CAPITULO 38
Entramos en el salón de clases y nos dirigimos hacia nuestros asientos, los que ocupábamos a principios de año, cuando éramos sólo mejores amigos y no había problemas entre nosotros. Me pregunté donde habría quedado el cartel enorme que había estado colgado en la pared la mañana anterior. Dios, seguro hoy todos se burlaban de nosotros. Aún así sería genial.
Intenté quitarme esos pensamientos de la cabeza, mientras corría
un poco la silla y ponía la mochila sobre esta. Bill hacía lo mismo.
Ya se acercaba el verano, las vacaciones y todo eso. Mi madre
había hablado aquí y todo eso, por lo que todas las evaluaciones que tenía
pendientes y todos esos exámenes, pero no había mucho problema respecto a eso.
Me senté sobre la mesa y le eché un vistazo general a toda la sala
de clases, hacía mucho tiempo que no la veía, me habían parecido años encerrada
en esa habitación. Y de cierto modo, estaba feliz de estar de regreso en el
mundo real.
Bill me cogió la mano, sacándome de mis pensamientos y movió la
silla hacia un lado, con la otra, para seguidamente quedar de pie frene a mi.
Así estábamos casi del mismo tamaño, por lo que su rostro quedó bastante cerca
del mío. Alcé la mirada y la clavé en sus ojos. Que persona más perfecta, que
chico más perfecto... qué mirada, que amor que sentía por él. No pude
aguantarlo más y me lancé a sus labios mientras sentía cosquillas en el
estómago. Me gustaba, realmente me gustaba y mucho.
Me separé de él despacio, mientras le sonreía, lo abracé por el
cuello, aún con nuestros labios a pocos centímetros de distancia, y él rodeó mi
cintura con sus brazos.
Me gustaba tenerlo así, cerca de mí incluso me daban cosas en el
estómago y todo.
Solté una risita y comencé a enredar mis dedos entre su cabello.
Bajé un poco más hacia el cuello, toqué su suave piel pero había algo...
extraño ¿su cuello...? me asusté, y no pude evitar dar un pequeño saltito sobre
la mesa y echarme un poco hacia atrás, separándome de él.
Me miró interrogante, pero mi cara tenía una expresión mucho
mayor. Alzó una ceja... qué sexy era.
—¿Qué pasa? —me
preguntó, volviendo a juntar mi cuerpo al suyo.
—¿Qué tienes en el cuello? —le
pregunté, moviéndome hacia un lado, para intentar mirar. Entrecerré un poco los
ojos y me soltó con cuidado.
—Ah ¿no te lo dije? —negué
con la cabeza ¿Decir qué? —me hice un tatuaje —sonrió
ampliamente. Yo abrí los ojos como platos ¡¿Qué se había hecho qué?!
—¡¿Qué?! —pregunté alarmada.
—¿Quieres ver?
—Si —dije aún impresionada. Entonces Bill se
dio la vuelta. Era enorme y estaba en su cuello ¿cómo no me había dado cuenta
antes? Definitivamente era una ciega, y no solo en las cosas del amor…
Resoplé. Era el símbolo de la banda. Tokio Hotel. Vale, había que
aceptarlo, estaba genial…
Pero también estaba en su piel, y si estaba en su piel, ya no era
tan bueno.
—Wow ¿tu madre te dejó hacerte eso? —le
pregunté al instante.
—No —se encogió de hombros —y aún
no se da cuenta, fue hace un tiempo.
—¿Y por qué yo no lo sabía? —fruncí
el ceño.
—Estabas enojada conmi…
—Y lo estoy —lo
corté. Seguidamente me bajé de la mesa y lo empujé hacia el pequeño pasillo que
había entre las mesas —¿Por qué te hiciste eso, Bill Kaulitz? —se
encogió de hombros, mientras retrocedía un paso —¿cómo
se te ocurre cometer semejante estupidez? ¡te marcaste de por vida!
—Tokio Hotel es de por vida.
—¡Pero no para traerlo pegado a la piel!
¡eso te daña, Bill!
—Annie, no te pongas así, es solo un
tatuaje —bufé —además, ya está hecho, te comportas como mi madre —se
quejó.
—¿Y qué quieres que te diga, Bill?
—No lo sé. Un está genial, ¿o algo así? —resoplé
enojada.
—Eres tonto.
—Annie, no te enojes —se
lanzó a abrazarme, con un puchero.
