Se dice que en la noche de Halloween, la puerta que separa el mundo de los muertos, del Más allá, con el mundo de los vivos… Se abre. Y los espíritus de los difuntos hacen una procesión en los pueblos en los que vivían… Ellos vuelven.
31-10.
Sentí un viento gélido traspasarme la ropa y llegar a mi espalda. Me estremecí… abrí los ojos, aún medio dormida, y palpando con las manos intenté cubrirme nuevamente con las sábanas… Pero estaba cubierta casi hasta la cabeza. Me pareció extraño, y aún con los ojos cerrándose con el sueño, me levanté y enfoqué la mirada en la ventana por la cual entraba una tenue luz blanca que se colaba por entre las cortinas. Seguramente sería una de las pocas noches donde hay luna llena.
Hice todo el esfuerzo del mundo por levantarme y caminar hacia la ventana sin irme de lado y terminar en el piso.
Me refregué los ojos con las manos y luego de lanzar un bostezo, corrí la cortina hacia un lado, despejándome la vista. Podría decir que el resplandor que llegaba desde afuera casi, casi, me deja ciega. Entrecerré los ojos, tapándomelos con una mano y poco a poco me fui acostumbrando a aquella luz. Miré hacia fuera, pero no vi nada… No había luna, ni estrellas, ni siquiera alguna luz encendida que se viera entre la oscuridad. Abrí la ventana, intentando descubrir el foco de donde provenía la luz… Asomé medio cuerpo hacia fuera, pero solo sirvió para que me diera cuenta de que el aire estaba tibio, y no frío… como lo había sentido hacía un momento.
Cerré la ventana, el sueño ya se me había ido. Ahora, seguramente, no iba a poder volverme a dormir…
Entonces, una ola de frío me recorrió el cuerpo. Ese aire helado nuevamente. Volví a estremecerme y me giré rápidamente hacia atrás… Pero no había nada.
Me asusté, pero le di la razón a lo vieja que era la casa. Yo estaba de visita en la casa de mi abuela, durante el fin de semana, para acompañarla en halloween, tradiciones estúpidas, en las que ella aun creía. Se suponía que debía colocar una vela en la ventana… ¿O era una calabaza?. ¿O dulces?, no lo recuerdo. La cosa, es que en mi casa, esto no me habría pasado. Casa antiguas… Y aún había gente a la que le gustaba vivir así. Y entre esa poca gente, estaba mi abuela.
Volví a caminar hacia la cama, y luego de tropezarme con el bolso y pegarme un susto, me senté sobre ella.
Alargué la mano para encender la luz de la mesita de noche y seguidamente miré la hora en el reloj… once y treinta de la noche. Ya no había nada que hacerle.
Tomé el control que había sobre la mesita de noche y encendí la televisión. Le bajé el volumen rápidamente. Luego me eché un poco hacia atrás, hasta apoyar mi espalda en la pared. Pasé por los más de mil canales disponibles a esa hora, pero nada me gustó… Yo no era mucho de ver televisión.
La apagué y abrí el pequeño portátil justo en mis piernas. Como no supe que más hacer, busqué música y me puse a escuchar. Me encantaba.
Estuve así unos minutos, hasta que la música dejó de sonar. Se había apagado. ¿Pero porqué? La había arreglado antes de venir… No tenía por qué estar rota de nuevo.
Me puse de rodillas sobre la cama y la cogí con la mano, pero antes siquiera de darle al botón de encendido, el pequeño control voló hasta caer bruscamente sobre el escritorio.
Me aterré, y mirando hacia todos lados, me acerqué a la pared, intentando no gritar.
Estaba más alerta, definitivamente estaba más alerta. Podía escuchar mi corazón latir desbocado en mi pecho, podía sentir los ronquidos de mi abuelo en el piso de abajo, sentía el tic-tac del gran reloj antiguo que había en la sala, podía ver la habitación con tal claridad, como si fuese de día. Hasta que me vi obligada a cerrar los ojos y cubrirme la cabeza, tras escuchar un ruido agudo, que no cesaba. Apreté los dientes fuertemente, producto de los nervios, los oídos me iban a reventar. La sangre comenzó a recorrer más rápidamente mis venas y respirando fuerte, solté algunas lágrimas… Hasta que el sonido desapareció…
Volví a destaparme la cara con lentitud, aún respirando agitado, con sudor en la frente y temblando. Abrí los ojos y quité la mano de mi rostro.
