CAPITULO 31
Él venía caminando hacia mí, a paso rápido. Podía ver la preocupación y el pánico grabados en su rostro. Me di cuenta que tras él venía su gemelo y unos cuantos pasos más atrás que éste, su madre.
Sin siquiera pensarlo, me levanté del sillón y en menos del
tiempo que me lo esperaba, él ya estaba junto a mi. Me lancé a sus brazos y él
no tardó en abrazarme. Hundí mi cara en su cuello, respiré costosamente, su olor
llenó mis pulmones, un sentimiento de alivio me recorrió el cuerpo. Entonces, un
sollozo salió de mi garganta, con un sonido desgarrador. Hice puño mis manos,
apretando su chaqueta entre ellas...
¿Por qué mierda me pasaba esto a mi?, ¿por qué a mi hermano?, ¿por qué ahora?
Ya no lo soportaba.
Me mordí el labio inferior, mientras seguía sollozando, sin poder contenerme. Unos pequeños quejidos salían de mi garganta de ves en cuando.
Chris, mi Chris, mi hermano ¿a caso era posible que él...? No. Ni siquiera quería pensarlo. No. Él no podía... Él era fuerte Vamos, era Chris. Mi ejemplo a seguir, mi inspiración, mi héroe.
Dios, jamás me había imaginado que pasaría un momento así. Siempre había pensado que Chris iba a estar conmigo durante toda la vida. Y ahora me daba cuenta en lo frágil que era todo. En como daba por hecho algunas cosas, cuando en realidad, con tan solo un leve quiebre en los acontecimientos, el equilibrio se rompía y toda la estabilidad terminaba.
Si algo le pasaba a Chris, mi familia se rompería. Ya no seríamos una familia, ya no seríamos nada. O más bien, yo no sería nada. Chris era una pieza más que fundamental en mi vida, él tenía que estar si o si conmigo... Siempre.
Pero ahora... ahora él estaba en una camilla, en una habitación de un hospital. Muriendo. ¿Qué peor?
Podía escuchar los gritos desesperados de mamá, que me dejaban de piedra y me hacían llorar con más intensidad. Estaba temblando.
Deseé que hubiese sido sólo una pesadilla, deseé cambiar el lugar con Chris.
Las cosas eran como eran, ya no había nada que hacer. Sólo rogar internamente para que él se salvara de esta. Y pudiera seguir viviendo, pudiera seguir respirando, para que su corazón no dejara de latir.
Bill acariciaba mi cabello, masajeando suavemente mi cabeza con sus dedos, intentando, de alguna forma, relajarme.
Mi cuerpo seguía temblando y las lágrimas no dejaban de salir, quería detener el llanto, pero se me hacía imposible.
Me sentía impotente, quería hacer algo por mi hermano ¿Pero qué mierda podía hacer yo? Nada. Absolutamente nada. Solo esperar.
—Tranquila, Annie —murmuró muy cerca de mi oído. Me estremecí y me aferré más a él, soltando otro quejido —se pondrá bien, ya verás como se recupera pronto —negué con la cabeza sólo una vez ¿Y si Bill no tenía razón? ¿qué pasaba si no se ponía bien? Todo se iba a ir a la mierda... Todo —Annie, mi amor, tranquila. Estoy contigo —volvió a susurrar. Me tensé. Mi amor. En otro momento me hubiese separado de él automáticamente, pero ahora no podía hacerlo.
Él estaba conmigo, me acompañaba, me apoyaba como los buenos amigos que siempre habíamos sido. O quizás, sólo quizás, como algo más.
—Sentémonos, princesa —dijo mientras se agachaba un poco, llevándome con él. Yo no opuse resistencia y me dejé caer en el sillón, casi sobre él.
Princesa. Me había llamado princesa.
Él seguía acariciando mi cabeza suave y ritmicamente. Sus movimientos emanaban cariño y su forma de abrazarme me gustaba No me quería separar de él. En el fondo yo lo quería demasiado, lo amaba. Y en una situación como la que estaba pasando, era bueno tener a alguien. Y en este caso yo tenía a Bill, sabía que contaba con él. No necesariamente como algo...