¿Cómo resistirme a eso?
Le correspondí el abrazo enseguida.
—Está genial —le
susurré en el oído
Bill se separó de mí, con una sonrisa en el rostro. Observé sus
facciones ¿Cómo podía ser tan perfecto? Qué suerte que tuve al haberlo
conocido… Es más, qué suerte que había tenido al él enamorarse de mí. A lo
mejor, todo lo malo que me pasaba, eran cosas a cambio de algo… Y ese algo, a
lo mejor, quizás, era Bill. Con él lo malo no existían, con él no existía nada.
Pues sólo era él, él y él. Las tres primeras cosas más importante de mi vida.
Sonreí de medio lado y moví mis manos desde su pecho hasta su
cuello. Toqué suavemente ese tatuaje ¿Para qué negarlo? el tatuaje estaba
genial, perfecto. Y no le había pasado nada. Era sólo un tatuaje, como el de
cualquier persona. La preocupación se fue en ese momento. Tampoco era su madre,
ni nada de eso. Aunque claro, iba a tratar de convencerlo para que se lo
mostrara a Simone, seguro a ella también le gustaba, si es que Bill la
convencía como lo había hecho conmigo.
—Gracias —me contestó.
—De verdad… a ver si un día de estos me
tatúo ese en la cadera —sonreí. La sonrisa de Bill se borró por
completo, pero yo decidí seguir bromeando. La fan número uno también debe
tenerlo ¿o no?
—No —contestó tajante —no te
harás nada en la piel.
—No seas exager…
—Ni siquiera te gustan los tatuajes.
—¿Tienes algo en contra mío o que es lo que
pasa? ¿por qué no quieres que yo también tenga uno? egoísta —lo
insulté, siguiendo la broma. Solté su cuello y me crucé de brazos, alejándome
un paso de él.
—Que ni se te ocurra —cerró
la boca y puso una mueca de desconcierto al yo comenzar a reír —¿qué?
¿de qué te ríes?
—De ti reí con ganas.
—¡Oye!
—No me tatuaré, si es lo que te preocupa —me
mordí el labio inferior —¿ves lo que pasa cuando una persona que
quieres hace algo como un tatuaje? me acerqué a él.
—Me preocupaste.
—Lo sé. Pero el tuyo ya está hecho. No
puedo amenazarte diciéndote que si te haces uno, te dejaré —abrió
los ojos como platos. Es sólo un ejemplo, tonto —entrecerró
los ojos y me examinó con la mirada —nunca te dejaría por algo así. Me
lancé a sus brazos, él se echo a reír.
—¿Recuerdas cuando me perforé la ceja? —asentí,
aún pegada a su cuerpo. Me encantaba esa sensación de tenerlo tan cerca de mi —casi
me matas a golpes. Solté una risita.
—Lo siento.
—Y con el de la lengua…
—Me pediste permiso antes de hacerlo —reí
otra vez. Me separé un poco de él, aún abrazados y alcé la cabeza para mirarlo
a la cara. Nuestros ojos se encontraron y no pude apartar la mirada. Se acercó
un poco a mí, cerré los ojos como un acto reflejo. Entonces sus labios rozaron
los míos con suavidad. Sonreí, aún sintiendo sus labios levemente posados sobre
los míos, casi en el aire.
—¡Eh, parejita! —ese
grito nos hizo separarnos de un salto y mirar hacia la puerta. Un chico de
nuestra clase venía entrando, con la mochila colgada en el hombro y una sonrisa
burlona en el rostro. Bill se echó a reír y yo le hice una seña con la mano, en
modo de saludo. Claro, alguien más tenía que llegar, tampoco podíamos ser solo
dos en toda la clase…
Bill me cogió la mano y entrelazó nuestros dedos.
—¿Ya son novios? —nos
preguntó él.
—Sí —contestó Bill. Él chico nos miró y se nos
comenzó a acercar… Bill tiró de mi mano y juntó nuestros cuerpos para
seguidamente abrazarme.
—Hola, Anne… hace tiempo que no te veía —me
sonrió amable, mientras se acercaba para besarme en mi mejilla —te
ves… —no alcanzó a terminar la frase…
—No la mires mucho, que es mía —lo
cortó Bill, echándome un poco hacia atrás, para que no lo saludara. Reí. Era
tan lindo cuando se las daba de celoso…
—¡Bill! —me quejé.