Seguidamente me enderecé hasta quedar sentada sobre la cama. ¿Serían pesadillas? No. Imposible.
Miré hacia la puerta, pero no había nadie. ¿A caso alguien me estaba jugando una broma? Si era así, no me gustaba para nada.
Volví nuevamente la vista hacia la habitación, pero algo me detuvo justo en la ventana.
Solté todo el aire que había en mis
pulmones, producto de la impresión y el susto que me llevé, sin poder gritar,
ni siquiera decir una palabra.
El reloj del salón dio las doce, comenzando con las doce campanadas de siempre. Me aterré aún más, y con el corazón casi saliéndose por mi boca, me atreví a abrir más los ojos y a analizar lo que estaba mirando.
Era una persona… Una persona. Extremadamente pálida y vestida de negro. Con ropa, que seguramente a estas alturas ya no se usaba. Llevaba el cabello hacia arriba, con un pequeño flequillo cayéndole sobre un ojo. Miré impactada sus rasgos… Sus ojos no tenían expresión, miraban hacia el vacío… No pude determinar el color, pero estaban delineados de negro. A lo mejor era una chica, las jóvenes del siglo pasado se vestían así. Seguí bajando la vista, su rostro eran fino, sus rasgos eran finos… tenía una rostro perfecto.
Bajé un poco más la mirada… justo donde terminaba su chaqueta de cuero negra, y me di cuenta de que no era un chica. Era un chico.
Me sobresalté aún más, y me agarré de las sábanas. Me pegué todo lo que pude a la pared… Y entonces entendí porqué nadie quería venir a esta casa. Ni mis primas, ni mi madre, ni mis tías. Nadie. Seguramente yo había sido la única que no sabía sobre este tipo de cosas sobrenaturales que pasaban en esta casa, pues lo había notado desde que había entrado. Había una especie de energía poderosa…
El reloj del salón dio las doce, comenzando con las doce campanadas de siempre. Me aterré aún más, y con el corazón casi saliéndose por mi boca, me atreví a abrir más los ojos y a analizar lo que estaba mirando.
Era una persona… Una persona. Extremadamente pálida y vestida de negro. Con ropa, que seguramente a estas alturas ya no se usaba. Llevaba el cabello hacia arriba, con un pequeño flequillo cayéndole sobre un ojo. Miré impactada sus rasgos… Sus ojos no tenían expresión, miraban hacia el vacío… No pude determinar el color, pero estaban delineados de negro. A lo mejor era una chica, las jóvenes del siglo pasado se vestían así. Seguí bajando la vista, su rostro eran fino, sus rasgos eran finos… tenía una rostro perfecto.
Bajé un poco más la mirada… justo donde terminaba su chaqueta de cuero negra, y me di cuenta de que no era un chica. Era un chico.
Me sobresalté aún más, y me agarré de las sábanas. Me pegué todo lo que pude a la pared… Y entonces entendí porqué nadie quería venir a esta casa. Ni mis primas, ni mi madre, ni mis tías. Nadie. Seguramente yo había sido la única que no sabía sobre este tipo de cosas sobrenaturales que pasaban en esta casa, pues lo había notado desde que había entrado. Había una especie de energía poderosa…
De la cual mi abuela, seguramente, se
daba cuenta de que existía, pues, e otra manera, no se habría quedado viviendo
aquí. Vale añadir también, que mi abuela podía “ver” algunas cosas que el resto
del mundo no podía. Y yo siempre la había creído loca…
Entonces, los ojos del chico se fijaron en mí, cosa que me hizo quedar sin respiración. El miedo me recorrió el cuerpo y comencé a temblar aún más.
Él me observó durante un largo rato, posando sus ojos en casa parte de mi cuerpo. Seguramente, analizándome. Yo tampoco dejé de mirarlo, aún no tenía claro si era yo quien no podía dejar de mirarlo, o era solo por prevención, para ver cuando él me fuese a hacer daño e intentar impedirlo.