Si no que como amigo. Él siempre iba a estar conmigo en las buenas y en las malas. Reíamos juntos, llorábamos juntos.
Entonces de un momento a otro, cuando menos lo esperaba, la puerta de la habitación de mi hermano se abrió. Apreté aún más a Bill contra mi cuerpo, poniéndome rígida.
—¿Cómo está? —la voz quebrada de mi padre se escuchó entre los sollozos de mi madre.
¿Por qué mierda me pasaba esto a mi?, ¿por qué a mi hermano?, ¿por qué ahora?
Ya no lo soportaba.
Me mordí el labio inferior, mientras seguía sollozando, sin poder contenerme. Unos pequeños quejidos salían de mi garganta de ves en cuando.
Chris, mi Chris, mi hermano ¿a caso era posible que él...? No. Ni siquiera quería pensarlo. No. Él no podía... Él era fuerte Vamos, era Chris. Mi ejemplo a seguir, mi inspiración, mi héroe.
Dios, jamás me había imaginado que pasaría un momento así. Siempre había pensado que Chris iba a estar conmigo durante toda la vida. Y ahora me daba cuenta en lo frágil que era todo. En como daba por hecho algunas cosas, cuando en realidad, con tan solo un leve quiebre en los acontecimientos, el equilibrio se rompía y toda la estabilidad terminaba.
Si algo le pasaba a Chris, mi familia se rompería. Ya no seríamos una familia, ya no seríamos nada. O más bien, yo no sería nada. Chris era una pieza más que fundamental en mi vida, él tenía que estar si o si conmigo... Siempre.
Pero ahora... ahora él estaba en una camilla, en una habitación de un hospital. Muriendo. ¿Qué peor?
Podía escuchar los gritos desesperados de mamá, que me dejaban de piedra y me hacían llorar con más intensidad. Estaba temblando.
Deseé que hubiese sido sólo una pesadilla, deseé cambiar el lugar con Chris.
Las cosas eran como eran, ya no había nada que hacer. Sólo rogar internamente para que él se salvara de esta. Y pudiera seguir viviendo, pudiera seguir respirando, para que su corazón no dejara de latir.
Bill acariciaba mi cabello, masajeando suavemente mi cabeza con sus dedos, intentando, de alguna forma, relajarme.
Mi cuerpo seguía temblando y las lágrimas no dejaban de salir, quería detener el llanto, pero se me hacía imposible.
Me sentía impotente, quería hacer algo por mi hermano ¿Pero qué mierda podía hacer yo? Nada. Absolutamente nada. Solo esperar.
—Tranquila, Annie —murmuró muy cerca de mi oído. Me estremecí y me aferré más a él, soltando otro quejido —se pondrá bien, ya verás como se recupera pronto —negué con la cabeza sólo una vez ¿Y si Bill no tenía razón? ¿qué pasaba si no se ponía bien? Todo se iba a ir a la mierda... Todo —Annie, mi amor, tranquila. Estoy contigo —volvió a susurrar. Me tensé. Mi amor. En otro momento me hubiese separado de él automáticamente, pero ahora no podía hacerlo.
Él estaba conmigo, me acompañaba, me apoyaba como los buenos amigos que siempre habíamos sido. O quizás, sólo quizás, como algo más.
—Sentémonos, princesa —dijo mientras se agachaba un poco, llevándome con él. Yo no opuse resistencia y me dejé caer en el sillón, casi sobre él.
Princesa. Me había llamado princesa.
Él seguía acariciando mi cabeza suave y ritmicamente. Sus movimientos emanaban cariño y su forma de abrazarme me gustaba No me quería separar de él. En el fondo yo lo quería demasiado, lo amaba. Y en una situación como la que estaba pasando, era bueno tener a alguien. Y en este caso yo tenía a Bill, sabía que contaba con él. No necesariamente como algo...
Si no que como amigo. Él siempre iba a estar conmigo en las buenas y en las malas. Reíamos juntos, llorábamos juntos.