—Sólo quería ser amable, nada más —dijo
el chico moviendo un poco las manos mientras reía.
—Hola —lo saludé. Me solté un poco de Bill y le
di un rápido beso en la mejilla, para luego volver al mismo sitio, junto a
Bill. Le cogí la mano que tenía sobre mi hombro y entrelacé nuestros dedos.
—Se ven bien juntos —nos
comentó sonriendo.
—Hola, hola —el saludo
nos hizo voltear a los tres hacia la puerta. Era una chica. Vamos, que a esta
hora comenzaban a llegar todos —¡Anne! —dijo con una sonrisa, aún cerca de la
puerta —¡ya llegaste!, ¿cómo estás? —comenzó a caminar hacia mí. Los chicos
rieron y ella dejó su mochila sobre la mesa, para luego prácticamente lanzarse
sobre mí y darme un beso en la mejilla, como saludo.
—Hola… —la saludé.
—¿Cómo estás? —me
preguntó aún con una sonrisa.
—Bien —contesté algo cortada. Vale, que yo
siempre había sido amiga de todos… pero… no lo sé, me sorprendía que ellos se
comportaran así conmigo después de no haberme visto por un buen tiempo.
—¿Ya son novios? —Bill
asintió… yo imité su gesto —¡wow! ya lo sabía —rió —sabía
que ustedes dos iban a acabar juntos.
Bill y yo reímos.
Así fue como llegaron todos los chicos, y como toda la clase acabó
rodeándonos. Conversábamos, nos reíamos y ellos me contaban cosas sobre Bill y
otras personas… Cosas que habían pasado mientras no estaba aquí. Me había
perdido muchos episodios graciosos o algunas peleas con los profesores.
Me di cuenta en ese momento, que había extrañado mucho a todos en
la escuela… Era mejor volver, definitivamente. Así también me quedaría menos
tiempo para pensar en cosas malas, y me concentraría en todo lo bueno que esta
gente me podía entregar, vamos que se lo pasaban riendo todo el día.
Los profesores se sorprendieron al verme y conversaron conmigo la
mayoría de la clase, preguntándome como me encontraba y ese tipo de cosas.
Tampoco me dijeron nada por estar en todo momento abrazada a Bill, sobre las
sillas, apoyados en la pared. Al parecer sentían pena por mí. Odiaba eso, pero
también podía tener mis ventajas.
En todo el tiempo libre que tuvimos, Bill y yo no salimos de la
sala de clases. Mi novio le dijo varias veces a otras chicas que nos compraran
comida y esas cosas. Al parecer él no quería salir… o no quería sacarme de
allí.
A la hora de irnos, me sacó rápidamente de toda esa gente que se
acumulaba en la entrada y una vez estuvimos en la otra calle, ambos cogidos de
la mano, como los novios que éramos, hizo parar al primer autobús que pasó y
prácticamente me obligó a subir.
No íbamos a casa, pues habíamos cogido un autobús que no iba hacia
ese lado de la ciudad. Más bien, habíamos cogido uno para ir a las afueras.
Bill, siempre con esas ideas locas que se le ocurrían de un
momento a otro. Nos íbamos a la caseta. Si, nuestro lugar secreto
—¿No crees que debí haberme pasado por
casa? —le pregunté.
—No —se encogió de hombros —estás
conmigo, tu madre no dirá nada. Además, debe estar trabajando.
—Creí que tú eras el que quería hacer las
cosas bien —dije, picándolo. Sabía que la cosa no venía a cuento, también
sabía que mi madre no se enojaría.
—Lo hacemos bien —sonrió
con aires de niño creído. Yo bufé y le di con la mano en la mejilla. Había sido
un pequeño golpe, bastante despacio —hey, no me golpees —se
quejó.
—Lo siento —reí
con aires maliciosos.
—Me encanta cuando te pones así —no
pude seguir con mi risa, ya que él me apretujó entre sus brazos, haciéndome
lanzar un grito de sorpresa. Estaba segura de que toda la gente nos miraba.
—¡Bill! —me quejé.
—Mi vida, eres tan linda —puso
voz de niño pequeño. Casi me derrito allí mismo, en el asiento del autobús.
Pero sólo me limité a reír y a corresponderle al abrazo —te
quiero.
—Te quiero muchísimo.