Las doce campanadas ya habían acabado hace un buen rato…
Él miró toda la habitación y luego dio un paso hacia mi. Se me estaba acercando. No… El pánico me llenó por completo y estuve a punto de lanzar un grito…
- Aléjate. – Le ordené. Pero él no me escuchó, o bien, hizo como si no me hubiese escuchado. Siguió dando el siguiente paso, y el siguiente, hasta que quedó en el borde de la cama.
Recogí las piernas, encogiéndolas contra mi cuerpo, cuando el intentó cogerme de una.
- Aléjate. – Volví a decirle. – Aléjate de mi… - La voz no me salía.
- No te asustes… - Murmuró. Su voz era extremadamente suave, aterciopelada, me habían encantado… Era tan… delicado, por decirlo de alguna manera.
- No me asusto. – Negué con la cabeza. – Solo quiero que te alejes. – Dije orgullosa.
Entonces, los ojos del chico se fijaron en mí, cosa que me hizo quedar sin respiración. El miedo me recorrió el cuerpo y comencé a temblar aún más.
Él me observó durante un largo rato, posando sus ojos en casa parte de mi cuerpo. Seguramente, analizándome. Yo tampoco dejé de mirarlo, aún no tenía claro si era yo quien no podía dejar de mirarlo, o era solo por prevención, para ver cuando él me fuese a hacer daño e intentar impedirlo.
Las doce campanadas ya habían acabado hace un buen rato…
Él miró toda la habitación y luego dio un paso hacia mi. Se me estaba acercando. No… El pánico me llenó por completo y estuve a punto de lanzar un grito…
- Aléjate. – Le ordené. Pero él no me escuchó, o bien, hizo como si no me hubiese escuchado. Siguió dando el siguiente paso, y el siguiente, hasta que quedó en el borde de la cama.
Recogí las piernas, encogiéndolas contra mi cuerpo, cuando el intentó cogerme de una.
- Aléjate. – Volví a decirle. – Aléjate de mi… - La voz no me salía.
- No te asustes… - Murmuró. Su voz era extremadamente suave, aterciopelada, me habían encantado… Era tan… delicado, por decirlo de alguna manera.
- No me asusto. – Negué con la cabeza. – Solo quiero que te alejes. – Dije orgullosa.
- Soy Bill. – Pude ver como las comisuras
de sus labios se curvaban un poco hacia arriba, me estaba sonriendo… Me quedé
embobada, observándolo. Jamás, repito, jamás en mi vida había visto a alguien
como él. - ¿Cómo te llamas?.
- Vi… Victoria.
- Bonito norme. – Dijo sentándose sobre la cama. Me pareció extraño que ni siquiera la hundiera un poco.
- Es antiguo.
- Lo sé. – Volvió a sonreír.
Y luego hubo silencio. Él no dijo nada, sólo me observaba… Y era bastante incómodo.
- Eres la primera persona que no sale corriendo al verme. – Lo miré impresionada. Y como siempre, decidí bromear con la gente desconocida.
- Es que vamos, que si te apareces en la habitación de alguien así de esa manera… - Me corté. - ¿Qué haces aquí?. – Se encogió de hombros y volvió a sonreír. - ¿Cómo entraste aquí?. – Volvió a encogerse de hombros. - Dímelo.
- No puedo. – Sonrió nuevamente. – Hace un siglo que no hablo con nadie. – Lo miré sin comprender.
- ¿Qué edad tienes?. – Dije separando las palabras, hablando costosamente.
- Veinte. – Lo miré confundida.
- Pero tú dijiste que…
- Lo sé. – Me cortó.
- Vete de aquí. – Volví a repetir.
- No. Por favor… Victoria. Deja que me quede contigo esta noche, sólo esta noche. Por favor… - Suplicó. No le pude aguantar la mirada. Clavé la vista en la ventana y asentí.
- Sólo esta noche. – Murmuré.
- Gracias.
- Pero sólo dime una cosa… - Lo miré y él asintió. - ¿Qué haces aquí? – Bill soltó una risita.
- Vi… Victoria.
- Bonito norme. – Dijo sentándose sobre la cama. Me pareció extraño que ni siquiera la hundiera un poco.
- Es antiguo.
- Lo sé. – Volvió a sonreír.