Entonces de un momento a otro, cuando menos lo esperaba, la puerta de la habitación de mi hermano se abrió. Apreté aún más a Bill contra mi cuerpo, poniéndome rígida.
—¿Cómo está? —la voz quebrada de mi padre se escuchó entre los sollozos de mi madre.
Deseé escuchar la respuesta lo antes posible. Quise que el doctor abriera su
boca de una puta vez y me dijera como estaba mi hermano. Pero el tiempo se me
hizo eterno. Los segundos pasaban más que lentos, eran siglos.
Estaba conteniendo la respiración, esperando, con el corazón en un puño.
Bill dejó de acariciarme la cabeza, dejando su mano completamente quieta.
Quise levantar la cabeza, para mirarlo a la cara, pero este no me dejó, haciendo presión con su mano.
Cerré los ojos con fuerza, girando un poco hacia al lado, hasta que mi nariz chocó con su cuello. Dios, era tan extremadamente suave y olía tan bien...
Pero ahora no estaba en la situación como para comenzar a pensar en lo lindo y perfecto que Bill era.
Ahora estaba concentrada en mi hermano, en saber si estaba bien o no. Estaba preparándome para llorar de alegría o llorar de tristeza. Me estaba preparando para una buena o una mala respuesta, para saber, de cierta forma, como sería mi futuro. Y dudo que alguna otra respuesta a lo largo de mi vida hubiese sido tan significativa como esta.
Ya que, si a él le pasaba algo, una gran parte de mi corazón iba a morir.
Esperé, esperé y seguí esperando. Pero la respuesta aún no se escuchaba.
Todo el mundo estaba en silencio. Solo se escuchaban algunos pequeños hipos, esos que quedan después de haber llorado mucho, cuando uno intenta dejar de llorar.
—Bueno, su hijo —el doctor dejó la oración inconclusa. Lo que me dio mucho que pensar. Sentí que él corazón se me encogía y que el aire ya no me entraba en los pulmones, me sentí ahogada. Temía lo peor —lamento darles tan mala noticia —¿Mala noticia? No quería seguir escuchando. Estrujé la chaqueta de Bill entre mis manos, queriendo desaparecer de ese lugar. Algo me decía que no quería escuchar lo que el doctor iba a decir. Aunque ya lo había dejado demasiado claro con sus primeras palabras de introducción. No me gustaba, definitivamente no me gustaba. Las lágrimas se habían amontonado de nuevo en mis ojos y las ganas de llorar eran incontenibles —hicimos lo que podíamos, pero Christian... —me quedé de piedra. Me sentí desfallecer, las fuerzas se me fueron y las lágrimas comenzaron a caer por mis ojos. No pude sollozar, ni siquiera hacer un leve sonido... no podía.
Dios Chris. Mi Chris, mi hermano. Ya no estaba aquí, ya no estaba conmigo. Me había dejado.
No podía ser. Todo iba de mal en peor.
—¡¿Cómo que murió?! —el grito de mi padre se escuchó por todo el pasillo. Pegué un salto.
—Hicimos lo posible, todo lo que estuvo a nuestro alcance...
—No, no lo hicieron —siguió mi padre —entonces, decidí dejar de escuchar. Ya no quería entender que era lo que ellos decían. Me quería ir de allí, Chris ya no estaba. No valía la pena quedarme en este lugar.
—Bill —susurré bajito. Él hizo un pequeño ruido con su garganta, para darme a entender que me había escuchado —sácame de aquí —le pedí.
Entonces él se levantó inmediatamente del sillón, llevándome junto con él.
Me aparté de su cuello y solo afirmé mi cabeza en su hombro, mientras él aún me rodeaba con uno de sus brazos por la espalda.
Comenzamos a caminar hacia la salida. Seguramente a nadie le iba a importar si estaba o no. Necesitaba salir de ese lugar, despegarme de ese ambiente para poder desahogarme.
Aún no me estaba en la cabeza lo que pasaba.
Aún no lo podía asimilar.
Era, simplemente, como un sueño, como una fea pesadilla.
Aún tenía la idea de que él seguía vivo, de lo mejor. Feliz, como siempre, alegrandole el día a todos.