Y así fue como llegamos hasta nuestro destino. Estaba segura de
que el chofer nos obligaría en cualquier momento a bajarnos del autobús y nos
dejaría botados a la mitad del camino. Éramos, sinceramente, insoportables. Y
como si eso fuese poco, hablábamos unas cursilerías enormes, que si hubiese
sido con otra persona y no con Bill, me habría dado vergüenza. Seguro más de
alguien se reía o se burlaba de nosotros. Pero le pasaría lo mismo tarde o
temprano. Pues lo más importante de una persona era el amor… Y todas las
personas encontraban algún día el amor de su vida. Y con el amor de su vida
dirían ese tipo de cursilerías. Bill era el amor de mi vida, y no tenía que
preocuparme de otra cosa que no fuese él. Yo lo amaría por el resto de mis
días. Estábamos tan bien… aunque estábamos juntos desde ayer. Pero si contamos
todos estos años de amistad… Nosotros nunca nos separaríamos.
Nos bajamos del autobús y luego corrimos hacia la caseta, haciendo
una carrera. Lo cogí de los pies un par de veces y lo tiré al suelo, para poder
ganas, pero aún así, él era más rápido que yo, por lo que me ganó. Si él
siempre quería ser el mejor, no le importaba con quien compitiera. Aunque fuese
en contra mío, su novia.
Llegué a la puerta resoplando, cansada. Estaba abierta… entré
dentro, ni siquiera la cerré, me limité a quitarme la mochila y lanzarla contra
una de las desastrosas paredes.
—Me ganaste —me
quejé, soltando mucho aire. Bill no dijo nada, él también estaba cansado,
sentado en el piso y con la espalda apoyada en una de la pared que había frente
a la puerta. Sonrió de medio lado —podrías haberme dejado ganar —reproché,
sentándome a su lado —aunque fuera por una vez.
—Lo siento —rió —soy
mejor que tú, te gané aunque hiciste trampa —le di un golpe en el hombro.
—Eres un creído, Bill Kaulitz —me
miró con los ojos entrecerrados. Decidí hacerme la enojada —y
después te pones celoso cuando alguien me quiere saludar. Ni siquiera me dejas
ganar por ser tu novia —me crucé de brazos y miré hacia otro lado.
—Annie, no te enojes —intentó
abrazarme, pero yo me alejé de él —sé que no soy el mejor novio del mundo…
Pero hago lo que puedo —puso nuevamente su voz de niño pequeño. Yo
lo miré asombrada.
—¿Que no eres el mejor novio del mundo? —torcí
la boca hacia un lado, aún con la impresión en el rostro —¡eres
el mejor novio del mundo, Bill! —me lancé sobre él a abrazarlo —rió —tú
eres lo único bueno que hay en mi vida.
—No digas eso, amor —esa
vez fue él quien me abrazó.
No dije nada. Pero me acomodé un poco hasta que quedamos amos abrazados,
en una posición algo extraña, afirmados en la pared.
—Es verdad —dije
después de todo ese rato —si ya no queda nada, excepto tú —me
encogí de hombros. Su mano buscó la mía y entrelazó nuestros dedos con
delicadeza.
—Princesa, aunque tú no lo creas, hay mucha
gente que te quiere, mucha, pero mucha gente de verdad.
—Si, pero tú eres el único que me hace
feliz, Bill. Tú eres especial para mí.
Comencé a jugar con sus dedos.
—Y tú para mí
—Tú me devuelves las ganas de vivir. Es
como… mágico —sonreí ante mis palabras. Habían sonado del todo cursis —eres
mi vida —le confesé. Esperé unos segundos pero él no dijo nada. Por lo que
decidí seguir contando mis sentimientos —siempre has estado… ¿recuerdas que
siempre, desde pequeños, estuvimos juntos? Nunca nos separamos. Aunque yo
hubiese salido con Dylan —suspiré, recordando a ese estúpido —pero
cuando nos alejamos todo empeoró. ¿Ves? eres todo lo que soy —su
mano se cerró sobre la mía, despacio para luego acariciar mi piel con
delicadeza.
—Amor… —iba a decir algo, estaba segura. Iba a
reprochar mi forma de ver las cosas. Seguro me decía algo como “tienes que
vivir por ti, no puedes estar viviendo por mí, ni por el resto de la gente”,
porque aunque fuésemos tal para cual, también pensábamos diferentes. Di vuelta
la cabeza hacia él y lo besé en los labios, antes de que él pronunciara la
próxima palabra. Él ni siquiera hizo el intento de separarse de mi… Simplemente
se quedó allí, moviendo sus labios al compás de los míos… —te amo
—dijo en cuanto nos separamos. Le sonreí.