Y luego hubo silencio. Él no dijo nada, sólo me observaba… Y era bastante incómodo.
- Eres la primera persona que no sale corriendo al verme. – Lo miré impresionada. Y como siempre, decidí bromear con la gente desconocida.
- Es que vamos, que si te apareces en la habitación de alguien así de esa manera… - Me corté. - ¿Qué haces aquí?. – Se encogió de hombros y volvió a sonreír. - ¿Cómo entraste aquí?. – Volvió a encogerse de hombros. - Dímelo.
- No puedo. – Sonrió nuevamente. – Hace un siglo que no hablo con nadie. – Lo miré sin comprender.
- ¿Qué edad tienes?. – Dije separando las palabras, hablando costosamente.
- Veinte. – Lo miré confundida.
- Pero tú dijiste que…
- Lo sé. – Me cortó.
- Vete de aquí. – Volví a repetir.
- No. Por favor… Victoria. Deja que me quede contigo esta noche, sólo esta noche. Por favor… - Suplicó. No le pude aguantar la mirada. Clavé la vista en la ventana y asentí.
- Sólo esta noche. – Murmuré.
- Gracias.
- Pero sólo dime una cosa… - Lo miré y él asintió. - ¿Qué haces aquí? – Bill soltó una risita.
- Digamos que… Hoy es la noche del
despertar de los muertos.
- Eso quiere decir que tu… - No terminé la frase, ya que él confirmó asintiendo. – No luces como un…
- Lo sé, lo sé. Mi cuerpo es el que luce como un muerto, yo no. – Rió.
- ¿Por qué?. – Pregunté impresionada.
- Porque así son las cosas. – Suspiré.
- Eres como una persona de verdad. – Él bajó la mirada al instante. – Lo siento, no quise decir eso. – Dije incorporándome. – De verdad lo siento, discúlpame. – Apoyé una de mis manos en su espalda. Estaba frío, como el hielo… Me estremecí, pero no quité mi mano de allí.
- No te preocupes. – Volvió a mirarme. Y luego volvió a sonreír. Nuestros rostros quedaron bastante cerca. Me di cuenta de que sus ojos eran color miel… De que en ellos, estaba escrita toda una vida, de que su alma era de buenos sentimientos. ME di cuenta de que él no me haría daño… - Tienes unos ojos hermosos. – Fue él quien me lo dijo.
- Gracias. Pero tus ojos… Son… Son…
- ¿De un muerto?. – Me cortó con una risita.
- No quería decir eso… Me encantan. Eras una persona muy buena. – Él me miró confundido. – Seguramente tuviste muchas alegrías en tu vida. – Solté sin pensar.
- ¿Y tú eres adivina?. – Me encogí de hombros.
- Eso quiere decir que tu… - No terminé la frase, ya que él confirmó asintiendo. – No luces como un…
- Lo sé, lo sé. Mi cuerpo es el que luce como un muerto, yo no. – Rió.
- ¿Por qué?. – Pregunté impresionada.
- Porque así son las cosas. – Suspiré.
- Eres como una persona de verdad. – Él bajó la mirada al instante. – Lo siento, no quise decir eso. – Dije incorporándome. – De verdad lo siento, discúlpame. – Apoyé una de mis manos en su espalda. Estaba frío, como el hielo… Me estremecí, pero no quité mi mano de allí.
- No te preocupes. – Volvió a mirarme. Y luego volvió a sonreír. Nuestros rostros quedaron bastante cerca. Me di cuenta de que sus ojos eran color miel… De que en ellos, estaba escrita toda una vida, de que su alma era de buenos sentimientos. ME di cuenta de que él no me haría daño… - Tienes unos ojos hermosos. – Fue él quien me lo dijo.
- Gracias. Pero tus ojos… Son… Son…
- ¿De un muerto?. – Me cortó con una risita.
- No quería decir eso… Me encantan. Eras una persona muy buena. – Él me miró confundido. – Seguramente tuviste muchas alegrías en tu vida. – Solté sin pensar.
- ¿Y tú eres adivina?. – Me encogí de hombros.
- Puedo… Puedo ver algo en tus ojos que…
Yo te he visto antes. – Afirmé.
- ¿Cómo…?. Eres sorprendente. Te parece mucho a Amy. – Susurró.