Pero no. El ya no estaba aquí, ya no estaba conmigo. Se había ido.
Y no había alcanzado a despedirme.
Dicen que las cosas pasan por algo. Pero yo a esto no le encontraba ningún sentido razonable. Había perdido a mi hermano. Él ya no seguía conmigo. Se había ido, ya no estaba. Jamás lo iba a volver a ver. Nunca. Era un sentimiento horrible.
Estaba conteniendo la respiración, esperando, con el corazón en un puño.
Bill dejó de acariciarme la cabeza, dejando su mano completamente quieta.
Quise levantar la cabeza, para mirarlo a la cara, pero este no me dejó, haciendo presión con su mano.
Cerré los ojos con fuerza, girando un poco hacia al lado, hasta que mi nariz chocó con su cuello. Dios, era tan extremadamente suave y olía tan bien...
Pero ahora no estaba en la situación como para comenzar a pensar en lo lindo y perfecto que Bill era.
Ahora estaba concentrada en mi hermano, en saber si estaba bien o no. Estaba preparándome para llorar de alegría o llorar de tristeza. Me estaba preparando para una buena o una mala respuesta, para saber, de cierta forma, como sería mi futuro. Y dudo que alguna otra respuesta a lo largo de mi vida hubiese sido tan significativa como esta.
Ya que, si a él le pasaba algo, una gran parte de mi corazón iba a morir.
Esperé, esperé y seguí esperando. Pero la respuesta aún no se escuchaba.
Todo el mundo estaba en silencio. Solo se escuchaban algunos pequeños hipos, esos que quedan después de haber llorado mucho, cuando uno intenta dejar de llorar.
—Bueno, su hijo —el doctor dejó la oración inconclusa. Lo que me dio mucho que pensar. Sentí que él corazón se me encogía y que el aire ya no me entraba en los pulmones, me sentí ahogada. Temía lo peor —lamento darles tan mala noticia —¿Mala noticia? No quería seguir escuchando. Estrujé la chaqueta de Bill entre mis manos, queriendo desaparecer de ese lugar. Algo me decía que no quería escuchar lo que el doctor iba a decir. Aunque ya lo había dejado demasiado claro con sus primeras palabras de introducción. No me gustaba, definitivamente no me gustaba. Las lágrimas se habían amontonado de nuevo en mis ojos y las ganas de llorar eran incontenibles —hicimos lo que podíamos, pero Christian... —me quedé de piedra. Me sentí desfallecer, las fuerzas se me fueron y las lágrimas comenzaron a caer por mis ojos. No pude sollozar, ni siquiera hacer un leve sonido... no podía.
Dios Chris. Mi Chris, mi hermano. Ya no estaba aquí, ya no estaba conmigo. Me había dejado.
No podía ser. Todo iba de mal en peor.
—¡¿Cómo que murió?! —el grito de mi padre se escuchó por todo el pasillo. Pegué un salto.
—Hicimos lo posible, todo lo que estuvo a nuestro alcance...
—No, no lo hicieron —siguió mi padre —entonces, decidí dejar de escuchar. Ya no quería entender que era lo que ellos decían. Me quería ir de allí, Chris ya no estaba. No valía la pena quedarme en este lugar.
—Bill —susurré bajito. Él hizo un pequeño ruido con su garganta, para darme a entender que me había escuchado —sácame de aquí —le pedí.
Entonces él se levantó inmediatamente del sillón, llevándome junto con él.
Me aparté de su cuello y solo afirmé mi cabeza en su hombro, mientras él aún me rodeaba con uno de sus brazos por la espalda.
Comenzamos a caminar hacia la salida. Seguramente a nadie le iba a importar si estaba o no. Necesitaba salir de ese lugar, despegarme de ese ambiente para poder desahogarme.
Aún no me estaba en la cabeza lo que pasaba.
Aún no lo podía asimilar.
Era, simplemente, como un sueño, como una fea pesadilla.
Aún tenía la idea de que él seguía vivo, de lo mejor. Feliz, como siempre, alegrandole el día a todos.
