Lo miré. Él estaba atando los globos en la cama… digo, a los pies de la cama. Supuse que habría algo allí que yo no veía. La cosa, es que los globos flotaban juntos en un extremo. Y ya estaba amarrando los otros del otro lado… Genial… a lo mejor ahora me iba flotando con cama y todo.
Me agradaba tenerlos aquí. Me había llevado una gran sorpresa. Aunque ya estaba cansada… y no sabía por qué. Sólo quería estar despierta porque cierta persona estaba en la habitación, aunque ya no me hablaba.
—¿Qué es eso? —me preguntó Emilie, señalando el colgante que tenía enredado en los dedos de mi mano buena. Levanté la mano y se lo mostré.
—Era de mi madre —le expliqué, mirando el pequeño corazón, con cariño, como si se tratara de mi propia madre —me la dio… una tía que vino a visitarme —sonreí de medio lado, aún mirando el pequeño dije, que colgaba de mi mano, frente a mis ojos.
—¿Qué dice? —me preguntó.
—Nuestro ángel —traduje —querían mucho a mamá —el dije volteó, entonces pude ver el frente de este… tenía un poco más de relieve en ese lado.
—Aw, que hermoso… seguro tu madre era hermosa.
—Si —asentí, sonriendo más ampliamente. Luego suspiré. Entonces me fijé en algo más… detrás del pequeño corazón, hacia la derecha, bajo mi brazo… podía ver a Bill. Estaba atando algunos globos aún… quizás con mucha concentración, pues no alzaba la cabeza.
—Se me hace tarde —miré a Tom, quien se levantaba del sillón… —tengo que ir a buscar a Sam al psicólogo —¿psicólogo?.
—¿Sam van al psicólogo? —pregunté sin querer… se me había salido. Tom se encogió de hombros, suspirando.
—Es lo que pasa cuando ves a una chica chocar contra un autobús y volar por los aires llena de sa… es sensible —se cortó a si mismo —vale, la broma no salió… —resopló.
—¿Qué chi…? oh —era yo. Me sentí mal, muy mal… Tom no tendría que haber mencionado eso. Aunque… tampoco era para tanto ¿o sí?. ¡Claro que es para tanto!. Sam fue al psicólogo por mi culpa —¿cómo es eso?, ¿está bien? —le pregunté alarmada.
—Tú eres la que tiene que estar bien —contestó Emilie, en vez de Tom —a sam ya se le quitará —hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.
—Luego la traeré para que te vea… así se convence de una vez que estás viva —puso los ojos en blanco.
—Tom, ten más cuidado con lo que dices —lo regañó Emilie.
—Lo sé, lo sé. Me voy —comenzó a caminar hacia la puerta —vuelvo en un rato… a ver que te habrá comprado Sam ¡¿más regalos?! iba a acabar sintiéndome mal… —Bill, cuida a estas dos niñas y no dejes que nadie más entre en la habitación. Es nuestro turno —dijo a su hermano, antes de cerrar la puerta.
Y la habitación habría quedado en completo silencio, de no ser porque la TV estaba encendida. Bill avanzó hasta el sillón, y se dejó caer resoplando. No quise mirarlo… pero es que aún me sentía extraña. Con sólo tenerlo ahí, y luego… nada. Todos estábamos en silencio. Lo más extraño era que Emilie tampoco abría la boca. Yo estaba con la vista clavada en los globos, examinándolos. Eran de diferentes tamaños, formas y colores. Incluso había uno de Hello Kitty y otro de Bob esponja. Tampoco faltaba el típico globo que decía algo para que me recuperara pronto y esas cosas ¿dónde habrían conseguido tantos globos?
Luego de unos minutos, los ojos se me comenzaron a cerrar automáticamente. Me sentía agotada, ya me había cansado de tantas visitas y sólo quería dormir. Y lo habría hecho de no ser porque ese chico estaba en mi habitación de hospital.
—Tienes chocolates —exclamó Emilie. La miré… ella ya había cogido uno de los chocolates que me había traído la abuela y comenzaba a abrirlo.
—Vale, come si quieres, ¿eh? —le dije mientras ella le daba un mordisco. Mi amiga se encogió de hombros y dejó el papel sobre la mesita que había a un lado de la cama.
—¿Te abro uno? —negué con la cabeza. La verdad es que me moría por un jugo de naranja… —humm… ¿o quieres comer?
—Quiero naranjas —Emilie suspiro, con la boca llena de chocolate.
—¿Sabes? —dijo mientras se levantaba de la silla, aún sin haber tragado —pensaba traer mi guitarra para que nos divirtiéramos un rato… pero no la traje porque no sabía como ibas a estar. Mañana, después de la escuela, voy a pasar a mi casa y buscaré la guitarra, luego voy a venir a visitarte —actuaba como si estuviese diciendo la mejor idea que se le había ocurrido en años —ahora voy a ir a buscarte naranjas ¿se puede conseguir naranjas en el hospital?