- ¿Amy? – Amy… Amy… Repetí el nombre en mi cabeza, intentando buscar alguna relación con algo…
- Ella vivía aquí… Cuando yo estaba vivo.
- Amy es el nombre de la difunta madre de mi abuela. – Recordé. Ella siempre nos contaba de lo hermosa que había sido, siempre decía que yo era una copia exacta de ella… Y todo el mundo lo decía. Y, como si fuese poco yo había nacido el mismo día en que ella había muerto, sólo que unos cuantos años más tarde. Siempre me habían dicho, que ella nunca… luego de un incidente que la afectó mucho… volvió a ser la misma, jamás había vuelto a ser feliz.
- ¿Amy Jäger?. – Preguntó impresionado.
- Ella misma. – Quité mi mano de su espalda y volví a sentarme en la cama, a su lado.
- Cuéntame todo lo que sepas sobre ella… - Me dijo. Por suerte, a mi siempre me había gustado escuchar los relatos de la abuela y me sabía de memoria la vida de su madre.
- Bueno… Amy nació el día…
- Eso ya lo sé. – Me cortó. - ¿Qué mas sabes?.
- También sé que ella sufrió mucho durante su vida. Que hubo un incidente en su juventud que no la dejó ser feliz. – Bill se pasó la lengua por su labio inferior, mirándose las manos. – Luego de ese incidente, ella se mudó y se fue a América.
- Eso explica que… - Susurró.
- ¿Qué? – Le pregunté. A lo mejor me había dicho algo y yo no lo había escuchado.
- Nada, nada. ¿Qué pasó después?
- Después, ella se casó con un norteamericano, tuvo a mi abuela… Y cuando Amy murió, mi abuela volvió a Alemania… A esta casa. Y no sé nada más. – Le dije.
- Oh… ¿Estás segura de que no sabes nada más?. – Me preguntó. Yo asentí. - ¿No puedes hacer un esfuerzo? – Lo miré sin comprender.
- Siempre me dijeron que yo era Amy volviendo a vivir… - Suspiré. - ¿Cómo es que tú la conocías?
- Pues… Yo vivía en un casa cerca de aquí, la cual ya no existe… - Carraspeó. – Yo amaba a Amy, nos amábamos. No podía vivir sin ella… Y creo que ella tampoco podía vivir sin mí. Pero por mi trabajo, me tenía que ausentar siempre… Y casi nunca estaba con ella… Aún así éramos novios. Y nos queríamos, siempre, como el primer día. Hasta que, hace cien años, algo horrible sucedió. Yo… ya no pude estar con ella, la dejé sola, la abandoné, sin quererlo. – Cerró lo ojos. – Yo no quería dejarla. Pero la vida es así, tiene que acabarse en algún momento. – Suspiró. – Luego de eso, cada halloween volvía aquí a buscarla… o a verla, a decirle cuanto la quería. Pero jamás la encontré. La busqué en el más allá durante todos estos cien años, la busqué cien días aquí, en el mundo de los vivos… Pero nunca la encontré. – Me estremecí, algo me recorrió el cuerpo, la cabeza me dolió un poco… Lo entendía todo. – Dicen… que las personas deben alcanzar la perfección, alguna vez… Y que por eso, pasan por diferentes vidas, perfeccionando su alma. Amy nunca fue feliz. Ella era perfecta en todo sentido, lo único que le faltaba era la felicidad…
Sentí su voz cada vez mas lejana… Me sumergí en recuerdos… Recuerdos de cosas que jamás me habían pasado, que jamás había vivido. Recuerdos de otra persona. Pude sentirlos míos, pude sentir el amor, la tristeza, la angustia. Pude vivirlo, pude experimentarlo.
Luego, todo se volvió negro.
Sentí algo frío en mi rostro. Abrí los ojos de golpe y mi vista se fijó en él.
Sentí alivio, un alivio inmenso. El corazón se me apuró, pude sentir los sentimientos que ella había sentido por él, saliendo desde mi inconsciencia… Recordé sus recuerdos…
Él me miraba desde muy cerca… suspiré, y como pude, dibujé una sonrisa en mi rostro.