Pero no. El ya no estaba aquí, ya no estaba conmigo. Se había ido.
Y no había alcanzado a despedirme.
Dicen que las cosas pasan por algo. Pero yo a esto no le encontraba ningún sentido razonable. Había perdido a mi hermano. Él ya no seguía conmigo. Se había ido, ya no estaba. Jamás lo iba a volver a ver. Nunca. Era un sentimiento horrible.
No me imaginaba mi viada sin él. Sin alguien con quien pelear... con quien reír.
Recordé los momentos de mi vida, cuando quise ser hija única, cuando deseé con todas mis fuerzas que él estuviese muerto. En esos momentos cuando lo adiaba tanto, que me daban ganas de que ya no existiera. Y me odié. Por no haber disfrutado el tiempo junto a él, por no haberle dicho nunca cuanto lo quería, por no haberlo valorado. Porque siempre había pensado que él iba a estar allí. Jamás me habría imaginado en mi vida que algo así iba a pasar... y que lo iba a perder. Que ya no iba a seguir estando conmigo.
Mi familia se había roto, ya nada iba a ser igual.
Nos subimos en el ascensor, y las puertas se cerraron. Bill estiró el brazo para presionar uno de los botones y luego volvió a abrazarme, esta vez con los dos. Yo igualmente lo abracé, apoyando mi cabeza en su hombro, pero dejando mis ojos al descubierto, por lo que pude observar en el espejo de la pared, como estaba la escena. Parecía realmente salida de una película de drama. Pero enseguida volví a bajar la vista, no me gustaba ver como estaba la situación, no me gustaba verme llorar, no quería compadecerme ni tener lástima de mi misma.
El ascensor se detuvo y nos bajamos aún abrazados. Pude escuchar enseguida el murmullo de la gente, era un sonido que no me gustó oír en ese momento, era demasiado fuerte, muy desesperante, era horrible. Junté aún más mi cuerpo al de Bill, dificultando aún más nuestros movimientos torpes.
Quería echarme a llorar a gritos, pero se me hacía imposible, ya que el pecho me dolía horrores y porque por una extraña e inexplicable razón la voz no me salía.
No tenía idea de donde íbamos, seguramente él me iba a llevar fuera del hospital o que se yo
Sentí el viento frío que me impactó en ese momento. Ya estábamos fuera Y el día si que estaba ventoso, más que otras veces.
Él siguió caminando, y yo lo seguí sin decir nada. Los ojos me ardían y no podía dejar de pensar en las palabras del doctor que se repetían una y otra vez en mi cabeza, casi como un eco. Tampoco podía dejar de llorar en silencio. ¿Acaso era necesario tanto dolor? Todo se había vuelto en una desgracia monumental. Morir era mejor que vivir lo que estaba viviendo. Quería a mi hermano, lo quería aquí, conmigo, lo quería vivo como siempre. Lo quería con su banda, con su novia, en casa, conmigo, con mamá y papá, con sus amigos. Quería que él estuviese en esta vida, en esta etapa, en este lugar... Pero vivo.
Juro que hubiese dado mi vida por su vida. Pero eso era algo imposible. Así era el destino y las cosas no se podían cambiar. Cada persona tenía su muerte... Y la de Chris había sido demasiado temprana, y por una causa no justa.
Dylan. Estaba segura de que había sido él.
Él iba a pagar por cada cosa que le había echo a mi hermano, tenía que pagar. Aunque claro, yo no podía hacer mucho, que digamos. Pero estaba segura de que las cosas no se iban a quedar así.
Bill se detuvo y comenzó a agacharse un poco, supuse que nos íbamos a sentar.
Quité mi cabeza de su hombro y miré medio nublado el lugar. Estábamos fuera del hospital, en una pequeña banquita que había en un lugar poco transitado. Me senté a su lado. Él seguía abrazándome No quise mirarlo, tampoco quería que él me mirara.
Las mejillas me escocían al paso de las lágrimas, no me gustaba. Me pasé la manga de mi chaqueta por los ojos, intentando limpiar algunas lágrimas, pero no podía hacerlo, puesto a que seguían saliendo Eso me desesperó, entonces solté un pequeño grito ahogado, casi un jadeo de desesperación.