—No lo sé.
—Pues veré si hay ¿Te gusta si te traigo la naranja hecha jugo? —jgo de naranja, eso era lo que quería.
—Mejor jugo.
—Vaaaale —caminó de espaldas hacia la puerta —sé que no estás en condiciones para que te moleste. Pero es que no me aguanto ¡Se quedarán solos! —soltó antes de abrir la puerta y salir de la habitación —¡A disfrutar! —exclamó antes de cerrar ¿Y a esta chica que le pasaba? Dios, es que yo estaba muriendo en el hospital, saliendo de un accidente que pudo haber sido mortal… y ella venía con esas cosas. Sentí como el calor se acumulaba en mis mejillas. No me agradaba sentirme así. Y lo peor, es que ahora estaba sola con Bill. No lo había pensado cuando le dije que me buscara un jugo de naranja ¡Es que lo que me gusta me pone idiota!, hablo del jugo de naranja, claro.
Me dí cuenta de que me había quedado como una boba con la vista clavada en la puerta. Era mejor mirar la TV, aunque no entendiera nada de alemán… tampoco sabía que era lo que estaban dando, pues no le había prestado atención antes.
—¿Quieres ver eso? —me sorprendí un poco, ¡me dirigió la palabra! Y es que no me había hablado desde que entró por la puerta con todos esos globos y me había dicho: Hola. Aparté la vista de la TV y lo miré… estaba señalando la TV con el control de ésta… y me miraba a través de esas lentes negras que le cubrían los ojos. ¡pero si ya estábamos en diciembre! digo, frío, lluvia, nublado, nieve ¿en alguna parte mencioné el sol? No.
—¿Qué es? —le pregunté, frunciendo el ceño.
—Una serie.
—No entiendo nada de lo que dicen —volví a mirar la TV.
—Humm… estás mal con el alemán, ¿no? —asentí, nerviosa. Sentía su mirada clavada en mí —¿qué otros idiomas hablas?
—Inglés —vale, eso ya lo sabía, pues siempre le había hablado en inglés —español, francés, noruego, holandés, un poco de ruso y chino… y también un poco de italiano. Aunque a veces los idiomas se me confunden un poco —si… podía meter palabras de diferentes idiomas en una misma oración. A veces era un caos. Lo miré… tenía la boca entreabierta.
—¿En cuantos lugares has vivido? ¿cómo…?
—Es fácil aprender idiomas cuando la única forma de comunicarte es hablar igual al resto. Sabría más alemán si no me hubiese pillado con gente que hablara un inglés fluido… —y era la verdad. Se me daba muy bien aprender los idiomas.
—Oh. ¿Quieres que te hable en alemán? —me preguntó. Y yo casi me derrito… estaba sonriendo ¡me sonreía!
—N-no… es que, no entenderé nada. No —soltó una risita. Y que risita…
—Para que aprendas más rápido, te estaría ayudando.
—No… es que, ya me acostumbré. Prefiero aprender más lento, no importa —solté el aire de sopetón.
—Bieeeen. ¿y qué quieres ver? —preguntó refiriendo se nuevamente a la TV.
—¿Qué hay de bueno a esta hora?
—Nada —reí un poco. Y él hizo lo mismo. Es que era una cosa impresionante… ¡no habíamos peleado! No me lo esperaba. Él se podría haber aprovechado de mí y mi estado para burlarse… pero no lo había hecho. Y eso me sorprendió bastante.
—Humm… entonces no importa ¿quieres chocolates? —le pregunté.
—No, gracias.
—¿Me abres un chocolate? —temí que me respondiera mal o algo así. Bill sacaba los malos comentarios de la nada…
—Ok —se levantó del sillón, y rodeó la cama, pasando detrás de todos los globos… se acercó a la mesita de noche y cogió un chocolate. Seguidamente se sentó en la misma silla donde minutos antes había estado Emilie. Que por cierto, no volvía aún… y esto me estaba pareciendo extraño… esta chica se traía algo entre manos ¿es que quería seguir intentando emparejarnos a Bill y a mí?. ¡Eso era tan imposible como que Bill me diera el chocolate en la boca! Emilie iba a acabar muy desilusionada. Miré las manos de Bill mientras abrían el pequeño chocolate. Murmuró algo en alemán, que por más que quise entender, no pude.
—abre —me dijo. Lo miré sin comprender… —…¿la boca? —casi pude verlo alzando las cejas. La boca, ok. Porque un brazo no lo podía mover y el otro...
Abre la boca, tonta. Me obligué.
¡Pero que vergüenza!
Abrí la boca, aunque no quisiera hacerlo y Bill me dio el chocolate. Cerré la boca al instante, sintiéndome la persona más estúpida del mundo.
Esperen… esperen... {el me, me dio el..
¡No!
Ohhh volviste!! �������� gracias gracias! Por favor síguela! Ya necesito leer más! XP hahaa y de paso you :333 que me encanta !
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