Era él. Bill… Bill de Amy, mi Bill. Porque el alma, que anteriormente había sido de Amy, ahora me pertenecía. Sus recuerdos eran míos, sus sentimientos eran míos. Porque, de algún modo, éramos la misma persona. Éramos una.
- Bill… – Susurré. Él me sonrió y se enderezó hasta quedar sentado.
- Victoria, si mi teoría es cierta… - Me enderecé hasta quedar muy cerca de él... Y al clavar mis ojos en los suyos, el cerró la boca. No supe descifrar su expresión. – Eres… Muy parecida… a…
- Amy. – Terminé la oración. – Y si te digo que… Conozco a Amy más de lo que te imaginas… - Bill abrió los ojos como platos. – Una vez, la llevaste al cine… Era un día en que estaba lloviendo, ¿lo recuerdas?. Ella no llevó una chaqueta, y tú le diste la tuya. Era negra, con muchos broches… Ese fue el día en que se dieron su primer beso. Un 7 de noviembre… - Bill me miró asombrado. – Le pediste que fuera tu novia un día en un campamento de verano. A la orilla de un río. Una noche… Luego de haber estado cantando y comido alrededor de una fogata con los otros chicos…
- Victoria… - Murmuró.
- ¿Cómo…?. Eres sorprendente. Te parece mucho a Amy. – Susurró.
- ¿Amy? – Amy… Amy… Repetí el nombre en mi cabeza, intentando buscar alguna relación con algo…
- Ella vivía aquí… Cuando yo estaba vivo.
- Amy es el nombre de la difunta madre de mi abuela. – Recordé. Ella siempre nos contaba de lo hermosa que había sido, siempre decía que yo era una copia exacta de ella… Y todo el mundo lo decía. Y, como si fuese poco yo había nacido el mismo día en que ella había muerto, sólo que unos cuantos años más tarde. Siempre me habían dicho, que ella nunca… luego de un incidente que la afectó mucho… volvió a ser la misma, jamás había vuelto a ser feliz.
- ¿Amy Jäger?. – Preguntó impresionado.
- Ella misma. – Quité mi mano de su espalda y volví a sentarme en la cama, a su lado.
- Cuéntame todo lo que sepas sobre ella… - Me dijo. Por suerte, a mi siempre me había gustado escuchar los relatos de la abuela y me sabía de memoria la vida de su madre.
- Bueno… Amy nació el día…
- Eso ya lo sé. – Me cortó. - ¿Qué mas sabes?.
- También sé que ella sufrió mucho durante su vida. Que hubo un incidente en su juventud que no la dejó ser feliz. – Bill se pasó la lengua por su labio inferior, mirándose las manos. – Luego de ese incidente, ella se mudó y se fue a América.
- Eso explica que… - Susurró.
- ¿Qué? – Le pregunté. A lo mejor me había dicho algo y yo no lo había escuchado.
- Nada, nada. ¿Qué pasó después?
- Después, ella se casó con un norteamericano, tuvo a mi abuela… Y cuando Amy murió, mi abuela volvió a Alemania… A esta casa. Y no sé nada más. – Le dije.
- Oh… ¿Estás segura de que no sabes nada más?. – Me preguntó. Yo asentí. - ¿No puedes hacer un esfuerzo? – Lo miré sin comprender.
- Siempre me dijeron que yo era Amy volviendo a vivir… - Suspiré. - ¿Cómo es que tú la conocías?
- Pues… Yo vivía en un casa cerca de aquí, la cual ya no existe… - Carraspeó. – Yo amaba a Amy, nos amábamos. No podía vivir sin ella… Y creo que ella tampoco podía vivir sin mí. Pero por mi trabajo, me tenía que ausentar siempre… Y casi nunca estaba con ella… Aún así éramos novios. Y nos queríamos, siempre, como el primer día. Hasta que, hace cien años, algo horrible sucedió. Yo… ya no pude estar con ella, la dejé sola, la abandoné, sin quererlo. – Cerró lo ojos. – Yo no quería dejarla. Pero la vida es así, tiene que acabarse en algún momento. – Suspiró. – Luego de eso, cada halloween volvía aquí a buscarla… o a verla, a decirle cuanto la quería. Pero jamás la encontré. La busqué en el más allá durante todos estos cien años, la busqué cien días aquí, en el mundo de los vivos… Pero nunca la encontré. – Me estremecí, algo me recorrió el cuerpo, la cabeza me dolió un poco… Lo entendía todo. – Dicen… que las personas deben alcanzar la perfección, alguna vez… Y que por eso, pasan por diferentes vidas, perfeccionando su alma. Amy nunca fue feliz. Ella era perfecta en todo sentido, lo único que le faltaba era la felicidad…
Sentí su voz cada vez mas lejana… Me sumergí en recuerdos… Recuerdos de cosas que jamás me habían pasado, que jamás había vivido. Recuerdos de otra persona. Pude sentirlos míos, pude sentir el amor, la tristeza, la angustia. Pude vivirlo, pude experimentarlo.