Bill movió su mando hasta mi cabeza y comenzó a moverla suavemente, como anteriormente lo había hecho.
—Tranquila Annie, yo estoy contigo, amor —susurró.
Gracias, Bill. Gracias por estar conmigo.
—Chris... —musité con la voz entrecortada.
Recordé los momentos de mi vida, cuando quise ser hija única, cuando deseé con todas mis fuerzas que él estuviese muerto. En esos momentos cuando lo adiaba tanto, que me daban ganas de que ya no existiera. Y me odié. Por no haber disfrutado el tiempo junto a él, por no haberle dicho nunca cuanto lo quería, por no haberlo valorado. Porque siempre había pensado que él iba a estar allí. Jamás me habría imaginado en mi vida que algo así iba a pasar... y que lo iba a perder. Que ya no iba a seguir estando conmigo.
Mi familia se había roto, ya nada iba a ser igual.
Nos subimos en el ascensor, y las puertas se cerraron. Bill estiró el brazo para presionar uno de los botones y luego volvió a abrazarme, esta vez con los dos. Yo igualmente lo abracé, apoyando mi cabeza en su hombro, pero dejando mis ojos al descubierto, por lo que pude observar en el espejo de la pared, como estaba la escena. Parecía realmente salida de una película de drama. Pero enseguida volví a bajar la vista, no me gustaba ver como estaba la situación, no me gustaba verme llorar, no quería compadecerme ni tener lástima de mi misma.
El ascensor se detuvo y nos bajamos aún abrazados. Pude escuchar enseguida el murmullo de la gente, era un sonido que no me gustó oír en ese momento, era demasiado fuerte, muy desesperante, era horrible. Junté aún más mi cuerpo al de Bill, dificultando aún más nuestros movimientos torpes.
Quería echarme a llorar a gritos, pero se me hacía imposible, ya que el pecho me dolía horrores y porque por una extraña e inexplicable razón la voz no me salía.
No tenía idea de donde íbamos, seguramente él me iba a llevar fuera del hospital o que se yo
Sentí el viento frío que me impactó en ese momento. Ya estábamos fuera Y el día si que estaba ventoso, más que otras veces.
Él siguió caminando, y yo lo seguí sin decir nada. Los ojos me ardían y no podía dejar de pensar en las palabras del doctor que se repetían una y otra vez en mi cabeza, casi como un eco. Tampoco podía dejar de llorar en silencio. ¿Acaso era necesario tanto dolor? Todo se había vuelto en una desgracia monumental. Morir era mejor que vivir lo que estaba viviendo. Quería a mi hermano, lo quería aquí, conmigo, lo quería vivo como siempre. Lo quería con su banda, con su novia, en casa, conmigo, con mamá y papá, con sus amigos. Quería que él estuviese en esta vida, en esta etapa, en este lugar... Pero vivo.
Juro que hubiese dado mi vida por su vida. Pero eso era algo imposible. Así era el destino y las cosas no se podían cambiar. Cada persona tenía su muerte... Y la de Chris había sido demasiado temprana, y por una causa no justa.
Dylan. Estaba segura de que había sido él.
Él iba a pagar por cada cosa que le había echo a mi hermano, tenía que pagar. Aunque claro, yo no podía hacer mucho, que digamos. Pero estaba segura de que las cosas no se iban a quedar así.
Bill se detuvo y comenzó a agacharse un poco, supuse que nos íbamos a sentar.
Quité mi cabeza de su hombro y miré medio nublado el lugar. Estábamos fuera del hospital, en una pequeña banquita que había en un lugar poco transitado. Me senté a su lado. Él seguía abrazándome No quise mirarlo, tampoco quería que él me mirara.
Las mejillas me escocían al paso de las lágrimas, no me gustaba. Me pasé la manga de mi chaqueta por los ojos, intentando limpiar algunas lágrimas, pero no podía hacerlo, puesto a que seguían saliendo Eso me desesperó, entonces solté un pequeño grito ahogado, casi un jadeo de desesperación.