—Nunca me dejarás, ¿verdad?
—Nunca. Voy a estar contigo siempre… —sonrió
de medio lado, aún cogiéndome una de mis manos —siempre
que quieras, claro.
—Siempre querré, tonto. No importa si me
ganas en la carreras que hago trampa —solté una risita.
—Eres encantadora.
—Lo sé —le guiñé un ojo, para luego levantarme y
soltarle la mano. Ok, había roto el momento, pero es que algo se me había
venido a la cabeza. Dejé a Bill en el piso y me apresuré en avanzar hacia mi
mochila, que se encontraba en el otro extremo de la habitación. La abrí y
comencé a revolver todo lo que había dentro… hasta que lo encontré. Me acerqué
con el marcador en la mano hasta donde estaba Bill. Él observaba cada uno de
mis pasos.
—¿Qué vas a hacer, Annie? —no le
contesté. Me llevé el marcador a la boca y lo destapé con mis dientes. Luego
arrojé la tapa al suelo, la cual Bill recogió. Acerqué la punta del marcador a
la pared y miré a Bill con una sonrisa.
—¿Qué quieres que escriba? —le
pregunté. Él se incorporó, poniéndose de pie y luego se pudo a mi lado,
analizando la pared.
—No lo sé ¿qué quieres escribir? —me
preguntó.
—Amm… —pensé un poco… y luego acerqué el marcador
nuevamente hacia la pared.
B… i… l…l… y… A… n… n… e...
—Te amaré por toda mi vida —me
dijo —te lo prometo. Nunca, nunca, pero nunca, te dejaré sola. Siempre
estaré contigo, siempre te voy a querer —sonreí.
—Me lo estás prometiendo.
—Lo sé. Juro amarte por siempre y para
siempre... y no dejarte nunca —lo abracé y él rodeó mi cintura con sus
brazos, soltando el marcador, el cual calló en el suelo, haciendo un pequeño
ruido. Le di un suave beso en el cuello y él se estremeció. Seguidamente reí.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Y así seguimos hasta que se nos hizo tarde y tuvimos que regresar
a casa.
Bill me fue a dejar a la puerta de la mía, incluso se disculpó con
mi madre, y luego se fue, no sin antes despedirse de mi. Mi madre le había
dicho que se quedara a comer algo, pero él se había negado obviamente su madre
estaría preocupada.
Llegué a mi habitación con una sonrisa en el rostro. Bill me
quería, yo lo amaba. Era genial
Me lancé sobre la cama y abrace uno de mis peluches. Faltaba tan
poco para salir de vacaciones, sería genial, iba a estar con Bill.
Por suerte Bill ya no seguía con la tonta de Kattie.
Aunque, pensándolo mejor, no tenía porqué guardarle rencor. Hoy ni
siquiera me había hablado. Yo tampoco le había prestado mucha atención, ya que
se sentaba del otro lado de la sala de clases y Bill en ningún momento me había
dejado decirle algo o insultarla. Lo único que me molestaba, era que seguía
siendo amiga de Bill… Que fuese novia de Tom, no era mi problema. Pues no era
nada más que la odiosa novia de un buen amigo. Por cierto, me tenía que poner
al día con él, teníamos que conversar. Aunque Bill, con lo celoso que era,
seguramente no me dejaba ni siquiera intentarlo.
Reí ante mis pensamientos, mientras me quitaba la ropa y me metí a
la cama en ropa interior. No tenía ganas de ponerme un pijama ni nada de eso.
Estaba agotada. Tampoco iba a hacer nada para la escuela. Sólo quería dormir.
Me abracé a las sábanas que me cubrían casi por completo. Tenía
ganas de dormir con Bill. Pero vamos, que no se podía.
Sentí algo sonar haciendo que me levantara de un salto. Dios, él
móvil.
Estiré la mano para coger el pantalón y luego saqué el pequeño
aparato del bolsillo. Un mensaje. Lo abrí y seguidamente leí.
Duerme bien, hermosa
Sonreí.
Dejé el móvil sobre la mesita de noche y volví a cubrirme con las
sabanas hasta la cabeza.

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