Luego, todo se volvió negro.
Sentí algo frío en mi rostro. Abrí los ojos de golpe y mi vista se fijó en él.
Sentí alivio, un alivio inmenso. El corazón se me apuró, pude sentir los sentimientos que ella había sentido por él, saliendo desde mi inconsciencia… Recordé sus recuerdos…
Él me miraba desde muy cerca… suspiré, y como pude, dibujé una sonrisa en mi rostro.
Era él. Bill… Bill de Amy, mi Bill. Porque el alma, que anteriormente había sido de Amy, ahora me pertenecía. Sus recuerdos eran míos, sus sentimientos eran míos. Porque, de algún modo, éramos la misma persona. Éramos una.
- Bill… – Susurré. Él me sonrió y se enderezó hasta quedar sentado.
- Victoria, si mi teoría es cierta… - Me enderecé hasta quedar muy cerca de él... Y al clavar mis ojos en los suyos, el cerró la boca. No supe descifrar su expresión. – Eres… Muy parecida… a…
- Amy. – Terminé la oración. – Y si te digo que… Conozco a Amy más de lo que te imaginas… - Bill abrió los ojos como platos. – Una vez, la llevaste al cine… Era un día en que estaba lloviendo, ¿lo recuerdas?. Ella no llevó una chaqueta, y tú le diste la tuya. Era negra, con muchos broches… Ese fue el día en que se dieron su primer beso. Un 7 de noviembre… - Bill me miró asombrado. – Le pediste que fuera tu novia un día en un campamento de verano. A la orilla de un río. Una noche… Luego de haber estado cantando y comido alrededor de una fogata con los otros chicos…
- Victoria… - Murmuró.
- Y… cuando te fuiste… - Un nudo se me
formó en la garganta, impidiéndome hablar. – Fue horrible, fue horrible… - Me mordí
el labio inferior para reprimir un sollozo. – Bill… No quiero que te vayas… -
Murmuré. Tuve la impresión de que no era yo quien estaba hablando.
Seguidamente, me rodeó con sus brazos, y pegó mi cuerpo contra el suyo.
- ¿Lo recuerdas todo?. – Me preguntó con la voz entrecortada. Yo sólo me limité a asentir. – Ella… ¿Realmente me amó?, ¿Siempre?. – Volví a asentir.
- Durante toda su vida. Y aún lo hace… - La voz casi no me salía. Entonces, él me separó de su cuerpo, con delicadeza… Posó su mano en mi mejilla y levantó mi rostro hasta que nuestros ojos se encontraron. Su contacto frío me encantó. Era Bill… A él lo conocía como la palma de mi mano. Lo conocía incluso desde antes de nacer.
Nuestras narices chocaron en ese momento. Cerré los ojos… y me dejé llevar. Nuestros labios encajaron a la perfección, comenzando con un beso… Lo amaba, lo quería con toda mi alma. El amor había estado oculto… Había estado escondido durante casi un siglo. Y ahora, cien años después, volvía a salir a la luz…
- ¿Qué hora es?. – Le pregunté en cuanto nos separamos. El pasó sus dedos por mis ojos, limpiando las lágrimas.
- Cerca de las cinco.
- ¿Cuándo te vas…? – Volví a preguntar.
- ¿Lo recuerdas todo?. – Me preguntó con la voz entrecortada. Yo sólo me limité a asentir. – Ella… ¿Realmente me amó?, ¿Siempre?. – Volví a asentir.
- Durante toda su vida. Y aún lo hace… - La voz casi no me salía. Entonces, él me separó de su cuerpo, con delicadeza… Posó su mano en mi mejilla y levantó mi rostro hasta que nuestros ojos se encontraron. Su contacto frío me encantó. Era Bill… A él lo conocía como la palma de mi mano. Lo conocía incluso desde antes de nacer.
Nuestras narices chocaron en ese momento. Cerré los ojos… y me dejé llevar. Nuestros labios encajaron a la perfección, comenzando con un beso… Lo amaba, lo quería con toda mi alma. El amor había estado oculto… Había estado escondido durante casi un siglo. Y ahora, cien años después, volvía a salir a la luz…
- ¿Qué hora es?. – Le pregunté en cuanto nos separamos. El pasó sus dedos por mis ojos, limpiando las lágrimas.
- Cerca de las cinco.
- ¿Cuándo te vas…? – Volví a preguntar.
- Dentro de poco… ahora, - Dijo mientras
me empujaba por los hombros, acostándome… - Tienes que dormir. – Me intenté
levantar, no quería dormir, quería aprovechar el resto de la noche con él. Ya
que después lo perdería… – Tranquila… - Murmuró. Me cubrió con las sábanas y
seguidamente me besó en la frente. – Te amo. – Me sonrió. Yo igualmente le sonreír.
- Te amo. – A nadie, jamás, jamás en la vida le había dicho un “te amo”. Él había sido el primero… Y el único.
- Nos vemos dentro de un año. – Me sonrió.
- En una noche como esta.
- Si… Una noche – Me dio un pequeño beso en los labios.
- Prométemelo.
- Te lo prometo.
Desperté gracias a la luz que me llegaba directo a los ojos. Se me había olvidado cerrar la cortina…Los abrí costosamente, casi quedándome ciega y con una mano sobre los ojos me levanté, tambaleándome. Intenté acostumbrarme lo más rápido posible a la luz… Miré toda la habitación, intentando encontrar a Bill. Él ya no estaba. Aunque volvería, estaba segura… Pues me lo había prometido. Y él siempre cumplía sus promesas. Me estiré, mientras bostezaba, y al volver a abrir los ojos, me topé con una rosa roja, roja como la sangre, sobre la mesita de noche.
Sonreí. La cogí entre mis dedos y me la llevé a los labios. La besé delicadamente, luego la volví a dejar en su lugar…
- Te amo. – A nadie, jamás, jamás en la vida le había dicho un “te amo”. Él había sido el primero… Y el único.
- Nos vemos dentro de un año. – Me sonrió.
- En una noche como esta.
- Si… Una noche – Me dio un pequeño beso en los labios.
- Prométemelo.
- Te lo prometo.
Desperté gracias a la luz que me llegaba directo a los ojos. Se me había olvidado cerrar la cortina…Los abrí costosamente, casi quedándome ciega y con una mano sobre los ojos me levanté, tambaleándome. Intenté acostumbrarme lo más rápido posible a la luz… Miré toda la habitación, intentando encontrar a Bill. Él ya no estaba. Aunque volvería, estaba segura… Pues me lo había prometido. Y él siempre cumplía sus promesas. Me estiré, mientras bostezaba, y al volver a abrir los ojos, me topé con una rosa roja, roja como la sangre, sobre la mesita de noche.
Sonreí. La cogí entre mis dedos y me la llevé a los labios. La besé delicadamente, luego la volví a dejar en su lugar…
Durante todo ese año, estuve yendo
diariamente al cementerio. Había encontrado la tumba de mi querido Bill… y lo
iba a visitar siempre que podía, quedándome horas charlando con él. Me gustaba.
De algún modo, sentía que él podía escucharme.
31-10.
…Sentí un viento gélido traspasarme la ropa y llegar a mi espalda. Me estremecí… abrí los ojos de golpe.
- Bill. – Murmuré.
…Sentí un viento gélido traspasarme la ropa y llegar a mi espalda. Me estremecí… abrí los ojos de golpe.
- Bill. – Murmuré.

woOww!!! KaRii!!! estaa geeniial!! tiienees muuchiisimaa creeatiiviidad!! mee encaantan tuus fics! y estaa esperoO laa siigaas! cuiidatee!
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