Bill movió su mando hasta mi cabeza y comenzó a moverla suavemente, como anteriormente lo había hecho.
—Tranquila Annie, yo estoy contigo, amor —susurró.
Gracias, Bill. Gracias por estar conmigo.
—Chris... —musité con la voz entrecortada.
Bill no dijo nada más, simplemente se quedó allí, conmigo, acompañándome.
Ayudándome a sentir el momento, acariciando mi cabello, abrazándome, aguantando
mis lágrimas, ayudándome a tragarme lo sucedido, a asimilarlo. Ayudándome a
cargar con los sentimientos, con el dolor, con la tristeza, la desesperación,
la impotencia y la angustia que sentía en ese momento. Aunque claro, él no
podía comprender que era lo que yo estaba sintiendo. Porque él no había perdido
a un hermano. Aquí, la que había perdido gran parte te su razón de vivir había
sido yo. Y quizás, yo estaba pagando por mis malos actos no cometidos jamás,
quizás estaba pagando por mis errores. Como por ejemplo, el haber estado con
Dylan. Si tan sólo hubiese escuchado a mis amigos, hubiese dado unos minutos
más de mi vida a investigar sobre Dylan, si tan solo no me hubiese enamorado de
él... Nada de esto habrá pasado. Mi hermano seguiría vivo y toda esa gente que en
estos momentos estaba triste sería feliz... Incluso, a lo mejor, yo podría haber
estado de novia con Bill. Y seríamos la pareja mas feliz del planeta.
Dylan había sido la raíz de todos mis problemas. Si él no hubiese estado, me hubiera dado cuenta mucho antes de lo que yo sentía por Bill, y seríamos novios. Si él no hubiese estado, jamás habríamos sido novios, por lo que jamás habríamos terminado él no habría prometido vengarse de Chels y no lo habría hecho con una de las personas que ella más quería en el mundo, al igual que yo... Y la culpa se volvía a mi. La cosa no era de Dylan, claro que no. Había sido todo culpa mía. Nadie me obligaba a meterme con el primer chico guapo que se me pasaba frente a mi. Nadie me había obligado a ser su novia, nadie me había obligado a buscarlo.
Dios, dios, dios, ¿Porqué soy tan estúpida?
Había sido yo. Yo lo había matado, por mis estúpidos caprichos, por haber querido conmigo a un chico mayor... Por haber sido una ambiciosa. Por haber querido al chico perfecto.
Todo había sido por mi gran estupidez.
Había tenido a Bill, había querido a Dylan. Y luego, había querido a Bill. Chris había pagado por esa gran estupidez, en la cual él no había estado metido.
¿Y ahora de que me servía llorar?
Chris ya estaba muerto, el error ya había sido cometido, el crimen ejecutado, ya sabía quien había sido el agresor y sólo faltaba verlo pagar por lo sucedido. Eso era cuestión de tiempo. Aunque no me gustaba no poder hacer nada... Y es que juro que si hubiese podido haber hecho algo con mis propias manos, lo habría hecho. Era tal la rabia que sentía dentro, que ni siquiera me podía mover, pero tenía ganas de lanzar golpes por todas partes.
Lo único que quería era ver a Dylan muerto.
El día siguiente fue el funeral. No quería asistir, no querría ver como enterraban a mi hermano metido dentro de una caja de madera. Pero aún así tenía que ir. Era mi obligación, tenía que estar allí.
Me puse los lentes más oscuros que tenía y los más grandes, para que cubrieran mas parte de mi rostro. Como el día estaba nublado, con mucho viento y muy frío, me puse una chaqueta que me llegaba a media pierna, color negra y la abroché hasta el último botón, del cual salía una bufanda de lana con unos matices de gris y blanco. Me puse unos simples jeans oscuros y unos zapatos de tacón chino de color negro.
En el cabello no me hice nada, y lo dejé caer por mi espalda lleno de nudos. Tampoco quise maquillare, ¿para qué? Si luego el maquillaje se iba a correr todo. Y no quería tener un aspecto más penoso del que ya tenía.
Todo el tiempo que pasé en el cementerio, me encontré ausente. Sin prestarle atención a la gente, simplemente, con la mirada clavada en el cielo gris lleno de nubes. Pensando en mi hermano y en lo importante que había sido para mi. Intentando asimilar que ya no estaba, porque aún no lo lograba hacer.
Me di cuenta de que los gemelos y Simone estaban allí, al igual que mis compañeros de clase, Sam, Andreas, algunos amigos míos de la escuela, algunos de mis profesores, familiares que no había visto desde hace mucho... Sin contar innumerables amigos de mi hermano.
Fue horrible. Fue horrible escuchar a la gente llorar. Y escuchar Chels y a mi madre dando gritos y lamentos de tristeza.
Yo sólo lloré en silencio.
Dylan había sido la raíz de todos mis problemas. Si él no hubiese estado, me hubiera dado cuenta mucho antes de lo que yo sentía por Bill, y seríamos novios. Si él no hubiese estado, jamás habríamos sido novios, por lo que jamás habríamos terminado él no habría prometido vengarse de Chels y no lo habría hecho con una de las personas que ella más quería en el mundo, al igual que yo... Y la culpa se volvía a mi. La cosa no era de Dylan, claro que no. Había sido todo culpa mía. Nadie me obligaba a meterme con el primer chico guapo que se me pasaba frente a mi. Nadie me había obligado a ser su novia, nadie me había obligado a buscarlo.
Dios, dios, dios, ¿Porqué soy tan estúpida?
Había sido yo. Yo lo había matado, por mis estúpidos caprichos, por haber querido conmigo a un chico mayor... Por haber sido una ambiciosa. Por haber querido al chico perfecto.
Todo había sido por mi gran estupidez.
Había tenido a Bill, había querido a Dylan. Y luego, había querido a Bill. Chris había pagado por esa gran estupidez, en la cual él no había estado metido.
¿Y ahora de que me servía llorar?
Chris ya estaba muerto, el error ya había sido cometido, el crimen ejecutado, ya sabía quien había sido el agresor y sólo faltaba verlo pagar por lo sucedido. Eso era cuestión de tiempo. Aunque no me gustaba no poder hacer nada... Y es que juro que si hubiese podido haber hecho algo con mis propias manos, lo habría hecho. Era tal la rabia que sentía dentro, que ni siquiera me podía mover, pero tenía ganas de lanzar golpes por todas partes.
Lo único que quería era ver a Dylan muerto.
El día siguiente fue el funeral. No quería asistir, no querría ver como enterraban a mi hermano metido dentro de una caja de madera. Pero aún así tenía que ir. Era mi obligación, tenía que estar allí.
Me puse los lentes más oscuros que tenía y los más grandes, para que cubrieran mas parte de mi rostro. Como el día estaba nublado, con mucho viento y muy frío, me puse una chaqueta que me llegaba a media pierna, color negra y la abroché hasta el último botón, del cual salía una bufanda de lana con unos matices de gris y blanco. Me puse unos simples jeans oscuros y unos zapatos de tacón chino de color negro.
En el cabello no me hice nada, y lo dejé caer por mi espalda lleno de nudos. Tampoco quise maquillare, ¿para qué? Si luego el maquillaje se iba a correr todo. Y no quería tener un aspecto más penoso del que ya tenía.
Todo el tiempo que pasé en el cementerio, me encontré ausente. Sin prestarle atención a la gente, simplemente, con la mirada clavada en el cielo gris lleno de nubes. Pensando en mi hermano y en lo importante que había sido para mi. Intentando asimilar que ya no estaba, porque aún no lo lograba hacer.
Me di cuenta de que los gemelos y Simone estaban allí, al igual que mis compañeros de clase, Sam, Andreas, algunos amigos míos de la escuela, algunos de mis profesores, familiares que no había visto desde hace mucho... Sin contar innumerables amigos de mi hermano.
Fue horrible. Fue horrible escuchar a la gente llorar. Y escuchar Chels y a mi madre dando gritos y lamentos de tristeza.
Yo sólo lloré en silencio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario